6.15 de la mañana. Se enciende el televisor en TN, ella lo programó anoche porque hoy día debemos de salir temprano. Me despierto con el sonido rutinario de las noticias, miro con los ojos entrecerrados la pantalla, el tipo con su birome tachando hojas, la producción de este noticiero se comunica con Personal y esta notebook que tengo acá prendida medio de gusto me la provee Hewlett Packard.
Giro y la miro. Se que se despertó pero me quedo en silencio, prefiero guardar mis palabras, dejarla dormitar un rato más. Noto la cadencia de su respiración a través de la sábana, ahora tranquila, pausada. El periodista nos habla desde el aparato de TV con voz cansina, parece haber estado despierto toda la noche hablándole solo a la cámara que tiene enfrente, solo pero en compañía de su notebook, claro, de seguro tiene el messenger conectado y su amante le mandará mensajes calientes cuando ve que se está por caer del escritorio dormido; noto que las noticias salen de su boca de forma automática, en un tono neutro.
Estamos haciendo algo de fiaca, yo como que me vuelvo a dormir, supongo que ella también lo hará, pero no, ahora me habla, me saca del sopor, me dice las primeras palabras de la mañana, pero lo que me dice dista de ser un saludo de buenos días o un preguntarme si dormí bien, no, lo primero que me dice es: "Vas a ver que ahora a River le va a ir bien. Pasarela es un buen técnico". En el momento me quedé omnubilado, tardé no sé cuanto en reaccionar, y es que a pesar de que escuchás y entendés lo que se acaba de decir no lo podés procesar ya que no hay una lógica de porqué se dijo lo que se dijo, es una frase sacada out of the blue. Pasa algo más de un minuto y ya me estoy riendo. "Qué colgada", pienso y me sigo riendo solo mientras ella me mira, pero bueno, que por cosas como esas es que la adoro como la adoro.
jueves, marzo 09, 2006
miércoles, marzo 08, 2006
Pronóstico
Todas la mañanas se levantaba con la edición de las 6.00 del noticiero de TN, tenía programado el aparato de televisión para que se encendiera siempre en ese canal. Generalmente se tomaba su desayuno con tiempo más allá de que luego anduviera a las corridas para maquillarse o terminar de vestirse. Mientras tanto, desde el cuarto, el solitario televisor quedaba encendido recitando las noticias y es que en realidad nunca le importaba cuán atrasada estuviera, siempre dejaba de hacer lo que fuera que estuviera haciendo en ese momento entre las 6.35 y 6.38 en el que por fin escuchaba el pronóstico metereológico para la zona del país donde él vivía.
martes, marzo 07, 2006
Link
Esta mañana amanecieron los dos con un dolor en el pecho. Lo de ella fue como sentir una presión desde dentro, sin llegar a ser demasiado dolorosa, pero que le indicaba que él no estaba bien. Por su lado él sintió una puntada aguda en el corazón, eso le indicó que ella estaba por volver a equivocarse, y al no poder hacer nada para impedírselo, por lo menos no sin exponerse y complicar aún más las cosas, fue que decidió dejarse la tristeza puesta al salir a la calle.
sábado, febrero 25, 2006
Mares
Es cerrar los ojos y verla, es abrirlos y mirarla. Noté que ella no sostiene mi mirada cuando la miro fijo. En el fondo de mi ser un mar cambiante de tonalidades azules y verdes se agita. El agua, convulsionada, comienza a ganar temperatura. Quiere evaporarse en pequeñas gotas, gotas cual letras que luego formarán palabras que querrán salir a través de mi boca en forma de frases dulces para poder decirle... Pero no me atrevo. Este maremoto en mi interior no puede tener calma, menos aún mirándola. Diametralmente opuestos. ¿Al verme, en su interior, se agitará también un mar? Kilómetros de agua separan nuestros mares. Tan lejos, tan cerca. Qué extraño y qué tontos, todavía no poder ver que en realidad todos los mares son uno.
domingo, enero 29, 2006
Laura (última entrega)
ALGÚN VIERNES MUCHO ANTES DE ESE JUEVES DE HACE POCO
Me desperté súbitamente aterrorizado, enredado entre las sábanas de mi cama. Miré la hora: 9:15 a.m. Cerré los ojos y me concentré. Escuché a la humanidad en sus tareas habituales de todos los días. A medida que seguía escuchando los ruidos, las risas, las conversaciones, las discusiones, las estúpidas locutoras de radio con su fingida buena onda, la tristeza volvía a invadir poco a poco todo mi ser.
Me levanté y traté de no pensar absolutamente en nada. Había decidido ser un ente no-pensante. O mejor aún un autómata sin sentimientos, pero por más que me esforzaba los sentimientos seguían estando allí y con ellos la amarga tristeza. Salí para la facultad. Ese día cursaba hasta las 18:15. En la facultad no hablé con nadie, no presté atención, no tomé apuntes tan sólo decidí convertirme en un fantasma dentro del curso. Pude ver otros fantasmas que estaban por allí rondando al igual que yo. Nunca antes les había prestado atención pero ahora sé que son muchos.
Llegué a mi casa convertido en una hoja de papel de calcar. Era casi transparente. Seguía sin pensar, trataba de no sentir. Me acosté vestido en mi cama y me dormí en el acto. Sonó el teléfono a eso de las 23:45, era Marcelo preguntando qué iba a hacer. Le dije que no sabía, que no pensaba hacer nada. Me dijo que me pasaría a buscar con Leandro en el auto. “Como quieras...”, le respondí y colgué.
Me levanté y decidí darme una ducha. Entré en el baño. Me miré en el espejo del botiquín pero este no devolvió mi imagen, del otro lado no había nadie. Nada se reflejaba. Lo estaba consiguiendo, me estaba transformando en nada. Me di un baño, me cambié de ropa y me tiré en mi cama a escuchar música hasta que llegaron los chicos. Salimos a hacer lo mismo que la semana pasada y lo mismo que la anterior a esa. Yo me sentía exactamente igual que la semana anterior y que la anterior a esa: mal.
Pablo, Leandro, Marcelo y yo. El eterno deja vú. Era tarde, pasadas las tres, creo. La noche estaba muy fría y algo húmeda. Lo saludan a Leandro desde la vereda de enfrente pegada al río que corría oscuro, frío y despreocupado. Cruzamos la calle. Crucé con las manos en los bolsillos y con la mirada baja sin mirar siquiera a las personas que habían saludado a mi amigo. Luego los miré de reojo sin prestarles mayor atención. El primero en saludarlo fue un chico bajo, rubio de pelo largo. Marcelo también los conocía y creo que los saludó. Eran dos: un rubio de pelo largo que era el que había saludado primero a Leandro y un morocho de pelo largo también. Mientras seguían con el ritual del saludo yo me senté de espaldas a ellos sobre la pequeña tapia que divide la vereda de la costanera del río. Miraba la corriente de agua. Empecé a pensar en el agua. Pablo se sentó a mi lado abstraído en sus propios pensamientos. Pablo es un excelente amigo.
