Faltaba eso que perdí y que vos trajiste de vuelta,
la música que me envuelve al verte,
otra vez el sol que ilumina mi vida para que
rincones de mi alma se llenen de luz.
viernes, marzo 31, 2006
miércoles, marzo 29, 2006
Pascual Olivares
Ya desde pequeño cayó en cuenta de que había nacido con un don, un don especial: tenía la capacidad de estornudar de una forma estrepitosa, colosal. La primera vez que soltó un estornudo fue al año y medio de vida mientras estaba sentado en su sillita de bebé a punto de que le dieran de cenar. Su madre, al escuchar el estruendo, no pudo evitar dejar caer de sus manos una pila de platos sucios que llevaba en ese momento hacia la cocina creyendo que había irrumpido algún intruso en la casa rompiendo una ventana, ya que ese primer espasmo pulmonar de Pascual, esa explosión de baba que reverberó en las cuatro paredes del living-comedor haciendo incluso temblar la araña del techo, se había escuchado tal cual sonaría el estornudo de un elefante con gripe.
Corrieron los años y a medida que sus pulmones se fueron desarrollando sus estornudos fueron creciendo también en intensidad y potencia. Este capacidad para estornudar bestialmente le sirvió muchas veces para salir airoso de situaciones algo complicadas; más de una pelea en el colegio la ganó estornudando solamente un par de veces contra los rostros de sus desconcertados oponentes que caían al suelo como moscas luego de recibir aquellas descargas pulmonares de Pascual que ya por aquel entonces había descubierto que podía provocarse los estornudos a voluntad con sólo concentrarse y frotarse repetidamente la parte superior del tabique nasal.
Claro que esta capacidad no sólo lo ayudo en materia de peleas, recuerdo que en una ocasión se convirtió en el héroe del barrio al apagar de un estornudo una sartén con costeletas que Doña Maruca, su vecina, distraidamente se había dejado en el fuego un mediodía que salío a atender al cartero a la puerta de calle. La presencia de Pascual junto a la ventana de la cocina, que lindaba con el pequeño patio en donde éste jugaba de pequeño, sirvió para evitar que el siniestro pasara a mayores; de un sólo estornudo, decía, apagó el fuego que ya amenazaba con tomar un repasador que yacía al costado en la mesada. Lágrimas de emoción caían del rostro de Luisa, su madre, mientras el jefe de bomberos del cuartel de Burzaco le colgaba en el cuello a Pascual la medalla "al coraje y al valor" mientras lo nombraba a su vez bombero honorario de la repartición.
Corrieron los años y a medida que sus pulmones se fueron desarrollando sus estornudos fueron creciendo también en intensidad y potencia. Este capacidad para estornudar bestialmente le sirvió muchas veces para salir airoso de situaciones algo complicadas; más de una pelea en el colegio la ganó estornudando solamente un par de veces contra los rostros de sus desconcertados oponentes que caían al suelo como moscas luego de recibir aquellas descargas pulmonares de Pascual que ya por aquel entonces había descubierto que podía provocarse los estornudos a voluntad con sólo concentrarse y frotarse repetidamente la parte superior del tabique nasal.
Claro que esta capacidad no sólo lo ayudo en materia de peleas, recuerdo que en una ocasión se convirtió en el héroe del barrio al apagar de un estornudo una sartén con costeletas que Doña Maruca, su vecina, distraidamente se había dejado en el fuego un mediodía que salío a atender al cartero a la puerta de calle. La presencia de Pascual junto a la ventana de la cocina, que lindaba con el pequeño patio en donde éste jugaba de pequeño, sirvió para evitar que el siniestro pasara a mayores; de un sólo estornudo, decía, apagó el fuego que ya amenazaba con tomar un repasador que yacía al costado en la mesada. Lágrimas de emoción caían del rostro de Luisa, su madre, mientras el jefe de bomberos del cuartel de Burzaco le colgaba en el cuello a Pascual la medalla "al coraje y al valor" mientras lo nombraba a su vez bombero honorario de la repartición.
sábado, marzo 18, 2006
Haikus
Maps
mapas me dicen
como llegar hasta vos,
no si estarás.
Extrañar
hoy no te veo
pero ayer, al verte,
amándo(te) vi.
Alfa y Omega
nuestro principio,
la base absoluta,
allí nuestro fin.
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
Gracias Lisa por la explicación de la técnica.
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mapas me dicen
como llegar hasta vos,
no si estarás.
Extrañar
hoy no te veo
pero ayer, al verte,
amándo(te) vi.
Alfa y Omega
nuestro principio,
la base absoluta,
allí nuestro fin.
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Gracias Lisa por la explicación de la técnica.
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martes, marzo 14, 2006
Dos palabras
- ...después de todo el mundo no es más que un gran sueño, una construcción basada en los sueños de cada uno de nosotros mientras estamos en este plano. Y mirándolos desde el punto de vista de nuestra crianza y programación, de nuestra moral, desde nuestros paradigmas, los externos y los auto-impuestos, claro que surge el juicio mental de considerarlos buenos o malos; pero desde un nivel superior, desde el nivel de lo real, lo "bueno" y lo "malo" son meras etiquetas intercambiables. Lo único que existe es consciencia, y todos los sueños, todas estas pseudorealidades percibidas por nuestros sentidos, no son más que movimientos en ese oceáno de consciencia, que es lo único que realmente existe, que es lo que en realidad somos, lo que nos une, porque allí ya no hay división alguna. Porque la verdad reside en que podemos ser y hacer lo queramos. El ver como que todo está en contra nuestro, que todo nos agrede, que todo nos es ajeno, que todo nos separa, no es otra cosa más que el fraccionamiento y división que nuestras propias mentes hacen de todo lo que no sea el "yo" y lo que ese "yo" quiera para si mismo. Por eso mismo, ¿por qué no arriesgarnos? Pongamos la intención y dejemos que todo sea, así nada irá en contra nuestro. No pensemos tanto en el cómo, en las causas y consecuencias, en el qué dirán, en los pros y los contras. ¿Sabés algo? Dos palabras tuyas bastarán para que lo deje todo, y recordá ésto: soy libre de hacer lo que quiera, de ser lo que quiera, y yo por mi parte ya elegí, te elijo a vos.
Al escucharlo se lo quedó mirando en la penumbra del cuarto. De pronto su mente por fin se desbloqueó y desde algún lugar desde el fondo de su ser sabía que había algo de verdad en esas palabras que acababa de escuchar. Pasados unos momentos él sólo la tomó entre sus brazos y la besó. Fue entonces que ella comenzó a creer.
Al escucharlo se lo quedó mirando en la penumbra del cuarto. De pronto su mente por fin se desbloqueó y desde algún lugar desde el fondo de su ser sabía que había algo de verdad en esas palabras que acababa de escuchar. Pasados unos momentos él sólo la tomó entre sus brazos y la besó. Fue entonces que ella comenzó a creer.
jueves, marzo 09, 2006
Out of the blue
6.15 de la mañana. Se enciende el televisor en TN, ella lo programó anoche porque hoy día debemos de salir temprano. Me despierto con el sonido rutinario de las noticias, miro con los ojos entrecerrados la pantalla, el tipo con su birome tachando hojas, la producción de este noticiero se comunica con Personal y esta notebook que tengo acá prendida medio de gusto me la provee Hewlett Packard.
Giro y la miro. Se que se despertó pero me quedo en silencio, prefiero guardar mis palabras, dejarla dormitar un rato más. Noto la cadencia de su respiración a través de la sábana, ahora tranquila, pausada. El periodista nos habla desde el aparato de TV con voz cansina, parece haber estado despierto toda la noche hablándole solo a la cámara que tiene enfrente, solo pero en compañía de su notebook, claro, de seguro tiene el messenger conectado y su amante le mandará mensajes calientes cuando ve que se está por caer del escritorio dormido; noto que las noticias salen de su boca de forma automática, en un tono neutro.
Estamos haciendo algo de fiaca, yo como que me vuelvo a dormir, supongo que ella también lo hará, pero no, ahora me habla, me saca del sopor, me dice las primeras palabras de la mañana, pero lo que me dice dista de ser un saludo de buenos días o un preguntarme si dormí bien, no, lo primero que me dice es: "Vas a ver que ahora a River le va a ir bien. Pasarela es un buen técnico". En el momento me quedé omnubilado, tardé no sé cuanto en reaccionar, y es que a pesar de que escuchás y entendés lo que se acaba de decir no lo podés procesar ya que no hay una lógica de porqué se dijo lo que se dijo, es una frase sacada out of the blue. Pasa algo más de un minuto y ya me estoy riendo. "Qué colgada", pienso y me sigo riendo solo mientras ella me mira, pero bueno, que por cosas como esas es que la adoro como la adoro.
Giro y la miro. Se que se despertó pero me quedo en silencio, prefiero guardar mis palabras, dejarla dormitar un rato más. Noto la cadencia de su respiración a través de la sábana, ahora tranquila, pausada. El periodista nos habla desde el aparato de TV con voz cansina, parece haber estado despierto toda la noche hablándole solo a la cámara que tiene enfrente, solo pero en compañía de su notebook, claro, de seguro tiene el messenger conectado y su amante le mandará mensajes calientes cuando ve que se está por caer del escritorio dormido; noto que las noticias salen de su boca de forma automática, en un tono neutro.