Una vez sentado empecé a sentir más el frío y me dieron ganas de irme. Tanto Pablo como yo seguíamos cada cual en su realidad sin prestar atención a lo que hablaban Marcelo y Leandro con, hasta a ese momento, los desconocidos que los habían saludado. Yo seguía mirando el río, pensaba en el correr del agua y recordaba lo que había escrito alguna vez Herman Hesse en su libro “Siddhartha”. Éste daba a entender en su obra que la vida era algo que no tenía explicación ni sentido alguno, que era tan sólo una sucesión de hechos casi aleatorios que formaban parte de lo que algunos llaman destino. También hacía una comparación de la vida con un río, todos nosotros vendríamos a ser las gotas de agua que forman parte de ese río. Nacemos del deshielo de alguna cumbre nevada de una montaña, empezamos a correr nuestro primer tramo todavía limpios, puros, inocentes, sin contaminarnos. Seguimos avanzando y nos vamos ensuciando. Continuamos y además de seguir ensuciándonos un poco más cada vez, nos contaminan, nos pueden utilizar para hacer funcionar máquinas y crear productos aunque también servimos como fuente de alimentación para alguna que otra gente buena a la que queremos y que se lo merece. Avanzamos y vamos perdiendo nuestra fuerza original, así también como nuestra pureza inicial. Cuando nuestro recorrido termina tan sólo abandonamos el río evaporándonos para quedar suspendidos en el cielo hasta que caemos en forma de lluvia o nieve y otra vez el ciclo que se repite y el río que vuelve a renacer.
En este río llamado vida nos cruzamos con muchas gotas, con algunas recorremos tan sólo tramos cortos, con otras tramos más largos. Nos encontramos con muchas que ya están demasiado contaminadas de las cuales tendemos a alejarnos y muchas otras veces nos topamos con algunas que nos acompañan un trecho pero que de a poco se van desviando de nuestro recorrido y no las volvemos a encontrar. Pero lo mejor de todo esto, lo único que vale la pena en todo este recorrido que cada uno de nosotros hace, es el encontrar a esa gotita especial, casi gemela, con la cual nos fundimos en una y poder terminar el recorrido juntos. Ese es el único sentido que yo le encuentro a esta vida, todo lo demás son hechos que escapan a mis manos, fenómenos fortuitos, sucesos aleatorios que tienen o no tienen que pasar; lo que para muchos, vuelvo a reiterar, es el destino. Estas eran mis reflexiones mirando el río. Bajé a la realidad porque algo me llamó la atención aunque todavía no me daba cuenta qué.
Marcelo responde a una pregunta que nunca escuché que le hicieran, por su respuesta creo que le preguntaron algo con respecto a la música, algo sobre su anterior banda. Marcelo respondía. Marcelo hablaba con interés sobre el tema. Marcelo era músico. Marcelo es uno de mis mejores amigos en esta ciudad.
- Las letras de los temas me gustan más en inglés, pero ya sabés como son las cosas acá... –respondió Marcelo.
- Sí, tenés razón. A mí también me gustan más las letras en inglés... –acotó una voz femenina de alguien que yo no había notado que estuviera en escena hasta ese momento (!).
Me levanté y di unos cortos pasos hasta situarme frente a ellos que se habían sentado a medio metro de donde estaba yo. Creo que la miré muy detenidamente pero con disimulo. Era simplemente perfecta. No me refiero a la perfección de lo que se toma como belleza perfecta al estilo de las modelos de hoy en día. Era diferente, era perfecta para mí. Una belleza perfecta para mí.
Su pelo era de un castaño oscuro y le caía hasta la mitad de su espalda. Era lacio, fino y con un brillo especial. Podía imaginarme en ese momento que olería a un popurrí de flores traído por una brisa del mar. Su cara era más bien redondeada, su nariz algo prominente y su boca chica. Pero lo que más me atrajo fueron el conjunto de sus ojos color miel, pestañas y cejas. El conjunto en sí tenía una extraña y exótica belleza inexplicable con palabras.
El rubio de pelo largo se levantó y le preguntó a Leandro (aunque nos miraba a todos) si nos íbamos a quedar ahí. Él proponía que fuésemos al bar “La Vieja Esquina” o el bar de “La vieja” como nos referíamos a ese lugar con Pablo, no por la vieja esquina donde estaba ubicado sino por la vieja mujer que estaba siempre detrás del mostrador en aquel lugar. Me provocaba una profunda tristeza el ver a aquella vieja mujer cercana a los setenta años atendiendo y cocinando en aquel lugar hasta altas horas de la madrugada. A ella parecía no importarle, tenía una actitud de abstracción total de la realidad, de la hora, del lugar, de la gente y de su trabajo. Daba la impresión de que a ella también el sistema le hubiese absorbido toda su alma... En fin toda su vida.
Nos miramos. Daba igual. Nos levantamos. Seguía dando igual. Empezaron a caminar hacia el bar. Yo no caminaba. Yo flotaba. Estaba a medio metro del piso. Seguía pensando en quién sería ella. Me deslicé por el aire atrás de ellos los veinte metros que había que hacer hasta llegar al lugar. Ya no daba más igual. Algo me decía que me deshiciera de la tristeza que tenía y que los siguiera.
Entramos al tibio salón, nos dirigimos hacia el fondo, lo más alejado posible de la barra donde estaba aquella mujer. De la pared colgaban estúpidas fotos de caballos. Clásicas fotos de bar. Fotos de otros tiempos. “De los buenos tiempos” dirían los viejos. La pared era de azulejos formados por cuadraditos multicolores. Todo era un espectáculo deprimente y muy cómico a la vez, eso si se lo sabe apreciar, sobre todo un día Viernes o Sábado a la madrugada. El bar estaba lleno. No era nada extraño, era el lugar donde el alcohol estaba más barato. He conocido bares deprimentes en mi vida pero este era algo especial, de todos éste clasificaba seguro para la final.
Mientras decidían dónde se iban a sentar yo seguía a años luz de la realidad del lugar mirándola a ella. Encontraron el lugar. Desee que se sentara a mi lado y lo hizo. Pablo estaba en la punta de la mesa espaldas al mostrador, a su derecha la graciosa pared multicolor, a su izquierda el morocho de pelo largo, el rubio de pelo largo, ella, yo y Marcelo.
No sé como empezó la conversación entre todos, música creo, ¿de qué más íbamos a hablar? Pablo le preguntó algo al morocho de pelo largo, este le contestó que él era baterista y que el rubio de pelo largo tocaba la guitarra. Marcelo preguntó algo sobre Scott Weiland y su último trabajo como solista, por mi lado le respondí que el trabajo me parecía bastante interesante aunque no era tan de mi gusto. Terminé de decir esto y la miré fijamente. Asintió con la cabeza y tan sólo dejó escapar un “Sí...”, no recuerdo que dijese algo más. Me pareció algo rara, súper callada pero extremadamente interesante, había algo en ella que me atraía fuertemente. Un no sé qué. No era una atracción física a pesar, como dije, de ser hermosa para mí.
Hablando todos juntos, luego de un rato, me pude enterar sus nombres (no porque se presentaran sino por cómo se llamaban los unos a los otros), el rubio de pelo largo se llamaba Andrés y su amigo, morocho, también de pelo largo, se llamaba Alberto. La amiga de ambos, la chica de larga cabellera con aroma a flores traída por una brisa del mar se llamaba Laura. Creo que hasta ese entonces nunca antes me dijo nada ese nombre, en ese momento me pareció el nombre más hermoso del mundo.
El tiempo transcurrió y Andrés con Marcelo eran los que seguían intercambiando comentarios sobre música, de sus bandas, instrumentos, amplificadores, racks de efectos, equipos con tecnología MIDI; temas que la mayor parte de la humanidad desconoce y no le importan. Creo que Andrés me preguntó si yo tocaba algún instrumento a lo que le respondí que sí, que intentaba tocar la guitarra. Luego me siguió preguntando sobre mi equipo, parecía tener un especial interés en un procesador de efectos que yo poseía. No recuerdo si llegué a hablar mucho con ella. Creo que le hice un par de preguntas a las que me respondía con monosílabos de afirmación o negación. Una chica tímida. Tal vez más que yo. Eso me gustó aún más.
Corrió un poco más de cerveza y se siguió hablando más de lo mismo. No recuerdo quien fue el primero que dijo que era suficiente por esa noche. Salimos fuera. Nos despedimos. Me despedí de ella con un beso. “Extraño, ni siquiera sabe mi nombre...”, pensé. O tal vez sí.
Los tres cruzaron el puente rumbo al centro de la ciudad, me quedé con la vista clavada en ella mientras se alejaba. Pablo, Leandro y Marcelo me miraron fijamente: “¿Qué pasa?” “¿Por qué me miran así?”, pensé. Miré hacia abajo y noté que estaba nuevamente medio metro por encima del piso. Bajé. “Nos vamos”, dijeron. Y nos fuimos.
Mientras Leandro nos llevaba al centro en su auto me enteré que Andrés, Alberto y Laura tenían una banda llamada ”Pablo?” y que habían tocado junto a las bandas de Leandro y Marcelo en un lugar llamado “La Casa del Arte”. Laura tocaba la segunda guitarra en la banda. Recordé que me habían contado algo sobre ese recital. Yo no había podido ir porque me encontraba fuera de la ciudad esa noche. De ahí se conocían todos.
Llegamos al centro. Me despedí de los chicos y me bajé del auto, caminé hacia mi edificio muy lentamente. Entré en mi departamento, dejé las llaves y la billetera en el mueble del comedor. Me senté en una silla y traté de pensar. Lo logré. Pensé en ella. Traté de sentir. Lo logré nuevamente. Me sentí bien y la tristeza ya no parecía estar allí.
Entré en el baño, abrí la canilla del agua fría. Dejé correr el agua por mis manos, sentía que me quemaba de lo fría que estaba. Ahuequé mis manos y las llené del gélido líquido, me lo eché en la cara. Me miré en el espejo. Este me devolvió mi imagen. Me sentí mejor.
Entré en mi habitación a oscuras, no me molesté en encender ninguna luz. Me desvestí y me tiré en mi cama. Me puse a pensar en lo absurdo en que funcionan nuestras mentes. Yo esa noche había dejado de sentirme mal. ¿Por qué? ¿Tal vez porque la había conocido y crucé dos palabras con ella? ¿Tal vez porque sabía muy dentro mío que la iba a volver a ver?
No recuerdo con exactitud pero creo que esa noche fue la primera de otras muchas noches que siguieron en que me quedé dormido pensando en ella. La tristeza definitivamente se había ido ya.
Me desperté súbitamente aterrorizado, enredado entre las sábanas de mi cama. Miré la hora: 9:15 a.m. Cerré los ojos y me concentré. Escuché a la humanidad en sus tareas habituales de todos los días. A medida que seguía escuchando los ruidos, las risas, las conversaciones, las discusiones, las estúpidas locutoras de radio con su fingida buena onda, la tristeza volvía a invadir poco a poco todo mi ser.
Me levanté y traté de no pensar absolutamente en nada. Había decidido ser un ente no-pensante. O mejor aún un autómata sin sentimientos, pero por más que me esforzaba los sentimientos seguían estando allí y con ellos la amarga tristeza. Salí para la facultad. Ese día cursaba hasta las 18:15. En la facultad no hablé con nadie, no presté atención, no tomé apuntes tan sólo decidí convertirme en un fantasma dentro del curso. Pude ver otros fantasmas que estaban por allí rondando al igual que yo. Nunca antes les había prestado atención pero ahora sé que son muchos.
Llegué a mi casa convertido en una hoja de papel de calcar. Era casi transparente. Seguía sin pensar, trataba de no sentir. Me acosté vestido en mi cama y me dormí en el acto. Sonó el teléfono a eso de las 23:45, era Marcelo preguntando qué iba a hacer. Le dije que no sabía, que no pensaba hacer nada. Me dijo que me pasaría a buscar con Leandro en el auto. “Como quieras...”, le respondí y colgué.
Me levanté y decidí darme una ducha. Entré en el baño. Me miré en el espejo del botiquín pero este no devolvió mi imagen, del otro lado no había nadie. Nada se reflejaba. Lo estaba consiguiendo, me estaba transformando en nada. Me di un baño, me cambié de ropa y me tiré en mi cama a escuchar música hasta que llegaron los chicos. Salimos a hacer lo mismo que la semana pasada y lo mismo que la anterior a esa. Yo me sentía exactamente igual que la semana anterior y que la anterior a esa: mal.
Pablo, Leandro, Marcelo y yo. El eterno deja vú. Era tarde, pasadas las tres, creo. La noche estaba muy fría y algo húmeda. Lo saludan a Leandro desde la vereda de enfrente pegada al río que corría oscuro, frío y despreocupado. Cruzamos la calle. Crucé con las manos en los bolsillos y con la mirada baja sin mirar siquiera a las personas que habían saludado a mi amigo. Luego los miré de reojo sin prestarles mayor atención. El primero en saludarlo fue un chico bajo, rubio de pelo largo. Marcelo también los conocía y creo que los saludó. Eran dos: un rubio de pelo largo que era el que había saludado primero a Leandro y un morocho de pelo largo también. Mientras seguían con el ritual del saludo yo me senté de espaldas a ellos sobre la pequeña tapia que divide la vereda de la costanera del río. Miraba la corriente de agua. Empecé a pensar en el agua. Pablo se sentó a mi lado abstraído en sus propios pensamientos. Pablo es un excelente amigo.
Una vez sentado empecé a sentir más el frío y me dieron ganas de irme. Tanto Pablo como yo seguíamos cada cual en su realidad sin prestar atención a lo que hablaban Marcelo y Leandro con, hasta a ese momento, los desconocidos que los habían saludado. Yo seguía mirando el río, pensaba en el correr del agua y recordaba lo que había escrito alguna vez Herman Hesse en su libro “Siddhartha”. Éste daba a entender en su obra que la vida era algo que no tenía explicación ni sentido alguno, que era tan sólo una sucesión de hechos casi aleatorios que formaban parte de lo que algunos llaman destino. También hacía una comparación de la vida con un río, todos nosotros vendríamos a ser las gotas de agua que forman parte de ese río. Nacemos del deshielo de alguna cumbre nevada de una montaña, empezamos a correr nuestro primer tramo todavía limpios, puros, inocentes, sin contaminarnos. Seguimos avanzando y nos vamos ensuciando. Continuamos y además de seguir ensuciándonos un poco más cada vez, nos contaminan, nos pueden utilizar para hacer funcionar máquinas y crear productos aunque también servimos como fuente de alimentación para alguna que otra gente buena a la que queremos y que se lo merece. Avanzamos y vamos perdiendo nuestra fuerza original, así también como nuestra pureza inicial. Cuando nuestro recorrido termina tan sólo abandonamos el río evaporándonos para quedar suspendidos en el cielo hasta que caemos en forma de lluvia o nieve y otra vez el ciclo que se repite y el río que vuelve a renacer.