Estamos haciendo algo de fiaca, yo como que me vuelvo a dormir, supongo que ella también lo hará, pero no, ahora me habla, me saca del sopor, me dice las primeras palabras de la mañana, pero lo que me dice dista de ser un saludo de buenos días o un preguntarme si dormí bien, no, lo primero que me dice es: "Vas a ver que ahora a River le va a ir bien. Pasarela es un buen técnico". En el momento me quedé omnubilado, tardé no sé cuanto en reaccionar, y es que a pesar de que escuchás y entendés lo que se acaba de decir no lo podés procesar ya que no hay una lógica de porqué se dijo lo que se dijo, es una frase sacada out of the blue. Pasa algo más de un minuto y ya me estoy riendo. "Qué colgada", pienso y me sigo riendo solo mientras ella me mira, pero bueno, que por cosas como esas es que la adoro como la adoro.
miércoles, marzo 08, 2006
Pronóstico
Todas la mañanas se levantaba con la edición de las 6.00 del noticiero de TN, tenía programado el aparato de televisión para que se encendiera siempre en ese canal. Generalmente se tomaba su desayuno con tiempo más allá de que luego anduviera a las corridas para maquillarse o terminar de vestirse. Mientras tanto, desde el cuarto, el solitario televisor quedaba encendido recitando las noticias y es que en realidad nunca le importaba cuán atrasada estuviera, siempre dejaba de hacer lo que fuera que estuviera haciendo en ese momento entre las 6.35 y 6.38 en el que por fin escuchaba el pronóstico metereológico para la zona del país donde él vivía.
martes, marzo 07, 2006
Link
Esta mañana amanecieron los dos con un dolor en el pecho. Lo de ella fue como sentir una presión desde dentro, sin llegar a ser demasiado dolorosa, pero que le indicaba que él no estaba bien. Por su lado él sintió una puntada aguda en el corazón, eso le indicó que ella estaba por volver a equivocarse, y al no poder hacer nada para impedírselo, por lo menos no sin exponerse y complicar aún más las cosas, fue que decidió dejarse la tristeza puesta al salir a la calle.
sábado, febrero 25, 2006
Mares
Es cerrar los ojos y verla, es abrirlos y mirarla. Noté que ella no sostiene mi mirada cuando la miro fijo. En el fondo de mi ser un mar cambiante de tonalidades azules y verdes se agita. El agua, convulsionada, comienza a ganar temperatura. Quiere evaporarse en pequeñas gotas, gotas cual letras que luego formarán palabras que querrán salir a través de mi boca en forma de frases dulces para poder decirle... Pero no me atrevo. Este maremoto en mi interior no puede tener calma, menos aún mirándola. Diametralmente opuestos. ¿Al verme, en su interior, se agitará también un mar? Kilómetros de agua separan nuestros mares. Tan lejos, tan cerca. Qué extraño y qué tontos, todavía no poder ver que en realidad todos los mares son uno.
domingo, enero 29, 2006
Laura (última entrega)
ALGÚN VIERNES MUCHO ANTES DE ESE JUEVES DE HACE POCO
Me desperté súbitamente aterrorizado, enredado entre las sábanas de mi cama. Miré la hora: 9:15 a.m. Cerré los ojos y me concentré. Escuché a la humanidad en sus tareas habituales de todos los días. A medida que seguía escuchando los ruidos, las risas, las conversaciones, las discusiones, las estúpidas locutoras de radio con su fingida buena onda, la tristeza volvía a invadir poco a poco todo mi ser.
Me levanté y traté de no pensar absolutamente en nada. Había decidido ser un ente no-pensante. O mejor aún un autómata sin sentimientos, pero por más que me esforzaba los sentimientos seguían estando allí y con ellos la amarga tristeza. Salí para la facultad. Ese día cursaba hasta las 18:15. En la facultad no hablé con nadie, no presté atención, no tomé apuntes tan sólo decidí convertirme en un fantasma dentro del curso. Pude ver otros fantasmas que estaban por allí rondando al igual que yo. Nunca antes les había prestado atención pero ahora sé que son muchos.
Llegué a mi casa convertido en una hoja de papel de calcar. Era casi transparente. Seguía sin pensar, trataba de no sentir. Me acosté vestido en mi cama y me dormí en el acto. Sonó el teléfono a eso de las 23:45, era Marcelo preguntando qué iba a hacer. Le dije que no sabía, que no pensaba hacer nada. Me dijo que me pasaría a buscar con Leandro en el auto. “Como quieras...”, le respondí y colgué.
Me levanté y decidí darme una ducha. Entré en el baño. Me miré en el espejo del botiquín pero este no devolvió mi imagen, del otro lado no había nadie. Nada se reflejaba. Lo estaba consiguiendo, me estaba transformando en nada. Me di un baño, me cambié de ropa y me tiré en mi cama a escuchar música hasta que llegaron los chicos. Salimos a hacer lo mismo que la semana pasada y lo mismo que la anterior a esa. Yo me sentía exactamente igual que la semana anterior y que la anterior a esa: mal.
Pablo, Leandro, Marcelo y yo. El eterno deja vú. Era tarde, pasadas las tres, creo. La noche estaba muy fría y algo húmeda. Lo saludan a Leandro desde la vereda de enfrente pegada al río que corría oscuro, frío y despreocupado. Cruzamos la calle. Crucé con las manos en los bolsillos y con la mirada baja sin mirar siquiera a las personas que habían saludado a mi amigo. Luego los miré de reojo sin prestarles mayor atención. El primero en saludarlo fue un chico bajo, rubio de pelo largo. Marcelo también los conocía y creo que los saludó. Eran dos: un rubio de pelo largo que era el que había saludado primero a Leandro y un morocho de pelo largo también. Mientras seguían con el ritual del saludo yo me senté de espaldas a ellos sobre la pequeña tapia que divide la vereda de la costanera del río. Miraba la corriente de agua. Empecé a pensar en el agua. Pablo se sentó a mi lado abstraído en sus propios pensamientos. Pablo es un excelente amigo.
Una vez sentado empecé a sentir más el frío y me dieron ganas de irme. Tanto Pablo como yo seguíamos cada cual en su realidad sin prestar atención a lo que hablaban Marcelo y Leandro con, hasta a ese momento, los desconocidos que los habían saludado. Yo seguía mirando el río, pensaba en el correr del agua y recordaba lo que había escrito alguna vez Herman Hesse en su libro “Siddhartha”. Éste daba a entender en su obra que la vida era algo que no tenía explicación ni sentido alguno, que era tan sólo una sucesión de hechos casi aleatorios que formaban parte de lo que algunos llaman destino. También hacía una comparación de la vida con un río, todos nosotros vendríamos a ser las gotas de agua que forman parte de ese río. Nacemos del deshielo de alguna cumbre nevada de una montaña, empezamos a correr nuestro primer tramo todavía limpios, puros, inocentes, sin contaminarnos. Seguimos avanzando y nos vamos ensuciando. Continuamos y además de seguir ensuciándonos un poco más cada vez, nos contaminan, nos pueden utilizar para hacer funcionar máquinas y crear productos aunque también servimos como fuente de alimentación para alguna que otra gente buena a la que queremos y que se lo merece. Avanzamos y vamos perdiendo nuestra fuerza original, así también como nuestra pureza inicial. Cuando nuestro recorrido termina tan sólo abandonamos el río evaporándonos para quedar suspendidos en el cielo hasta que caemos en forma de lluvia o nieve y otra vez el ciclo que se repite y el río que vuelve a renacer.
En este río llamado vida nos cruzamos con muchas gotas, con algunas recorremos tan sólo tramos cortos, con otras tramos más largos. Nos encontramos con muchas que ya están demasiado contaminadas de las cuales tendemos a alejarnos y muchas otras veces nos topamos con algunas que nos acompañan un trecho pero que de a poco se van desviando de nuestro recorrido y no las volvemos a encontrar. Pero lo mejor de todo esto, lo único que vale la pena en todo este recorrido que cada uno de nosotros hace, es el encontrar a esa gotita especial, casi gemela, con la cual nos fundimos en una y poder terminar el recorrido juntos. Ese es el único sentido que yo le encuentro a esta vida, todo lo demás son hechos que escapan a mis manos, fenómenos fortuitos, sucesos aleatorios que tienen o no tienen que pasar; lo que para muchos, vuelvo a reiterar, es el destino. Estas eran mis reflexiones mirando el río. Bajé a la realidad porque algo me llamó la atención aunque todavía no me daba cuenta qué.
Marcelo responde a una pregunta que nunca escuché que le hicieran, por su respuesta creo que le preguntaron algo con respecto a la música, algo sobre su anterior banda. Marcelo respondía. Marcelo hablaba con interés sobre el tema. Marcelo era músico. Marcelo es uno de mis mejores amigos en esta ciudad.
- Las letras de los temas me gustan más en inglés, pero ya sabés como son las cosas acá... –respondió Marcelo.
- Sí, tenés razón. A mí también me gustan más las letras en inglés... –acotó una voz femenina de alguien que yo no había notado que estuviera en escena hasta ese momento (!).
Me levanté y di unos cortos pasos hasta situarme frente a ellos que se habían sentado a medio metro de donde estaba yo. Creo que la miré muy detenidamente pero con disimulo. Era simplemente perfecta. No me refiero a la perfección de lo que se toma como belleza perfecta al estilo de las modelos de hoy en día. Era diferente, era perfecta para mí. Una belleza perfecta para mí.