En este río llamado vida nos cruzamos con muchas gotas, con algunas recorremos tan sólo tramos cortos, con otras tramos más largos. Nos encontramos con muchas que ya están demasiado contaminadas de las cuales tendemos a alejarnos y muchas otras veces nos topamos con algunas que nos acompañan un trecho pero que de a poco se van desviando de nuestro recorrido y no las volvemos a encontrar. Pero lo mejor de todo esto, lo único que vale la pena en todo este recorrido que cada uno de nosotros hace, es el encontrar a esa gotita especial, casi gemela, con la cual nos fundimos en una y poder terminar el recorrido juntos. Ese es el único sentido que yo le encuentro a esta vida, todo lo demás son hechos que escapan a mis manos, fenómenos fortuitos, sucesos aleatorios que tienen o no tienen que pasar; lo que para muchos, vuelvo a reiterar, es el destino. Estas eran mis reflexiones mirando el río. Bajé a la realidad porque algo me llamó la atención aunque todavía no me daba cuenta qué.
Marcelo responde a una pregunta que nunca escuché que le hicieran, por su respuesta creo que le preguntaron algo con respecto a la música, algo sobre su anterior banda. Marcelo respondía. Marcelo hablaba con interés sobre el tema. Marcelo era músico. Marcelo es uno de mis mejores amigos en esta ciudad.
- Las letras de los temas me gustan más en inglés, pero ya sabés como son las cosas acá... –respondió Marcelo.
- Sí, tenés razón. A mí también me gustan más las letras en inglés... –acotó una voz femenina de alguien que yo no había notado que estuviera en escena hasta ese momento (!).
Me levanté y di unos cortos pasos hasta situarme frente a ellos que se habían sentado a medio metro de donde estaba yo. Creo que la miré muy detenidamente pero con disimulo. Era simplemente perfecta. No me refiero a la perfección de lo que se toma como belleza perfecta al estilo de las modelos de hoy en día. Era diferente, era perfecta para mí. Una belleza perfecta para mí.
Su pelo era de un castaño oscuro y le caía hasta la mitad de su espalda. Era lacio, fino y con un brillo especial. Podía imaginarme en ese momento que olería a un popurrí de flores traído por una brisa del mar. Su cara era más bien redondeada, su nariz algo prominente y su boca chica. Pero lo que más me atrajo fueron el conjunto de sus ojos color miel, pestañas y cejas. El conjunto en sí tenía una extraña y exótica belleza inexplicable con palabras.
El rubio de pelo largo se levantó y le preguntó a Leandro (aunque nos miraba a todos) si nos íbamos a quedar ahí. Él proponía que fuésemos al bar “La Vieja Esquina” o el bar de “La vieja” como nos referíamos a ese lugar con Pablo, no por la vieja esquina donde estaba ubicado sino por la vieja mujer que estaba siempre detrás del mostrador en aquel lugar. Me provocaba una profunda tristeza el ver a aquella vieja mujer cercana a los setenta años atendiendo y cocinando en aquel lugar hasta altas horas de la madrugada. A ella parecía no importarle, tenía una actitud de abstracción total de la realidad, de la hora, del lugar, de la gente y de su trabajo. Daba la impresión de que a ella también el sistema le hubiese absorbido toda su alma... En fin toda su vida.
Nos miramos. Daba igual. Nos levantamos. Seguía dando igual. Empezaron a caminar hacia el bar. Yo no caminaba. Yo flotaba. Estaba a medio metro del piso. Seguía pensando en quién sería ella. Me deslicé por el aire atrás de ellos los veinte metros que había que hacer hasta llegar al lugar. Ya no daba más igual. Algo me decía que me deshiciera de la tristeza que tenía y que los siguiera.
Entramos al tibio salón, nos dirigimos hacia el fondo, lo más alejado posible de la barra donde estaba aquella mujer. De la pared colgaban estúpidas fotos de caballos. Clásicas fotos de bar. Fotos de otros tiempos. “De los buenos tiempos” dirían los viejos. La pared era de azulejos formados por cuadraditos multicolores. Todo era un espectáculo deprimente y muy cómico a la vez, eso si se lo sabe apreciar, sobre todo un día Viernes o Sábado a la madrugada. El bar estaba lleno. No era nada extraño, era el lugar donde el alcohol estaba más barato. He conocido bares deprimentes en mi vida pero este era algo especial, de todos éste clasificaba seguro para la final.
Mientras decidían dónde se iban a sentar yo seguía a años luz de la realidad del lugar mirándola a ella. Encontraron el lugar. Desee que se sentara a mi lado y lo hizo. Pablo estaba en la punta de la mesa espaldas al mostrador, a su derecha la graciosa pared multicolor, a su izquierda el morocho de pelo largo, el rubio de pelo largo, ella, yo y Marcelo.
No sé como empezó la conversación entre todos, música creo, ¿de qué más íbamos a hablar? Pablo le preguntó algo al morocho de pelo largo, este le contestó que él era baterista y que el rubio de pelo largo tocaba la guitarra. Marcelo preguntó algo sobre Scott Weiland y su último trabajo como solista, por mi lado le respondí que el trabajo me parecía bastante interesante aunque no era tan de mi gusto. Terminé de decir esto y la miré fijamente. Asintió con la cabeza y tan sólo dejó escapar un “Sí...”, no recuerdo que dijese algo más. Me pareció algo rara, súper callada pero extremadamente interesante, había algo en ella que me atraía fuertemente. Un no sé qué. No era una atracción física a pesar, como dije, de ser hermosa para mí.
Hablando todos juntos, luego de un rato, me pude enterar sus nombres (no porque se presentaran sino por cómo se llamaban los unos a los otros), el rubio de pelo largo se llamaba Andrés y su amigo, morocho, también de pelo largo, se llamaba Alberto. La amiga de ambos, la chica de larga cabellera con aroma a flores traída por una brisa del mar se llamaba Laura. Creo que hasta ese entonces nunca antes me dijo nada ese nombre, en ese momento me pareció el nombre más hermoso del mundo.
El tiempo transcurrió y Andrés con Marcelo eran los que seguían intercambiando comentarios sobre música, de sus bandas, instrumentos, amplificadores, racks de efectos, equipos con tecnología MIDI; temas que la mayor parte de la humanidad desconoce y no le importan. Creo que Andrés me preguntó si yo tocaba algún instrumento a lo que le respondí que sí, que intentaba tocar la guitarra. Luego me siguió preguntando sobre mi equipo, parecía tener un especial interés en un procesador de efectos que yo poseía. No recuerdo si llegué a hablar mucho con ella. Creo que le hice un par de preguntas a las que me respondía con monosílabos de afirmación o negación. Una chica tímida. Tal vez más que yo. Eso me gustó aún más.
Corrió un poco más de cerveza y se siguió hablando más de lo mismo. No recuerdo quien fue el primero que dijo que era suficiente por esa noche. Salimos fuera. Nos despedimos. Me despedí de ella con un beso. “Extraño, ni siquiera sabe mi nombre...”, pensé. O tal vez sí.