Su pelo era de un castaño oscuro y le caía hasta la mitad de su espalda. Era lacio, fino y con un brillo especial. Podía imaginarme en ese momento que olería a un popurrí de flores traído por una brisa del mar. Su cara era más bien redondeada, su nariz algo prominente y su boca chica. Pero lo que más me atrajo fueron el conjunto de sus ojos color miel, pestañas y cejas. El conjunto en sí tenía una extraña y exótica belleza inexplicable con palabras.
El rubio de pelo largo se levantó y le preguntó a Leandro (aunque nos miraba a todos) si nos íbamos a quedar ahí. Él proponía que fuésemos al bar “La Vieja Esquina” o el bar de “La vieja” como nos referíamos a ese lugar con Pablo, no por la vieja esquina donde estaba ubicado sino por la vieja mujer que estaba siempre detrás del mostrador en aquel lugar. Me provocaba una profunda tristeza el ver a aquella vieja mujer cercana a los setenta años atendiendo y cocinando en aquel lugar hasta altas horas de la madrugada. A ella parecía no importarle, tenía una actitud de abstracción total de la realidad, de la hora, del lugar, de la gente y de su trabajo. Daba la impresión de que a ella también el sistema le hubiese absorbido toda su alma... En fin toda su vida.
Nos miramos. Daba igual. Nos levantamos. Seguía dando igual. Empezaron a caminar hacia el bar. Yo no caminaba. Yo flotaba. Estaba a medio metro del piso. Seguía pensando en quién sería ella. Me deslicé por el aire atrás de ellos los veinte metros que había que hacer hasta llegar al lugar. Ya no daba más igual. Algo me decía que me deshiciera de la tristeza que tenía y que los siguiera.
Entramos al tibio salón, nos dirigimos hacia el fondo, lo más alejado posible de la barra donde estaba aquella mujer. De la pared colgaban estúpidas fotos de caballos. Clásicas fotos de bar. Fotos de otros tiempos. “De los buenos tiempos” dirían los viejos. La pared era de azulejos formados por cuadraditos multicolores. Todo era un espectáculo deprimente y muy cómico a la vez, eso si se lo sabe apreciar, sobre todo un día Viernes o Sábado a la madrugada. El bar estaba lleno. No era nada extraño, era el lugar donde el alcohol estaba más barato. He conocido bares deprimentes en mi vida pero este era algo especial, de todos éste clasificaba seguro para la final.
Mientras decidían dónde se iban a sentar yo seguía a años luz de la realidad del lugar mirándola a ella. Encontraron el lugar. Desee que se sentara a mi lado y lo hizo. Pablo estaba en la punta de la mesa espaldas al mostrador, a su derecha la graciosa pared multicolor, a su izquierda el morocho de pelo largo, el rubio de pelo largo, ella, yo y Marcelo.
No sé como empezó la conversación entre todos, música creo, ¿de qué más íbamos a hablar? Pablo le preguntó algo al morocho de pelo largo, este le contestó que él era baterista y que el rubio de pelo largo tocaba la guitarra. Marcelo preguntó algo sobre Scott Weiland y su último trabajo como solista, por mi lado le respondí que el trabajo me parecía bastante interesante aunque no era tan de mi gusto. Terminé de decir esto y la miré fijamente. Asintió con la cabeza y tan sólo dejó escapar un “Sí...”, no recuerdo que dijese algo más. Me pareció algo rara, súper callada pero extremadamente interesante, había algo en ella que me atraía fuertemente. Un no sé qué. No era una atracción física a pesar, como dije, de ser hermosa para mí.
Hablando todos juntos, luego de un rato, me pude enterar sus nombres (no porque se presentaran sino por cómo se llamaban los unos a los otros), el rubio de pelo largo se llamaba Andrés y su amigo, morocho, también de pelo largo, se llamaba Alberto. La amiga de ambos, la chica de larga cabellera con aroma a flores traída por una brisa del mar se llamaba Laura. Creo que hasta ese entonces nunca antes me dijo nada ese nombre, en ese momento me pareció el nombre más hermoso del mundo.
El tiempo transcurrió y Andrés con Marcelo eran los que seguían intercambiando comentarios sobre música, de sus bandas, instrumentos, amplificadores, racks de efectos, equipos con tecnología MIDI; temas que la mayor parte de la humanidad desconoce y no le importan. Creo que Andrés me preguntó si yo tocaba algún instrumento a lo que le respondí que sí, que intentaba tocar la guitarra. Luego me siguió preguntando sobre mi equipo, parecía tener un especial interés en un procesador de efectos que yo poseía. No recuerdo si llegué a hablar mucho con ella. Creo que le hice un par de preguntas a las que me respondía con monosílabos de afirmación o negación. Una chica tímida. Tal vez más que yo. Eso me gustó aún más.
Corrió un poco más de cerveza y se siguió hablando más de lo mismo. No recuerdo quien fue el primero que dijo que era suficiente por esa noche. Salimos fuera. Nos despedimos. Me despedí de ella con un beso. “Extraño, ni siquiera sabe mi nombre...”, pensé. O tal vez sí.
Los tres cruzaron el puente rumbo al centro de la ciudad, me quedé con la vista clavada en ella mientras se alejaba. Pablo, Leandro y Marcelo me miraron fijamente: “¿Qué pasa?” “¿Por qué me miran así?”, pensé. Miré hacia abajo y noté que estaba nuevamente medio metro por encima del piso. Bajé. “Nos vamos”, dijeron. Y nos fuimos.
Mientras Leandro nos llevaba al centro en su auto me enteré que Andrés, Alberto y Laura tenían una banda llamada ”Pablo?” y que habían tocado junto a las bandas de Leandro y Marcelo en un lugar llamado “La Casa del Arte”. Laura tocaba la segunda guitarra en la banda. Recordé que me habían contado algo sobre ese recital. Yo no había podido ir porque me encontraba fuera de la ciudad esa noche. De ahí se conocían todos.
Llegamos al centro. Me despedí de los chicos y me bajé del auto, caminé hacia mi edificio muy lentamente. Entré en mi departamento, dejé las llaves y la billetera en el mueble del comedor. Me senté en una silla y traté de pensar. Lo logré. Pensé en ella. Traté de sentir. Lo logré nuevamente. Me sentí bien y la tristeza ya no parecía estar allí.
Entré en el baño, abrí la canilla del agua fría. Dejé correr el agua por mis manos, sentía que me quemaba de lo fría que estaba. Ahuequé mis manos y las llené del gélido líquido, me lo eché en la cara. Me miré en el espejo. Este me devolvió mi imagen. Me sentí mejor.
Entré en mi habitación a oscuras, no me molesté en encender ninguna luz. Me desvestí y me tiré en mi cama. Me puse a pensar en lo absurdo en que funcionan nuestras mentes. Yo esa noche había dejado de sentirme mal. ¿Por qué? ¿Tal vez porque la había conocido y crucé dos palabras con ella? ¿Tal vez porque sabía muy dentro mío que la iba a volver a ver?
No recuerdo con exactitud pero creo que esa noche fue la primera de otras muchas noches que siguieron en que me quedé dormido pensando en ella. La tristeza definitivamente se había ido ya.
Me desperté súbitamente aterrorizado, enredado entre las sábanas de mi cama. Miré la hora: 9:15 a.m. Cerré los ojos y me concentré. Escuché a la humanidad en sus tareas habituales de todos los días. A medida que seguía escuchando los ruidos, las risas, las conversaciones, las discusiones, las estúpidas locutoras de radio con su fingida buena onda, la tristeza volvía a invadir poco a poco todo mi ser.
Me levanté y traté de no pensar absolutamente en nada. Había decidido ser un ente no-pensante. O mejor aún un autómata sin sentimientos, pero por más que me esforzaba los sentimientos seguían estando allí y con ellos la amarga tristeza. Salí para la facultad. Ese día cursaba hasta las 18:15. En la facultad no hablé con nadie, no presté atención, no tomé apuntes tan sólo decidí convertirme en un fantasma dentro del curso. Pude ver otros fantasmas que estaban por allí rondando al igual que yo. Nunca antes les había prestado atención pero ahora sé que son muchos.
Llegué a mi casa convertido en una hoja de papel de calcar. Era casi transparente. Seguía sin pensar, trataba de no sentir. Me acosté vestido en mi cama y me dormí en el acto. Sonó el teléfono a eso de las 23:45, era Marcelo preguntando qué iba a hacer. Le dije que no sabía, que no pensaba hacer nada. Me dijo que me pasaría a buscar con Leandro en el auto. “Como quieras...”, le respondí y colgué.
Me levanté y decidí darme una ducha. Entré en el baño. Me miré en el espejo del botiquín pero este no devolvió mi imagen, del otro lado no había nadie. Nada se reflejaba. Lo estaba consiguiendo, me estaba transformando en nada. Me di un baño, me cambié de ropa y me tiré en mi cama a escuchar música hasta que llegaron los chicos. Salimos a hacer lo mismo que la semana pasada y lo mismo que la anterior a esa. Yo me sentía exactamente igual que la semana anterior y que la anterior a esa: mal.
Pablo, Leandro, Marcelo y yo. El eterno deja vú. Era tarde, pasadas las tres, creo. La noche estaba muy fría y algo húmeda. Lo saludan a Leandro desde la vereda de enfrente pegada al río que corría oscuro, frío y despreocupado. Cruzamos la calle. Crucé con las manos en los bolsillos y con la mirada baja sin mirar siquiera a las personas que habían saludado a mi amigo. Luego los miré de reojo sin prestarles mayor atención. El primero en saludarlo fue un chico bajo, rubio de pelo largo. Marcelo también los conocía y creo que los saludó. Eran dos: un rubio de pelo largo que era el que había saludado primero a Leandro y un morocho de pelo largo también. Mientras seguían con el ritual del saludo yo me senté de espaldas a ellos sobre la pequeña tapia que divide la vereda de la costanera del río. Miraba la corriente de agua. Empecé a pensar en el agua. Pablo se sentó a mi lado abstraído en sus propios pensamientos. Pablo es un excelente amigo.
Una vez sentado empecé a sentir más el frío y me dieron ganas de irme. Tanto Pablo como yo seguíamos cada cual en su realidad sin prestar atención a lo que hablaban Marcelo y Leandro con, hasta a ese momento, los desconocidos que los habían saludado. Yo seguía mirando el río, pensaba en el correr del agua y recordaba lo que había escrito alguna vez Herman Hesse en su libro “Siddhartha”. Éste daba a entender en su obra que la vida era algo que no tenía explicación ni sentido alguno, que era tan sólo una sucesión de hechos casi aleatorios que formaban parte de lo que algunos llaman destino. También hacía una comparación de la vida con un río, todos nosotros vendríamos a ser las gotas de agua que forman parte de ese río. Nacemos del deshielo de alguna cumbre nevada de una montaña, empezamos a correr nuestro primer tramo todavía limpios, puros, inocentes, sin contaminarnos. Seguimos avanzando y nos vamos ensuciando. Continuamos y además de seguir ensuciándonos un poco más cada vez, nos contaminan, nos pueden utilizar para hacer funcionar máquinas y crear productos aunque también servimos como fuente de alimentación para alguna que otra gente buena a la que queremos y que se lo merece. Avanzamos y vamos perdiendo nuestra fuerza original, así también como nuestra pureza inicial. Cuando nuestro recorrido termina tan sólo abandonamos el río evaporándonos para quedar suspendidos en el cielo hasta que caemos en forma de lluvia o nieve y otra vez el ciclo que se repite y el río que vuelve a renacer.
En este río llamado vida nos cruzamos con muchas gotas, con algunas recorremos tan sólo tramos cortos, con otras tramos más largos. Nos encontramos con muchas que ya están demasiado contaminadas de las cuales tendemos a alejarnos y muchas otras veces nos topamos con algunas que nos acompañan un trecho pero que de a poco se van desviando de nuestro recorrido y no las volvemos a encontrar. Pero lo mejor de todo esto, lo único que vale la pena en todo este recorrido que cada uno de nosotros hace, es el encontrar a esa gotita especial, casi gemela, con la cual nos fundimos en una y poder terminar el recorrido juntos. Ese es el único sentido que yo le encuentro a esta vida, todo lo demás son hechos que escapan a mis manos, fenómenos fortuitos, sucesos aleatorios que tienen o no tienen que pasar; lo que para muchos, vuelvo a reiterar, es el destino. Estas eran mis reflexiones mirando el río. Bajé a la realidad porque algo me llamó la atención aunque todavía no me daba cuenta qué.
Marcelo responde a una pregunta que nunca escuché que le hicieran, por su respuesta creo que le preguntaron algo con respecto a la música, algo sobre su anterior banda. Marcelo respondía. Marcelo hablaba con interés sobre el tema. Marcelo era músico. Marcelo es uno de mis mejores amigos en esta ciudad.
- Las letras de los temas me gustan más en inglés, pero ya sabés como son las cosas acá... –respondió Marcelo.
- Sí, tenés razón. A mí también me gustan más las letras en inglés... –acotó una voz femenina de alguien que yo no había notado que estuviera en escena hasta ese momento (!).
Me levanté y di unos cortos pasos hasta situarme frente a ellos que se habían sentado a medio metro de donde estaba yo. Creo que la miré muy detenidamente pero con disimulo. Era simplemente perfecta. No me refiero a la perfección de lo que se toma como belleza perfecta al estilo de las modelos de hoy en día. Era diferente, era perfecta para mí. Una belleza perfecta para mí.
Su pelo era de un castaño oscuro y le caía hasta la mitad de su espalda. Era lacio, fino y con un brillo especial. Podía imaginarme en ese momento que olería a un popurrí de flores traído por una brisa del mar. Su cara era más bien redondeada, su nariz algo prominente y su boca chica. Pero lo que más me atrajo fueron el conjunto de sus ojos color miel, pestañas y cejas. El conjunto en sí tenía una extraña y exótica belleza inexplicable con palabras.
El rubio de pelo largo se levantó y le preguntó a Leandro (aunque nos miraba a todos) si nos íbamos a quedar ahí. Él proponía que fuésemos al bar “La Vieja Esquina” o el bar de “La vieja” como nos referíamos a ese lugar con Pablo, no por la vieja esquina donde estaba ubicado sino por la vieja mujer que estaba siempre detrás del mostrador en aquel lugar. Me provocaba una profunda tristeza el ver a aquella vieja mujer cercana a los setenta años atendiendo y cocinando en aquel lugar hasta altas horas de la madrugada. A ella parecía no importarle, tenía una actitud de abstracción total de la realidad, de la hora, del lugar, de la gente y de su trabajo. Daba la impresión de que a ella también el sistema le hubiese absorbido toda su alma... En fin toda su vida.
Nos miramos. Daba igual. Nos levantamos. Seguía dando igual. Empezaron a caminar hacia el bar. Yo no caminaba. Yo flotaba. Estaba a medio metro del piso. Seguía pensando en quién sería ella. Me deslicé por el aire atrás de ellos los veinte metros que había que hacer hasta llegar al lugar. Ya no daba más igual. Algo me decía que me deshiciera de la tristeza que tenía y que los siguiera.
Entramos al tibio salón, nos dirigimos hacia el fondo, lo más alejado posible de la barra donde estaba aquella mujer. De la pared colgaban estúpidas fotos de caballos. Clásicas fotos de bar. Fotos de otros tiempos. “De los buenos tiempos” dirían los viejos. La pared era de azulejos formados por cuadraditos multicolores. Todo era un espectáculo deprimente y muy cómico a la vez, eso si se lo sabe apreciar, sobre todo un día Viernes o Sábado a la madrugada. El bar estaba lleno. No era nada extraño, era el lugar donde el alcohol estaba más barato. He conocido bares deprimentes en mi vida pero este era algo especial, de todos éste clasificaba seguro para la final.
Mientras decidían dónde se iban a sentar yo seguía a años luz de la realidad del lugar mirándola a ella. Encontraron el lugar. Desee que se sentara a mi lado y lo hizo. Pablo estaba en la punta de la mesa espaldas al mostrador, a su derecha la graciosa pared multicolor, a su izquierda el morocho de pelo largo, el rubio de pelo largo, ella, yo y Marcelo.
No sé como empezó la conversación entre todos, música creo, ¿de qué más íbamos a hablar? Pablo le preguntó algo al morocho de pelo largo, este le contestó que él era baterista y que el rubio de pelo largo tocaba la guitarra. Marcelo preguntó algo sobre Scott Weiland y su último trabajo como solista, por mi lado le respondí que el trabajo me parecía bastante interesante aunque no era tan de mi gusto. Terminé de decir esto y la miré fijamente. Asintió con la cabeza y tan sólo dejó escapar un “Sí...”, no recuerdo que dijese algo más. Me pareció algo rara, súper callada pero extremadamente interesante, había algo en ella que me atraía fuertemente. Un no sé qué. No era una atracción física a pesar, como dije, de ser hermosa para mí.
Hablando todos juntos, luego de un rato, me pude enterar sus nombres (no porque se presentaran sino por cómo se llamaban los unos a los otros), el rubio de pelo largo se llamaba Andrés y su amigo, morocho, también de pelo largo, se llamaba Alberto. La amiga de ambos, la chica de larga cabellera con aroma a flores traída por una brisa del mar se llamaba Laura. Creo que hasta ese entonces nunca antes me dijo nada ese nombre, en ese momento me pareció el nombre más hermoso del mundo.
El tiempo transcurrió y Andrés con Marcelo eran los que seguían intercambiando comentarios sobre música, de sus bandas, instrumentos, amplificadores, racks de efectos, equipos con tecnología MIDI; temas que la mayor parte de la humanidad desconoce y no le importan. Creo que Andrés me preguntó si yo tocaba algún instrumento a lo que le respondí que sí, que intentaba tocar la guitarra. Luego me siguió preguntando sobre mi equipo, parecía tener un especial interés en un procesador de efectos que yo poseía. No recuerdo si llegué a hablar mucho con ella. Creo que le hice un par de preguntas a las que me respondía con monosílabos de afirmación o negación. Una chica tímida. Tal vez más que yo. Eso me gustó aún más.
Corrió un poco más de cerveza y se siguió hablando más de lo mismo. No recuerdo quien fue el primero que dijo que era suficiente por esa noche. Salimos fuera. Nos despedimos. Me despedí de ella con un beso. “Extraño, ni siquiera sabe mi nombre...”, pensé. O tal vez sí.
Los tres cruzaron el puente rumbo al centro de la ciudad, me quedé con la vista clavada en ella mientras se alejaba. Pablo, Leandro y Marcelo me miraron fijamente: “¿Qué pasa?” “¿Por qué me miran así?”, pensé. Miré hacia abajo y noté que estaba nuevamente medio metro por encima del piso. Bajé. “Nos vamos”, dijeron. Y nos fuimos.