Los tres cruzaron el puente rumbo al centro de la ciudad, me quedé con la vista clavada en ella mientras se alejaba. Pablo, Leandro y Marcelo me miraron fijamente: “¿Qué pasa?” “¿Por qué me miran así?”, pensé. Miré hacia abajo y noté que estaba nuevamente medio metro por encima del piso. Bajé. “Nos vamos”, dijeron. Y nos fuimos.
Mientras Leandro nos llevaba al centro en su auto me enteré que Andrés, Alberto y Laura tenían una banda llamada ”Pablo?” y que habían tocado junto a las bandas de Leandro y Marcelo en un lugar llamado “La Casa del Arte”. Laura tocaba la segunda guitarra en la banda. Recordé que me habían contado algo sobre ese recital. Yo no había podido ir porque me encontraba fuera de la ciudad esa noche. De ahí se conocían todos.
Llegamos al centro. Me despedí de los chicos y me bajé del auto, caminé hacia mi edificio muy lentamente. Entré en mi departamento, dejé las llaves y la billetera en el mueble del comedor. Me senté en una silla y traté de pensar. Lo logré. Pensé en ella. Traté de sentir. Lo logré nuevamente. Me sentí bien y la tristeza ya no parecía estar allí.
Entré en el baño, abrí la canilla del agua fría. Dejé correr el agua por mis manos, sentía que me quemaba de lo fría que estaba. Ahuequé mis manos y las llené del gélido líquido, me lo eché en la cara. Me miré en el espejo. Este me devolvió mi imagen. Me sentí mejor.
Entré en mi habitación a oscuras, no me molesté en encender ninguna luz. Me desvestí y me tiré en mi cama. Me puse a pensar en lo absurdo en que funcionan nuestras mentes. Yo esa noche había dejado de sentirme mal. ¿Por qué? ¿Tal vez porque la había conocido y crucé dos palabras con ella? ¿Tal vez porque sabía muy dentro mío que la iba a volver a ver?
No recuerdo con exactitud pero creo que esa noche fue la primera de otras muchas noches que siguieron en que me quedé dormido pensando en ella. La tristeza definitivamente se había ido ya.
jueves, enero 26, 2006
Laura
(Dedicado a vos, estés donde estés)
ALGÚN JUEVES HACE POCO
Esa mañana me desperté sintiéndome el ser humano más solitario del planeta. Sintiéndome solo pero en una forma horrible de soledad, una soledad triste, de sentir que a nadie le importas realmente, de sentir que nadie te ama. Porque también está la otra forma de soledad, la que es buena, donde no querés y no necesitás ver a nadie, la cual te permite desconectarte y sentirte en paz con vos mismo, la que te hace parar y pensar: ¿Dónde estoy?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué estoy haciendo? Cerré los ojos y traté de escuchar al resto de la humanidad en sus tareas diarias habituales pero nada llegó a mis oídos. Era extraño, ya que en estos hábitats individuales de concreto, soluciones versátiles para la vida moderna llamadas departamentos, uno oye todo lo que hacen los demás, absolutamente todo, pero esa mañana no oí nada.
Me había pasado algunas veces el despertarme y no oír un solo sonido, ni una voz, ni un ruido, ni un acorde de una canción de moda que no me gusta... Simplemente el oír la nada, el vacío; el oír el sonido del silencio. Era entonces cuando pensaba: “OK, toda la humanidad desapareció o sucumbió...”. Así por que sí, sin una causa o razón. En realidad no era toda la humanidad la que desaparecía, solamente quedaba ella. Ella y yo. Solos. Para volver a intentarlo de nuevo. Sólo si llegase a pasar todo eso tal vez yo fuese feliz. Tal vez. Pero eso nunca iba a ocurrir porque ella ya no estaba conmigo, igualmente yo seguía imaginándome que sí.
Sería extraño ¿no?, que todos los dioses de todas las distintas religiones, que en realidad tal vez converjan en un único Dios sin religión, quisieran o quisiera que tan sólo ella y yo sobreviviéramos. Pero lo único realmente bueno y valedero de todo este supuesto (o delirio egocéntrico y apocalíptico mío) era que sólo estaríamos nosotros dos y que nada ni nadie más importaría. Ese instante en el que yo me imaginaba todo esto se convertía en un momento único de paz, de una tranquilidad indescriptible, donde pensaba: “Por fin, no más preocupaciones cotidianas, no más trámites triviales, no más problemas de dinero, no más competencia, no más polución, no más violencia, no más miedo, no más guerras, no más hambre, no más personas sufriendo y tratando de sobrevivir para luego a la larga terminar muriendo sin haber hecho nada, nada más que sobrevivir para llegar a ello... No, basta de todo eso, ahora somos tan sólo ella y yo solos”.
En fin, todo se resume en decir: no más humanidad, tan sólo dos personas. De vuelta al punto cero. Empecemos de nuevo. Y esta vez, por favor, hagámoslo bien. Sería imposible, ya que está en nuestro código, estamos programados de esa manera, es la naturaleza humana; a la larga terminaría todo igual... Bueno, en fin, al menos intentemos que nuestra existencia no vuelva a ser tan trágica... Imposible: está en nuestro código... Al fin y al cabo, ya lo había escrito Graham Greene en una de sus obras: “No se puede amar a la humanidad. Sólo se puede amar a las personas”.
Me levanté, realicé mi rutina de higiene personal y me preparé un café. “Lo mismo de todos los días...”, pensé. “No, éste va a ser un día diferente”, me repliqué a mí mismo. “Éste tiene que ser un día definitivo. Un día en que logre algo que rompa con la rutina de todos los días porque éste será el día en que dejaré de pensar en ella, el día en que finalmente la deje ir”.
Lo que me ocurría en realidad era que me sentía mal por cómo había terminado nuestra relación, nuestro paulatino y por último cortante alejamiento del uno con el otro; nuestras tristes, incómodas y solitarias miradas al cruzarnos a la noche en aquellos lugares a los cuales solíamos ir juntos... Y lo peor de todo era que hacía ya mucho tiempo que yo estaba así y sentía que no me podría recuperar más.
Todo seguía estando calmo y silencioso. Luego me dí cuenta de lo que ocurría: Era un día feriado. Una fecha patria. ¿Todavía existía la patria? ¿Existía todavía la gente nacionalista?. Al parecer sí porque en ese momento escuché la voz chillona de un político que venía desde la plaza central de esta ciudad y me lo imaginé luciendo con simulado orgullo su escarapela, seguramente comprada a último momento por alguno de sus asesores, tirando su perorata a las masas alienadas de su propia existencia queriendo creer en algo, perorata escrita por otro de sus asesores que tiene una mejor técnica en la escritura, perorata acerca de la importancia de este día para nuestra nación ¿Todavía existía nuestra nación?. Aunque la pregunta relevante aquí es: ¿Por qué estaba pensando yo en todo esto? Respuesta: Porque cuando estás mal, ves todo mal... Aunque en realidad, sí, estaba todo mal.
El resto de ese día Jueves feriado me la pasé escuchando música, ponía los discos más darks y tristes que tenía. El portero sonó 3 veces en toda la tarde y no me molesté en atender, por la noche miré un par películas viejas que tenía grabadas y que ya había visto más de una veintena de veces cada una. Luego encendí la computadora y estuve 2 horas buscando en Internet. No recuerdo lo que buscaba, lo que sí me acuerdo es que no lo encontré.
Me acosté deseando poder dormir por un mes y despertarme sin esa terrible melancolía que tenía arraigada en mi corazón. Tomé el control remoto de mi equipo de música y puse una radio al azar, programé el equipo para que se apagara en dos horas. Ni siquiera escuchaba lo que estaban poniendo al aire en aquella emisora. Después de dar vueltas y más vueltas en mi cama y de no parar de pensar por más de una hora finalmente me quedé dormido.
Me despierto como nuevo. Abro muy lentamente mis ojos. Intento escuchar los sonidos de la humanidad en sus tareas diarias habituales en el nuevo día. No oigo nada. Por alguna razón la tristeza había desaparecido. No me levanto, sólo me limito a cerrar los ojos lo más fuerte que puedo y concentrarme en escuchar. Sigo sin oír un solo sonido. No puede ser, el feriado fue ayer, se supone que hoy es un día laboral... Me levanto de la cama, levanto la persiana y el afuera me devuelve un hermoso día soleado. Abro la ventana y me asomo. Tengo que escuchar algo, vamos, por favor alguien que hable, que grite, que discuta con su pareja, que rete a su hijo... Nada. Era una broma de mal gusto o...
Me cambio lo más rápido que puedo y salgo de mi departamento. En los pasillos del edificio no se escuchaba nada. Bajo las escaleras corriendo. El hall del edificio estaba vacío, no había rastro alguno de Enrique, el portero. Debería estar allí como todas las mañanas. Salgo a la calle y no encuentro nada anormal, sólo que no veo ni una sola persona en toda mi cuadra. Avanzo corriendo hasta la avenida que corta mi calle y bajo por la misma. Sobre mano izquierda, a mitad de cuadra, veo un trolebús parado. Me dirijo cauteloso aunque rápidamente hacia él. En el interior estaba la chofer y no más de seis pasajeros distribuidos a lo largo de todo el vehículo. Todos desvanecidos. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando me dí cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo. Estaban todos muertos. Me doy vuelta y subo corriendo ahora mano arriba por la avenida y veo unos pocos autos estrellados contra negocios o contra otros autos que estaban estacionados. Sus ocupantes yacían dentro con sus cabezas tendidas sobre los volantes. “Dios mío, no puede estar pasando todo esto...”, pienso. La imagen de ella surgió de repente en mi cabeza. Tengo que ir a verla. Ella tiene que estar bien.
Corro por una de las principales avenidas del centro de esta ciudad hasta llegar a su calle, empiezo a ver gente tirada sobre las veredas a lo largo del trayecto pero ya no presto atención, eran como un paisaje habitual. Corro las 10 cuadras que me separan de su casa como un animal liberado de su jaula después de años de cautiverio. Llego a su edificio y la veo sentada en el umbral de la puerta de entrada. Tenía su cabeza gacha y se tomaba la cara con ambas manos. Estaba llorando. Me acerco lentamente, me agacho, la beso en la frente y le digo que está todo bien. Nos abrazamos. Lloramos por todo lo que fue y por todo lo que pudo haber sido. Luego nos quedamos callados, todavía abrazados, por unos instantes más.
Nos paramos, caminamos desde la vereda hacia el medio de su calle tomados de la mano. “¿Y ahora qué?”, pregunto. No me responde. Todavía no se termina de reponer. Mira para arriba, hacia el balcón de su departamento. Me viene a la cabeza la imagen de su hermana. La abrazo. Abrazados caminamos unos pocos metros calle abajo cuando oigo el estruendo de una explosión que viene desde algún lugar no muy distante delante de nosotros. La suelto y corro hacia la esquina para ver si podía divisar que ocurría. No veo nada en ninguna dirección. Mientras me doy vuelta le digo: “No es nada, no debe ser por acá”. Pero no la veo, había desaparecido. Me desespero. Corro de vuelta hacia donde la había dejado. Pero ella ya no está. Otra vez la tristeza se adueña de mi corazón y me dejo caer en el medio de su calle. Me despierto llorando. Esto tiene que parar.
(Continúa)
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Córdoba, fines de 1999. Viejos escritos encontrados.
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ALGÚN JUEVES HACE POCO
Esa mañana me desperté sintiéndome el ser humano más solitario del planeta. Sintiéndome solo pero en una forma horrible de soledad, una soledad triste, de sentir que a nadie le importas realmente, de sentir que nadie te ama. Porque también está la otra forma de soledad, la que es buena, donde no querés y no necesitás ver a nadie, la cual te permite desconectarte y sentirte en paz con vos mismo, la que te hace parar y pensar: ¿Dónde estoy?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué estoy haciendo? Cerré los ojos y traté de escuchar al resto de la humanidad en sus tareas diarias habituales pero nada llegó a mis oídos. Era extraño, ya que en estos hábitats individuales de concreto, soluciones versátiles para la vida moderna llamadas departamentos, uno oye todo lo que hacen los demás, absolutamente todo, pero esa mañana no oí nada.
Me había pasado algunas veces el despertarme y no oír un solo sonido, ni una voz, ni un ruido, ni un acorde de una canción de moda que no me gusta... Simplemente el oír la nada, el vacío; el oír el sonido del silencio. Era entonces cuando pensaba: “OK, toda la humanidad desapareció o sucumbió...”. Así por que sí, sin una causa o razón. En realidad no era toda la humanidad la que desaparecía, solamente quedaba ella. Ella y yo. Solos. Para volver a intentarlo de nuevo. Sólo si llegase a pasar todo eso tal vez yo fuese feliz. Tal vez. Pero eso nunca iba a ocurrir porque ella ya no estaba conmigo, igualmente yo seguía imaginándome que sí.
Sería extraño ¿no?, que todos los dioses de todas las distintas religiones, que en realidad tal vez converjan en un único Dios sin religión, quisieran o quisiera que tan sólo ella y yo sobreviviéramos. Pero lo único realmente bueno y valedero de todo este supuesto (o delirio egocéntrico y apocalíptico mío) era que sólo estaríamos nosotros dos y que nada ni nadie más importaría. Ese instante en el que yo me imaginaba todo esto se convertía en un momento único de paz, de una tranquilidad indescriptible, donde pensaba: “Por fin, no más preocupaciones cotidianas, no más trámites triviales, no más problemas de dinero, no más competencia, no más polución, no más violencia, no más miedo, no más guerras, no más hambre, no más personas sufriendo y tratando de sobrevivir para luego a la larga terminar muriendo sin haber hecho nada, nada más que sobrevivir para llegar a ello... No, basta de todo eso, ahora somos tan sólo ella y yo solos”.
En fin, todo se resume en decir: no más humanidad, tan sólo dos personas. De vuelta al punto cero. Empecemos de nuevo. Y esta vez, por favor, hagámoslo bien. Sería imposible, ya que está en nuestro código, estamos programados de esa manera, es la naturaleza humana; a la larga terminaría todo igual... Bueno, en fin, al menos intentemos que nuestra existencia no vuelva a ser tan trágica... Imposible: está en nuestro código... Al fin y al cabo, ya lo había escrito Graham Greene en una de sus obras: “No se puede amar a la humanidad. Sólo se puede amar a las personas”.