Mientras Leandro nos llevaba al centro en su auto me enteré que Andrés, Alberto y Laura tenían una banda llamada ”Pablo?” y que habían tocado junto a las bandas de Leandro y Marcelo en un lugar llamado “La Casa del Arte”. Laura tocaba la segunda guitarra en la banda. Recordé que me habían contado algo sobre ese recital. Yo no había podido ir porque me encontraba fuera de la ciudad esa noche. De ahí se conocían todos.
Llegamos al centro. Me despedí de los chicos y me bajé del auto, caminé hacia mi edificio muy lentamente. Entré en mi departamento, dejé las llaves y la billetera en el mueble del comedor. Me senté en una silla y traté de pensar. Lo logré. Pensé en ella. Traté de sentir. Lo logré nuevamente. Me sentí bien y la tristeza ya no parecía estar allí.
Entré en el baño, abrí la canilla del agua fría. Dejé correr el agua por mis manos, sentía que me quemaba de lo fría que estaba. Ahuequé mis manos y las llené del gélido líquido, me lo eché en la cara. Me miré en el espejo. Este me devolvió mi imagen. Me sentí mejor.
Entré en mi habitación a oscuras, no me molesté en encender ninguna luz. Me desvestí y me tiré en mi cama. Me puse a pensar en lo absurdo en que funcionan nuestras mentes. Yo esa noche había dejado de sentirme mal. ¿Por qué? ¿Tal vez porque la había conocido y crucé dos palabras con ella? ¿Tal vez porque sabía muy dentro mío que la iba a volver a ver?
No recuerdo con exactitud pero creo que esa noche fue la primera de otras muchas noches que siguieron en que me quedé dormido pensando en ella. La tristeza definitivamente se había ido ya.
jueves, enero 26, 2006
Laura
(Dedicado a vos, estés donde estés)
ALGÚN JUEVES HACE POCO
Esa mañana me desperté sintiéndome el ser humano más solitario del planeta. Sintiéndome solo pero en una forma horrible de soledad, una soledad triste, de sentir que a nadie le importas realmente, de sentir que nadie te ama. Porque también está la otra forma de soledad, la que es buena, donde no querés y no necesitás ver a nadie, la cual te permite desconectarte y sentirte en paz con vos mismo, la que te hace parar y pensar: ¿Dónde estoy?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué estoy haciendo? Cerré los ojos y traté de escuchar al resto de la humanidad en sus tareas diarias habituales pero nada llegó a mis oídos. Era extraño, ya que en estos hábitats individuales de concreto, soluciones versátiles para la vida moderna llamadas departamentos, uno oye todo lo que hacen los demás, absolutamente todo, pero esa mañana no oí nada.
Me había pasado algunas veces el despertarme y no oír un solo sonido, ni una voz, ni un ruido, ni un acorde de una canción de moda que no me gusta... Simplemente el oír la nada, el vacío; el oír el sonido del silencio. Era entonces cuando pensaba: “OK, toda la humanidad desapareció o sucumbió...”. Así por que sí, sin una causa o razón. En realidad no era toda la humanidad la que desaparecía, solamente quedaba ella. Ella y yo. Solos. Para volver a intentarlo de nuevo. Sólo si llegase a pasar todo eso tal vez yo fuese feliz. Tal vez. Pero eso nunca iba a ocurrir porque ella ya no estaba conmigo, igualmente yo seguía imaginándome que sí.
Sería extraño ¿no?, que todos los dioses de todas las distintas religiones, que en realidad tal vez converjan en un único Dios sin religión, quisieran o quisiera que tan sólo ella y yo sobreviviéramos. Pero lo único realmente bueno y valedero de todo este supuesto (o delirio egocéntrico y apocalíptico mío) era que sólo estaríamos nosotros dos y que nada ni nadie más importaría. Ese instante en el que yo me imaginaba todo esto se convertía en un momento único de paz, de una tranquilidad indescriptible, donde pensaba: “Por fin, no más preocupaciones cotidianas, no más trámites triviales, no más problemas de dinero, no más competencia, no más polución, no más violencia, no más miedo, no más guerras, no más hambre, no más personas sufriendo y tratando de sobrevivir para luego a la larga terminar muriendo sin haber hecho nada, nada más que sobrevivir para llegar a ello... No, basta de todo eso, ahora somos tan sólo ella y yo solos”.
En fin, todo se resume en decir: no más humanidad, tan sólo dos personas. De vuelta al punto cero. Empecemos de nuevo. Y esta vez, por favor, hagámoslo bien. Sería imposible, ya que está en nuestro código, estamos programados de esa manera, es la naturaleza humana; a la larga terminaría todo igual... Bueno, en fin, al menos intentemos que nuestra existencia no vuelva a ser tan trágica... Imposible: está en nuestro código... Al fin y al cabo, ya lo había escrito Graham Greene en una de sus obras: “No se puede amar a la humanidad. Sólo se puede amar a las personas”.
Me levanté, realicé mi rutina de higiene personal y me preparé un café. “Lo mismo de todos los días...”, pensé. “No, éste va a ser un día diferente”, me repliqué a mí mismo. “Éste tiene que ser un día definitivo. Un día en que logre algo que rompa con la rutina de todos los días porque éste será el día en que dejaré de pensar en ella, el día en que finalmente la deje ir”.
Lo que me ocurría en realidad era que me sentía mal por cómo había terminado nuestra relación, nuestro paulatino y por último cortante alejamiento del uno con el otro; nuestras tristes, incómodas y solitarias miradas al cruzarnos a la noche en aquellos lugares a los cuales solíamos ir juntos... Y lo peor de todo era que hacía ya mucho tiempo que yo estaba así y sentía que no me podría recuperar más.
Todo seguía estando calmo y silencioso. Luego me dí cuenta de lo que ocurría: Era un día feriado. Una fecha patria. ¿Todavía existía la patria? ¿Existía todavía la gente nacionalista?. Al parecer sí porque en ese momento escuché la voz chillona de un político que venía desde la plaza central de esta ciudad y me lo imaginé luciendo con simulado orgullo su escarapela, seguramente comprada a último momento por alguno de sus asesores, tirando su perorata a las masas alienadas de su propia existencia queriendo creer en algo, perorata escrita por otro de sus asesores que tiene una mejor técnica en la escritura, perorata acerca de la importancia de este día para nuestra nación ¿Todavía existía nuestra nación?. Aunque la pregunta relevante aquí es: ¿Por qué estaba pensando yo en todo esto? Respuesta: Porque cuando estás mal, ves todo mal... Aunque en realidad, sí, estaba todo mal.
El resto de ese día Jueves feriado me la pasé escuchando música, ponía los discos más darks y tristes que tenía. El portero sonó 3 veces en toda la tarde y no me molesté en atender, por la noche miré un par películas viejas que tenía grabadas y que ya había visto más de una veintena de veces cada una. Luego encendí la computadora y estuve 2 horas buscando en Internet. No recuerdo lo que buscaba, lo que sí me acuerdo es que no lo encontré.
Me acosté deseando poder dormir por un mes y despertarme sin esa terrible melancolía que tenía arraigada en mi corazón. Tomé el control remoto de mi equipo de música y puse una radio al azar, programé el equipo para que se apagara en dos horas. Ni siquiera escuchaba lo que estaban poniendo al aire en aquella emisora. Después de dar vueltas y más vueltas en mi cama y de no parar de pensar por más de una hora finalmente me quedé dormido.
Me despierto como nuevo. Abro muy lentamente mis ojos. Intento escuchar los sonidos de la humanidad en sus tareas diarias habituales en el nuevo día. No oigo nada. Por alguna razón la tristeza había desaparecido. No me levanto, sólo me limito a cerrar los ojos lo más fuerte que puedo y concentrarme en escuchar. Sigo sin oír un solo sonido. No puede ser, el feriado fue ayer, se supone que hoy es un día laboral... Me levanto de la cama, levanto la persiana y el afuera me devuelve un hermoso día soleado. Abro la ventana y me asomo. Tengo que escuchar algo, vamos, por favor alguien que hable, que grite, que discuta con su pareja, que rete a su hijo... Nada. Era una broma de mal gusto o...
Me cambio lo más rápido que puedo y salgo de mi departamento. En los pasillos del edificio no se escuchaba nada. Bajo las escaleras corriendo. El hall del edificio estaba vacío, no había rastro alguno de Enrique, el portero. Debería estar allí como todas las mañanas. Salgo a la calle y no encuentro nada anormal, sólo que no veo ni una sola persona en toda mi cuadra. Avanzo corriendo hasta la avenida que corta mi calle y bajo por la misma. Sobre mano izquierda, a mitad de cuadra, veo un trolebús parado. Me dirijo cauteloso aunque rápidamente hacia él. En el interior estaba la chofer y no más de seis pasajeros distribuidos a lo largo de todo el vehículo. Todos desvanecidos. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando me dí cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo. Estaban todos muertos. Me doy vuelta y subo corriendo ahora mano arriba por la avenida y veo unos pocos autos estrellados contra negocios o contra otros autos que estaban estacionados. Sus ocupantes yacían dentro con sus cabezas tendidas sobre los volantes. “Dios mío, no puede estar pasando todo esto...”, pienso. La imagen de ella surgió de repente en mi cabeza. Tengo que ir a verla. Ella tiene que estar bien.