Me levanté, realicé mi rutina de higiene personal y me preparé un café. “Lo mismo de todos los días...”, pensé. “No, éste va a ser un día diferente”, me repliqué a mí mismo. “Éste tiene que ser un día definitivo. Un día en que logre algo que rompa con la rutina de todos los días porque éste será el día en que dejaré de pensar en ella, el día en que finalmente la deje ir”.
Lo que me ocurría en realidad era que me sentía mal por cómo había terminado nuestra relación, nuestro paulatino y por último cortante alejamiento del uno con el otro; nuestras tristes, incómodas y solitarias miradas al cruzarnos a la noche en aquellos lugares a los cuales solíamos ir juntos... Y lo peor de todo era que hacía ya mucho tiempo que yo estaba así y sentía que no me podría recuperar más.
Todo seguía estando calmo y silencioso. Luego me dí cuenta de lo que ocurría: Era un día feriado. Una fecha patria. ¿Todavía existía la patria? ¿Existía todavía la gente nacionalista?. Al parecer sí porque en ese momento escuché la voz chillona de un político que venía desde la plaza central de esta ciudad y me lo imaginé luciendo con simulado orgullo su escarapela, seguramente comprada a último momento por alguno de sus asesores, tirando su perorata a las masas alienadas de su propia existencia queriendo creer en algo, perorata escrita por otro de sus asesores que tiene una mejor técnica en la escritura, perorata acerca de la importancia de este día para nuestra nación ¿Todavía existía nuestra nación?. Aunque la pregunta relevante aquí es: ¿Por qué estaba pensando yo en todo esto? Respuesta: Porque cuando estás mal, ves todo mal... Aunque en realidad, sí, estaba todo mal.
El resto de ese día Jueves feriado me la pasé escuchando música, ponía los discos más darks y tristes que tenía. El portero sonó 3 veces en toda la tarde y no me molesté en atender, por la noche miré un par películas viejas que tenía grabadas y que ya había visto más de una veintena de veces cada una. Luego encendí la computadora y estuve 2 horas buscando en Internet. No recuerdo lo que buscaba, lo que sí me acuerdo es que no lo encontré.
Me acosté deseando poder dormir por un mes y despertarme sin esa terrible melancolía que tenía arraigada en mi corazón. Tomé el control remoto de mi equipo de música y puse una radio al azar, programé el equipo para que se apagara en dos horas. Ni siquiera escuchaba lo que estaban poniendo al aire en aquella emisora. Después de dar vueltas y más vueltas en mi cama y de no parar de pensar por más de una hora finalmente me quedé dormido.
Me despierto como nuevo. Abro muy lentamente mis ojos. Intento escuchar los sonidos de la humanidad en sus tareas diarias habituales en el nuevo día. No oigo nada. Por alguna razón la tristeza había desaparecido. No me levanto, sólo me limito a cerrar los ojos lo más fuerte que puedo y concentrarme en escuchar. Sigo sin oír un solo sonido. No puede ser, el feriado fue ayer, se supone que hoy es un día laboral... Me levanto de la cama, levanto la persiana y el afuera me devuelve un hermoso día soleado. Abro la ventana y me asomo. Tengo que escuchar algo, vamos, por favor alguien que hable, que grite, que discuta con su pareja, que rete a su hijo... Nada. Era una broma de mal gusto o...
Me cambio lo más rápido que puedo y salgo de mi departamento. En los pasillos del edificio no se escuchaba nada. Bajo las escaleras corriendo. El hall del edificio estaba vacío, no había rastro alguno de Enrique, el portero. Debería estar allí como todas las mañanas. Salgo a la calle y no encuentro nada anormal, sólo que no veo ni una sola persona en toda mi cuadra. Avanzo corriendo hasta la avenida que corta mi calle y bajo por la misma. Sobre mano izquierda, a mitad de cuadra, veo un trolebús parado. Me dirijo cauteloso aunque rápidamente hacia él. En el interior estaba la chofer y no más de seis pasajeros distribuidos a lo largo de todo el vehículo. Todos desvanecidos. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando me dí cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo. Estaban todos muertos. Me doy vuelta y subo corriendo ahora mano arriba por la avenida y veo unos pocos autos estrellados contra negocios o contra otros autos que estaban estacionados. Sus ocupantes yacían dentro con sus cabezas tendidas sobre los volantes. “Dios mío, no puede estar pasando todo esto...”, pienso. La imagen de ella surgió de repente en mi cabeza. Tengo que ir a verla. Ella tiene que estar bien.
Corro por una de las principales avenidas del centro de esta ciudad hasta llegar a su calle, empiezo a ver gente tirada sobre las veredas a lo largo del trayecto pero ya no presto atención, eran como un paisaje habitual. Corro las 10 cuadras que me separan de su casa como un animal liberado de su jaula después de años de cautiverio. Llego a su edificio y la veo sentada en el umbral de la puerta de entrada. Tenía su cabeza gacha y se tomaba la cara con ambas manos. Estaba llorando. Me acerco lentamente, me agacho, la beso en la frente y le digo que está todo bien. Nos abrazamos. Lloramos por todo lo que fue y por todo lo que pudo haber sido. Luego nos quedamos callados, todavía abrazados, por unos instantes más.
Nos paramos, caminamos desde la vereda hacia el medio de su calle tomados de la mano. “¿Y ahora qué?”, pregunto. No me responde. Todavía no se termina de reponer. Mira para arriba, hacia el balcón de su departamento. Me viene a la cabeza la imagen de su hermana. La abrazo. Abrazados caminamos unos pocos metros calle abajo cuando oigo el estruendo de una explosión que viene desde algún lugar no muy distante delante de nosotros. La suelto y corro hacia la esquina para ver si podía divisar que ocurría. No veo nada en ninguna dirección. Mientras me doy vuelta le digo: “No es nada, no debe ser por acá”. Pero no la veo, había desaparecido. Me desespero. Corro de vuelta hacia donde la había dejado. Pero ella ya no está. Otra vez la tristeza se adueña de mi corazón y me dejo caer en el medio de su calle. Me despierto llorando. Esto tiene que parar.
(Continúa)
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Córdoba, fines de 1999. Viejos escritos encontrados.
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jueves, diciembre 01, 2005
Vacío
Luego de unos cuantos años se lo volvió a encontrar por casualidad en Buenos Aires, le extrañó el verlo allí. Mientras G. se bajaba del auto fue que lo reconoció a B. asegurando su bicicleta contra un árbol en la vereda. Al principio le sorprendió verlo, seguía igual, incluso algo más joven a como lo recordaba de la última vez que estuvieron juntos.
De pronto un vacío se le formó en el vientre al descubrir que no le podía quitar la mirada de encima, en tanto que G. pasaba como si nada frente a B. sin reconocerlo mientras que éste último se daba vuelta en ese mismo instante para retomar la acera. Casi tropiezan el uno contra el otro si no fuera porque B. se frenó de golpe y le hizo un gesto a G. para que pasara primero. Ella seguía atónita toda la escena desde el auto, escondida detrás de la seguridad que le brindaban los vidrios polarizados de negro.