Corro por una de las principales avenidas del centro de esta ciudad hasta llegar a su calle, empiezo a ver gente tirada sobre las veredas a lo largo del trayecto pero ya no presto atención, eran como un paisaje habitual. Corro las 10 cuadras que me separan de su casa como un animal liberado de su jaula después de años de cautiverio. Llego a su edificio y la veo sentada en el umbral de la puerta de entrada. Tenía su cabeza gacha y se tomaba la cara con ambas manos. Estaba llorando. Me acerco lentamente, me agacho, la beso en la frente y le digo que está todo bien. Nos abrazamos. Lloramos por todo lo que fue y por todo lo que pudo haber sido. Luego nos quedamos callados, todavía abrazados, por unos instantes más.
Nos paramos, caminamos desde la vereda hacia el medio de su calle tomados de la mano. “¿Y ahora qué?”, pregunto. No me responde. Todavía no se termina de reponer. Mira para arriba, hacia el balcón de su departamento. Me viene a la cabeza la imagen de su hermana. La abrazo. Abrazados caminamos unos pocos metros calle abajo cuando oigo el estruendo de una explosión que viene desde algún lugar no muy distante delante de nosotros. La suelto y corro hacia la esquina para ver si podía divisar que ocurría. No veo nada en ninguna dirección. Mientras me doy vuelta le digo: “No es nada, no debe ser por acá”. Pero no la veo, había desaparecido. Me desespero. Corro de vuelta hacia donde la había dejado. Pero ella ya no está. Otra vez la tristeza se adueña de mi corazón y me dejo caer en el medio de su calle. Me despierto llorando. Esto tiene que parar.
(Continúa)
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Córdoba, fines de 1999. Viejos escritos encontrados.
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ALGÚN JUEVES HACE POCO
Esa mañana me desperté sintiéndome el ser humano más solitario del planeta. Sintiéndome solo pero en una forma horrible de soledad, una soledad triste, de sentir que a nadie le importas realmente, de sentir que nadie te ama. Porque también está la otra forma de soledad, la que es buena, donde no querés y no necesitás ver a nadie, la cual te permite desconectarte y sentirte en paz con vos mismo, la que te hace parar y pensar: ¿Dónde estoy?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué estoy haciendo? Cerré los ojos y traté de escuchar al resto de la humanidad en sus tareas diarias habituales pero nada llegó a mis oídos. Era extraño, ya que en estos hábitats individuales de concreto, soluciones versátiles para la vida moderna llamadas departamentos, uno oye todo lo que hacen los demás, absolutamente todo, pero esa mañana no oí nada.
Me había pasado algunas veces el despertarme y no oír un solo sonido, ni una voz, ni un ruido, ni un acorde de una canción de moda que no me gusta... Simplemente el oír la nada, el vacío; el oír el sonido del silencio. Era entonces cuando pensaba: “OK, toda la humanidad desapareció o sucumbió...”. Así por que sí, sin una causa o razón. En realidad no era toda la humanidad la que desaparecía, solamente quedaba ella. Ella y yo. Solos. Para volver a intentarlo de nuevo. Sólo si llegase a pasar todo eso tal vez yo fuese feliz. Tal vez. Pero eso nunca iba a ocurrir porque ella ya no estaba conmigo, igualmente yo seguía imaginándome que sí.
Sería extraño ¿no?, que todos los dioses de todas las distintas religiones, que en realidad tal vez converjan en un único Dios sin religión, quisieran o quisiera que tan sólo ella y yo sobreviviéramos. Pero lo único realmente bueno y valedero de todo este supuesto (o delirio egocéntrico y apocalíptico mío) era que sólo estaríamos nosotros dos y que nada ni nadie más importaría. Ese instante en el que yo me imaginaba todo esto se convertía en un momento único de paz, de una tranquilidad indescriptible, donde pensaba: “Por fin, no más preocupaciones cotidianas, no más trámites triviales, no más problemas de dinero, no más competencia, no más polución, no más violencia, no más miedo, no más guerras, no más hambre, no más personas sufriendo y tratando de sobrevivir para luego a la larga terminar muriendo sin haber hecho nada, nada más que sobrevivir para llegar a ello... No, basta de todo eso, ahora somos tan sólo ella y yo solos”.
En fin, todo se resume en decir: no más humanidad, tan sólo dos personas. De vuelta al punto cero. Empecemos de nuevo. Y esta vez, por favor, hagámoslo bien. Sería imposible, ya que está en nuestro código, estamos programados de esa manera, es la naturaleza humana; a la larga terminaría todo igual... Bueno, en fin, al menos intentemos que nuestra existencia no vuelva a ser tan trágica... Imposible: está en nuestro código... Al fin y al cabo, ya lo había escrito Graham Greene en una de sus obras: “No se puede amar a la humanidad. Sólo se puede amar a las personas”.
Me levanté, realicé mi rutina de higiene personal y me preparé un café. “Lo mismo de todos los días...”, pensé. “No, éste va a ser un día diferente”, me repliqué a mí mismo. “Éste tiene que ser un día definitivo. Un día en que logre algo que rompa con la rutina de todos los días porque éste será el día en que dejaré de pensar en ella, el día en que finalmente la deje ir”.
Lo que me ocurría en realidad era que me sentía mal por cómo había terminado nuestra relación, nuestro paulatino y por último cortante alejamiento del uno con el otro; nuestras tristes, incómodas y solitarias miradas al cruzarnos a la noche en aquellos lugares a los cuales solíamos ir juntos... Y lo peor de todo era que hacía ya mucho tiempo que yo estaba así y sentía que no me podría recuperar más.
Todo seguía estando calmo y silencioso. Luego me dí cuenta de lo que ocurría: Era un día feriado. Una fecha patria. ¿Todavía existía la patria? ¿Existía todavía la gente nacionalista?. Al parecer sí porque en ese momento escuché la voz chillona de un político que venía desde la plaza central de esta ciudad y me lo imaginé luciendo con simulado orgullo su escarapela, seguramente comprada a último momento por alguno de sus asesores, tirando su perorata a las masas alienadas de su propia existencia queriendo creer en algo, perorata escrita por otro de sus asesores que tiene una mejor técnica en la escritura, perorata acerca de la importancia de este día para nuestra nación ¿Todavía existía nuestra nación?. Aunque la pregunta relevante aquí es: ¿Por qué estaba pensando yo en todo esto? Respuesta: Porque cuando estás mal, ves todo mal... Aunque en realidad, sí, estaba todo mal.
El resto de ese día Jueves feriado me la pasé escuchando música, ponía los discos más darks y tristes que tenía. El portero sonó 3 veces en toda la tarde y no me molesté en atender, por la noche miré un par películas viejas que tenía grabadas y que ya había visto más de una veintena de veces cada una. Luego encendí la computadora y estuve 2 horas buscando en Internet. No recuerdo lo que buscaba, lo que sí me acuerdo es que no lo encontré.
Me acosté deseando poder dormir por un mes y despertarme sin esa terrible melancolía que tenía arraigada en mi corazón. Tomé el control remoto de mi equipo de música y puse una radio al azar, programé el equipo para que se apagara en dos horas. Ni siquiera escuchaba lo que estaban poniendo al aire en aquella emisora. Después de dar vueltas y más vueltas en mi cama y de no parar de pensar por más de una hora finalmente me quedé dormido.
Me despierto como nuevo. Abro muy lentamente mis ojos. Intento escuchar los sonidos de la humanidad en sus tareas diarias habituales en el nuevo día. No oigo nada. Por alguna razón la tristeza había desaparecido. No me levanto, sólo me limito a cerrar los ojos lo más fuerte que puedo y concentrarme en escuchar. Sigo sin oír un solo sonido. No puede ser, el feriado fue ayer, se supone que hoy es un día laboral... Me levanto de la cama, levanto la persiana y el afuera me devuelve un hermoso día soleado. Abro la ventana y me asomo. Tengo que escuchar algo, vamos, por favor alguien que hable, que grite, que discuta con su pareja, que rete a su hijo... Nada. Era una broma de mal gusto o...
Me cambio lo más rápido que puedo y salgo de mi departamento. En los pasillos del edificio no se escuchaba nada. Bajo las escaleras corriendo. El hall del edificio estaba vacío, no había rastro alguno de Enrique, el portero. Debería estar allí como todas las mañanas. Salgo a la calle y no encuentro nada anormal, sólo que no veo ni una sola persona en toda mi cuadra. Avanzo corriendo hasta la avenida que corta mi calle y bajo por la misma. Sobre mano izquierda, a mitad de cuadra, veo un trolebús parado. Me dirijo cauteloso aunque rápidamente hacia él. En el interior estaba la chofer y no más de seis pasajeros distribuidos a lo largo de todo el vehículo. Todos desvanecidos. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando me dí cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo. Estaban todos muertos. Me doy vuelta y subo corriendo ahora mano arriba por la avenida y veo unos pocos autos estrellados contra negocios o contra otros autos que estaban estacionados. Sus ocupantes yacían dentro con sus cabezas tendidas sobre los volantes. “Dios mío, no puede estar pasando todo esto...”, pienso. La imagen de ella surgió de repente en mi cabeza. Tengo que ir a verla. Ella tiene que estar bien.
Corro por una de las principales avenidas del centro de esta ciudad hasta llegar a su calle, empiezo a ver gente tirada sobre las veredas a lo largo del trayecto pero ya no presto atención, eran como un paisaje habitual. Corro las 10 cuadras que me separan de su casa como un animal liberado de su jaula después de años de cautiverio. Llego a su edificio y la veo sentada en el umbral de la puerta de entrada. Tenía su cabeza gacha y se tomaba la cara con ambas manos. Estaba llorando. Me acerco lentamente, me agacho, la beso en la frente y le digo que está todo bien. Nos abrazamos. Lloramos por todo lo que fue y por todo lo que pudo haber sido. Luego nos quedamos callados, todavía abrazados, por unos instantes más.
Nos paramos, caminamos desde la vereda hacia el medio de su calle tomados de la mano. “¿Y ahora qué?”, pregunto. No me responde. Todavía no se termina de reponer. Mira para arriba, hacia el balcón de su departamento. Me viene a la cabeza la imagen de su hermana. La abrazo. Abrazados caminamos unos pocos metros calle abajo cuando oigo el estruendo de una explosión que viene desde algún lugar no muy distante delante de nosotros. La suelto y corro hacia la esquina para ver si podía divisar que ocurría. No veo nada en ninguna dirección. Mientras me doy vuelta le digo: “No es nada, no debe ser por acá”. Pero no la veo, había desaparecido. Me desespero. Corro de vuelta hacia donde la había dejado. Pero ella ya no está. Otra vez la tristeza se adueña de mi corazón y me dejo caer en el medio de su calle. Me despierto llorando. Esto tiene que parar.
(Continúa)
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Córdoba, fines de 1999. Viejos escritos encontrados.
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jueves, diciembre 01, 2005
Vacío
Luego de unos cuantos años se lo volvió a encontrar por casualidad en Buenos Aires, le extrañó el verlo allí. Mientras G. se bajaba del auto fue que lo reconoció a B. asegurando su bicicleta contra un árbol en la vereda. Al principio le sorprendió verlo, seguía igual, incluso algo más joven a como lo recordaba de la última vez que estuvieron juntos.
De pronto un vacío se le formó en el vientre al descubrir que no le podía quitar la mirada de encima, en tanto que G. pasaba como si nada frente a B. sin reconocerlo mientras que éste último se daba vuelta en ese mismo instante para retomar la acera. Casi tropiezan el uno contra el otro si no fuera porque B. se frenó de golpe y le hizo un gesto a G. para que pasara primero. Ella seguía atónita toda la escena desde el auto, escondida detrás de la seguridad que le brindaban los vidrios polarizados de negro.
Al verlo alejarse recordó los viejos tiempos. B. solía llevarla a ese pequeño restaurante que daba al río, mientras que G. sólo la llevaba a los mejores lugares, todos ubicados en el microcentro de la ciudad, todos con vista al gris cemento de la urbe. Miró la hora, 8.30 de la mañana, y mientras lo hacía pensó en que B. nunca hubiese podido comprarle aquel costoso reloj que G. le había regalado para su cumpleaños hacía un par de años atrás, aunque B. sí le hubiese regalado todo el tiempo que ese reloj marcó, cosa que G. nunca hizo. Bajó su mirada hasta el anillo, y tampoco pudo evitar pensar en que B. jamás hubiera podido obsequiarle algo así, y conóciéndolo como lo conocía se le ocurrió que tal vez él le hubiese propuesto tatuarse un tribal alrededor del meñique, y fue de pronto que sintió que eso sí hubiese sido un símbolo más duradero de lo que alguna vez fue, de eso que nunca tendría que haber dejado de ser.
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Inspirado en este relato de Ana.
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De pronto un vacío se le formó en el vientre al descubrir que no le podía quitar la mirada de encima, en tanto que G. pasaba como si nada frente a B. sin reconocerlo mientras que éste último se daba vuelta en ese mismo instante para retomar la acera. Casi tropiezan el uno contra el otro si no fuera porque B. se frenó de golpe y le hizo un gesto a G. para que pasara primero. Ella seguía atónita toda la escena desde el auto, escondida detrás de la seguridad que le brindaban los vidrios polarizados de negro.
Al verlo alejarse recordó los viejos tiempos. B. solía llevarla a ese pequeño restaurante que daba al río, mientras que G. sólo la llevaba a los mejores lugares, todos ubicados en el microcentro de la ciudad, todos con vista al gris cemento de la urbe. Miró la hora, 8.30 de la mañana, y mientras lo hacía pensó en que B. nunca hubiese podido comprarle aquel costoso reloj que G. le había regalado para su cumpleaños hacía un par de años atrás, aunque B. sí le hubiese regalado todo el tiempo que ese reloj marcó, cosa que G. nunca hizo. Bajó su mirada hasta el anillo, y tampoco pudo evitar pensar en que B. jamás hubiera podido obsequiarle algo así, y conóciéndolo como lo conocía se le ocurrió que tal vez él le hubiese propuesto tatuarse un tribal alrededor del meñique, y fue de pronto que sintió que eso sí hubiese sido un símbolo más duradero de lo que alguna vez fue, de eso que nunca tendría que haber dejado de ser.
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Inspirado en este relato de Ana.
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martes, noviembre 01, 2005
Jorge W.
(Bueno, empecemos. Presentación de personajes...)
José Bertola está a sólo un día de retirarse de su trabajo en la oficina de contralor del Aeropuerto Internacional de Mar del Plata. Trabaja junto a Adrián Espíndola, veinte años más joven que él y dueño éste último de una voz tan grave y varonil que hacía temblar a los parlantes distribuidos por todo el aeropuerto, y porqué no, a las faldas de algunas señoras también, cada vez que el joven hacía algún anuncio de esos que siempre se escuchan pero que nunca se entienden.
Los dos compañeros de oficina se llevan muy bien más allá de la diferencia de edad y de tener mentalidades diferentes. José, era un viejo idealista de centro-izquierda que vivió una buena parte de su vida en las épocas de la "Argentina potencia", hacía ya muchos años atrás. Adrián, por el contrario, no vivió más que de crisis en crisis desde el momento en que le asignaron nacer en este bendito país. Como la gran mayoría de los jóvenes de hoy día Adrián sólo quiere progresar rápido en su carrera, ganar mucho y gastar mucho, sobre todo en compañía de bellas jóvenes siempre y cuando éstas estuvieran dispuestas a estar solamente una noche inmiscuidas en su vida.
José intentaba en vano hablar de política e ideologías con Adrián, pero a éste último poco y nada le interesaban los políticos o las ideologías, cosa lógica ya que lo único que el joven escuchaba últimamente de los políticos eran mentiras y más mentiras; si por él fuera: "Habría que llevarlos a todos juntos a la cancha de River y llamar a los aviones para que descargaran Agente Naranja sobre el estadio". Y en cuanto a las ideologías, bueno, que con esos mismos políticos guiando el país era bien sabido por Adrián que el dinero que estos perseguían no tenía ideología alguna.
(Y hablando de políticos, mejor metámonos de lleno en la historia...)
La maldita cumbre internacional había generado un revuelo impresionante en cuanto a medidas de seguridad, y no va que justo vino a caer en la última semana de trabajo de José, abarcando los días en que él pretendía estar más relajado y tranquilo que nunca, en contacto con sus amigos y conocidos de todo el aeropuerto, gente a la que ya no vería con la misma regularidad que hasta ese entonces.
Pero la realidad es que a José no le molestaba tanto la cumbre en sí misma ni la fecha en que ésta se había organizado, no, lo que más le jodía a José era la presencia de Jorge W. Arbusto como figura sobresaliente del encuentro. Claro que sí, el tipo vendría en su Air Force One, saldría totalmente rodeado de custodios, tanto de los de allá como de los de más acá. Traerían su comida más la de toda su comitiva (1500 personas) desde Estados Unidos, y todo porque el señorito no podía arriesgarse a comer comida argentina, no fuera cosa de que algún "zurdito" le fuera a joder la digestión envenenándole algún bocadillo. Ya desde hacía dos semanas los aviones norteamericanos no paraban de llegar al aeropuerto, venían cargados de coches, equipos, espías, misiles portátiles tierra-aire y ¡hasta dos helicópteros Apache que patrullarían la ciudad desde el aire! ¡Imagínense! ¡Helicópteros yanquis patrullando su ciudad! ¿Y todo esto para qué?, para que se tratara de manera formal la entrada de algunos países sudamericanos al ALCA y así poder tenerlos agarrados de las bolas de una forma un poco más conveniente de como los traían agarrados hasta ahora. Eso era el colmo. Ah no, claro que no... Por más medidas de seguridad que los señores tomaran, José no se iba a retirar a su casa a vivir lo que le quedara de su vida como jubilado sin antes marcharse del jodido aeropuerto con la frente alta, por la puerta grande y con todos los honores.
(A ver, probemos ahora escribir en futuro imperfecto-poco-probable-pero-que-bueno-que estaría-que-pasara...)
El día en que aterrizaría Jorge W. en el aeropuerto de la ciudad costera la seguridad sería más estricta que nunca. Ni siquiera se permitirían marchas o demostraciones de protesta ya que a diez cuadras a la redonda del aeropuerto se vallaría todo el perímetro con milicos como para hacer dulce. Desde que José fichara su entrada al ingreso le pedirían su credencial y su documento por lo menos unas diez veces hasta que pudiera por fin sentar pié en su oficina. Adrián ya estaría allí. Cambiarían unos breves comentarios sobre la situación. Ese día y hasta que Jorge W. dejara el aeropuerto de seguro no iban a hacer mucho más.
José esperaría pacientemente la llegada del Air Force One. En el interín soltaría risas que no podría contener y Adrián lo miraría extrañado cada vez que lo escuchara reírse. Finalmente llegaría el momento cumbre. José lo mandaría a Adrián a comprarle una gaseosa, ya sabiendo de antemano que esto lo demoraría más de lo normal por todas las veces que lo pararían para identificarlo. Mientras tanto, desde la oficina, cómodamente sentado en su sillón, José observaría al monstruo de la Boeing parado en la pista, de a poco irían acercando la escalerilla de descenso. Jorge W. haría su entrada triunfal, pero José, por otro lado, interpretaría su estoica salida y esta última sería el gran finale de la obra, aquel que se llevaría todos los aplausos.
Con pausados movimientos José trabaría la puerta de la oficina, no sólo cerrándola con llave sino moviendo un escritorio para bloquear el acceso desde dentro. Luego procedería a sacar de su portafolios el arma indetectable que usaría para flagelar a Jorge W. Arbusto, que si ellos eran listos él todavía lo era aún más. Con delicadeza conectaría su reproductor de discos compactos a la consola desconectando para ello el jack del micrófono que usaba Adrián para dar sus melosos anuncios.
Volumen del reproductor de José: 10
Modo de repetición: Activado
Volumen de la consola del Aeropuerto: 10
Y sería entonces que las notas, junto con la ácida y no menos verídica letra, ganarían todo el espacio del aeropuerto mientras José escapaba por una ventana. Mientras tanto, el Señor K., tratando de disimular, estrecharía la mano de Jorge W. que con su típica sonrisa de idiota no entendería ni jota de lo que decía aquella canción de bienvenida; por otro lado todos los asesores se mirarían desconcertados, intercambiando miradas buscando algún responsable, aunque del lado argentino habría de seguro más de uno al que se le escaparía una sonrisa.
(Che... ¿Y la canción? ¿Qué decía?)
"Jorge W.
Que asco me das,
usurpador,
miles de muertos
tienen tu olor.
No sos ni un bagre
ni un escorpión,
una luz mala
eso es lo que sos.
Jorge W.
la guerra no terminó,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Lo que te espera
es peor que vos.
Te hacés el cowboy,
pero no sos,
como quisiera
estar frente a vos.
Si hasta Jack Daniels
te abandonó.
Veo tu tumba,
y ninguna flor.
Jorge W.
la puta que te parió,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Jorque W.
no sé si te dijo Dios,
que lo que te espera
es peor que vos."
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La canción de José: "Jorge W.", de Horacio "El Negro" Fontova.
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José Bertola está a sólo un día de retirarse de su trabajo en la oficina de contralor del Aeropuerto Internacional de Mar del Plata. Trabaja junto a Adrián Espíndola, veinte años más joven que él y dueño éste último de una voz tan grave y varonil que hacía temblar a los parlantes distribuidos por todo el aeropuerto, y porqué no, a las faldas de algunas señoras también, cada vez que el joven hacía algún anuncio de esos que siempre se escuchan pero que nunca se entienden.
Los dos compañeros de oficina se llevan muy bien más allá de la diferencia de edad y de tener mentalidades diferentes. José, era un viejo idealista de centro-izquierda que vivió una buena parte de su vida en las épocas de la "Argentina potencia", hacía ya muchos años atrás. Adrián, por el contrario, no vivió más que de crisis en crisis desde el momento en que le asignaron nacer en este bendito país. Como la gran mayoría de los jóvenes de hoy día Adrián sólo quiere progresar rápido en su carrera, ganar mucho y gastar mucho, sobre todo en compañía de bellas jóvenes siempre y cuando éstas estuvieran dispuestas a estar solamente una noche inmiscuidas en su vida.
José intentaba en vano hablar de política e ideologías con Adrián, pero a éste último poco y nada le interesaban los políticos o las ideologías, cosa lógica ya que lo único que el joven escuchaba últimamente de los políticos eran mentiras y más mentiras; si por él fuera: "Habría que llevarlos a todos juntos a la cancha de River y llamar a los aviones para que descargaran Agente Naranja sobre el estadio". Y en cuanto a las ideologías, bueno, que con esos mismos políticos guiando el país era bien sabido por Adrián que el dinero que estos perseguían no tenía ideología alguna.
(Y hablando de políticos, mejor metámonos de lleno en la historia...)
La maldita cumbre internacional había generado un revuelo impresionante en cuanto a medidas de seguridad, y no va que justo vino a caer en la última semana de trabajo de José, abarcando los días en que él pretendía estar más relajado y tranquilo que nunca, en contacto con sus amigos y conocidos de todo el aeropuerto, gente a la que ya no vería con la misma regularidad que hasta ese entonces.
Pero la realidad es que a José no le molestaba tanto la cumbre en sí misma ni la fecha en que ésta se había organizado, no, lo que más le jodía a José era la presencia de Jorge W. Arbusto como figura sobresaliente del encuentro. Claro que sí, el tipo vendría en su Air Force One, saldría totalmente rodeado de custodios, tanto de los de allá como de los de más acá. Traerían su comida más la de toda su comitiva (1500 personas) desde Estados Unidos, y todo porque el señorito no podía arriesgarse a comer comida argentina, no fuera cosa de que algún "zurdito" le fuera a joder la digestión envenenándole algún bocadillo. Ya desde hacía dos semanas los aviones norteamericanos no paraban de llegar al aeropuerto, venían cargados de coches, equipos, espías, misiles portátiles tierra-aire y ¡hasta dos helicópteros Apache que patrullarían la ciudad desde el aire! ¡Imagínense! ¡Helicópteros yanquis patrullando su ciudad! ¿Y todo esto para qué?, para que se tratara de manera formal la entrada de algunos países sudamericanos al ALCA y así poder tenerlos agarrados de las bolas de una forma un poco más conveniente de como los traían agarrados hasta ahora. Eso era el colmo. Ah no, claro que no... Por más medidas de seguridad que los señores tomaran, José no se iba a retirar a su casa a vivir lo que le quedara de su vida como jubilado sin antes marcharse del jodido aeropuerto con la frente alta, por la puerta grande y con todos los honores.
(A ver, probemos ahora escribir en futuro imperfecto-poco-probable-pero-que-bueno-que estaría-que-pasara...)
El día en que aterrizaría Jorge W. en el aeropuerto de la ciudad costera la seguridad sería más estricta que nunca. Ni siquiera se permitirían marchas o demostraciones de protesta ya que a diez cuadras a la redonda del aeropuerto se vallaría todo el perímetro con milicos como para hacer dulce. Desde que José fichara su entrada al ingreso le pedirían su credencial y su documento por lo menos unas diez veces hasta que pudiera por fin sentar pié en su oficina. Adrián ya estaría allí. Cambiarían unos breves comentarios sobre la situación. Ese día y hasta que Jorge W. dejara el aeropuerto de seguro no iban a hacer mucho más.
José esperaría pacientemente la llegada del Air Force One. En el interín soltaría risas que no podría contener y Adrián lo miraría extrañado cada vez que lo escuchara reírse. Finalmente llegaría el momento cumbre. José lo mandaría a Adrián a comprarle una gaseosa, ya sabiendo de antemano que esto lo demoraría más de lo normal por todas las veces que lo pararían para identificarlo. Mientras tanto, desde la oficina, cómodamente sentado en su sillón, José observaría al monstruo de la Boeing parado en la pista, de a poco irían acercando la escalerilla de descenso. Jorge W. haría su entrada triunfal, pero José, por otro lado, interpretaría su estoica salida y esta última sería el gran finale de la obra, aquel que se llevaría todos los aplausos.
Con pausados movimientos José trabaría la puerta de la oficina, no sólo cerrándola con llave sino moviendo un escritorio para bloquear el acceso desde dentro. Luego procedería a sacar de su portafolios el arma indetectable que usaría para flagelar a Jorge W. Arbusto, que si ellos eran listos él todavía lo era aún más. Con delicadeza conectaría su reproductor de discos compactos a la consola desconectando para ello el jack del micrófono que usaba Adrián para dar sus melosos anuncios.
Volumen del reproductor de José: 10
Modo de repetición: Activado
Volumen de la consola del Aeropuerto: 10
Y sería entonces que las notas, junto con la ácida y no menos verídica letra, ganarían todo el espacio del aeropuerto mientras José escapaba por una ventana. Mientras tanto, el Señor K., tratando de disimular, estrecharía la mano de Jorge W. que con su típica sonrisa de idiota no entendería ni jota de lo que decía aquella canción de bienvenida; por otro lado todos los asesores se mirarían desconcertados, intercambiando miradas buscando algún responsable, aunque del lado argentino habría de seguro más de uno al que se le escaparía una sonrisa.
(Che... ¿Y la canción? ¿Qué decía?)
"Jorge W.
Que asco me das,
usurpador,
miles de muertos
tienen tu olor.
No sos ni un bagre
ni un escorpión,
una luz mala
eso es lo que sos.
Jorge W.
la guerra no terminó,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Lo que te espera
es peor que vos.
Te hacés el cowboy,
pero no sos,
como quisiera
estar frente a vos.
Si hasta Jack Daniels
te abandonó.
Veo tu tumba,
y ninguna flor.
Jorge W.
la puta que te parió,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Jorque W.
no sé si te dijo Dios,
que lo que te espera
es peor que vos."
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La canción de José: "Jorge W.", de Horacio "El Negro" Fontova.
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