Al verlo alejarse recordó los viejos tiempos. B. solía llevarla a ese pequeño restaurante que daba al río, mientras que G. sólo la llevaba a los mejores lugares, todos ubicados en el microcentro de la ciudad, todos con vista al gris cemento de la urbe. Miró la hora, 8.30 de la mañana, y mientras lo hacía pensó en que B. nunca hubiese podido comprarle aquel costoso reloj que G. le había regalado para su cumpleaños hacía un par de años atrás, aunque B. sí le hubiese regalado todo el tiempo que ese reloj marcó, cosa que G. nunca hizo. Bajó su mirada hasta el anillo, y tampoco pudo evitar pensar en que B. jamás hubiera podido obsequiarle algo así, y conóciéndolo como lo conocía se le ocurrió que tal vez él le hubiese propuesto tatuarse un tribal alrededor del meñique, y fue de pronto que sintió que eso sí hubiese sido un símbolo más duradero de lo que alguna vez fue, de eso que nunca tendría que haber dejado de ser.
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Inspirado en este relato de Ana.
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De pronto un vacío se le formó en el vientre al descubrir que no le podía quitar la mirada de encima, en tanto que G. pasaba como si nada frente a B. sin reconocerlo mientras que éste último se daba vuelta en ese mismo instante para retomar la acera. Casi tropiezan el uno contra el otro si no fuera porque B. se frenó de golpe y le hizo un gesto a G. para que pasara primero. Ella seguía atónita toda la escena desde el auto, escondida detrás de la seguridad que le brindaban los vidrios polarizados de negro.
Al verlo alejarse recordó los viejos tiempos. B. solía llevarla a ese pequeño restaurante que daba al río, mientras que G. sólo la llevaba a los mejores lugares, todos ubicados en el microcentro de la ciudad, todos con vista al gris cemento de la urbe. Miró la hora, 8.30 de la mañana, y mientras lo hacía pensó en que B. nunca hubiese podido comprarle aquel costoso reloj que G. le había regalado para su cumpleaños hacía un par de años atrás, aunque B. sí le hubiese regalado todo el tiempo que ese reloj marcó, cosa que G. nunca hizo. Bajó su mirada hasta el anillo, y tampoco pudo evitar pensar en que B. jamás hubiera podido obsequiarle algo así, y conóciéndolo como lo conocía se le ocurrió que tal vez él le hubiese propuesto tatuarse un tribal alrededor del meñique, y fue de pronto que sintió que eso sí hubiese sido un símbolo más duradero de lo que alguna vez fue, de eso que nunca tendría que haber dejado de ser.
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Inspirado en este relato de Ana.
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martes, noviembre 01, 2005
Jorge W.
(Bueno, empecemos. Presentación de personajes...)
José Bertola está a sólo un día de retirarse de su trabajo en la oficina de contralor del Aeropuerto Internacional de Mar del Plata. Trabaja junto a Adrián Espíndola, veinte años más joven que él y dueño éste último de una voz tan grave y varonil que hacía temblar a los parlantes distribuidos por todo el aeropuerto, y porqué no, a las faldas de algunas señoras también, cada vez que el joven hacía algún anuncio de esos que siempre se escuchan pero que nunca se entienden.
Los dos compañeros de oficina se llevan muy bien más allá de la diferencia de edad y de tener mentalidades diferentes. José, era un viejo idealista de centro-izquierda que vivió una buena parte de su vida en las épocas de la "Argentina potencia", hacía ya muchos años atrás. Adrián, por el contrario, no vivió más que de crisis en crisis desde el momento en que le asignaron nacer en este bendito país. Como la gran mayoría de los jóvenes de hoy día Adrián sólo quiere progresar rápido en su carrera, ganar mucho y gastar mucho, sobre todo en compañía de bellas jóvenes siempre y cuando éstas estuvieran dispuestas a estar solamente una noche inmiscuidas en su vida.
José intentaba en vano hablar de política e ideologías con Adrián, pero a éste último poco y nada le interesaban los políticos o las ideologías, cosa lógica ya que lo único que el joven escuchaba últimamente de los políticos eran mentiras y más mentiras; si por él fuera: "Habría que llevarlos a todos juntos a la cancha de River y llamar a los aviones para que descargaran Agente Naranja sobre el estadio". Y en cuanto a las ideologías, bueno, que con esos mismos políticos guiando el país era bien sabido por Adrián que el dinero que estos perseguían no tenía ideología alguna.
(Y hablando de políticos, mejor metámonos de lleno en la historia...)
La maldita cumbre internacional había generado un revuelo impresionante en cuanto a medidas de seguridad, y no va que justo vino a caer en la última semana de trabajo de José, abarcando los días en que él pretendía estar más relajado y tranquilo que nunca, en contacto con sus amigos y conocidos de todo el aeropuerto, gente a la que ya no vería con la misma regularidad que hasta ese entonces.
Pero la realidad es que a José no le molestaba tanto la cumbre en sí misma ni la fecha en que ésta se había organizado, no, lo que más le jodía a José era la presencia de Jorge W. Arbusto como figura sobresaliente del encuentro. Claro que sí, el tipo vendría en su Air Force One, saldría totalmente rodeado de custodios, tanto de los de allá como de los de más acá. Traerían su comida más la de toda su comitiva (1500 personas) desde Estados Unidos, y todo porque el señorito no podía arriesgarse a comer comida argentina, no fuera cosa de que algún "zurdito" le fuera a joder la digestión envenenándole algún bocadillo. Ya desde hacía dos semanas los aviones norteamericanos no paraban de llegar al aeropuerto, venían cargados de coches, equipos, espías, misiles portátiles tierra-aire y ¡hasta dos helicópteros Apache que patrullarían la ciudad desde el aire! ¡Imagínense! ¡Helicópteros yanquis patrullando su ciudad! ¿Y todo esto para qué?, para que se tratara de manera formal la entrada de algunos países sudamericanos al ALCA y así poder tenerlos agarrados de las bolas de una forma un poco más conveniente de como los traían agarrados hasta ahora. Eso era el colmo. Ah no, claro que no... Por más medidas de seguridad que los señores tomaran, José no se iba a retirar a su casa a vivir lo que le quedara de su vida como jubilado sin antes marcharse del jodido aeropuerto con la frente alta, por la puerta grande y con todos los honores.
(A ver, probemos ahora escribir en futuro imperfecto-poco-probable-pero-que-bueno-que estaría-que-pasara...)
El día en que aterrizaría Jorge W. en el aeropuerto de la ciudad costera la seguridad sería más estricta que nunca. Ni siquiera se permitirían marchas o demostraciones de protesta ya que a diez cuadras a la redonda del aeropuerto se vallaría todo el perímetro con milicos como para hacer dulce. Desde que José fichara su entrada al ingreso le pedirían su credencial y su documento por lo menos unas diez veces hasta que pudiera por fin sentar pié en su oficina. Adrián ya estaría allí. Cambiarían unos breves comentarios sobre la situación. Ese día y hasta que Jorge W. dejara el aeropuerto de seguro no iban a hacer mucho más.
José esperaría pacientemente la llegada del Air Force One. En el interín soltaría risas que no podría contener y Adrián lo miraría extrañado cada vez que lo escuchara reírse. Finalmente llegaría el momento cumbre. José lo mandaría a Adrián a comprarle una gaseosa, ya sabiendo de antemano que esto lo demoraría más de lo normal por todas las veces que lo pararían para identificarlo. Mientras tanto, desde la oficina, cómodamente sentado en su sillón, José observaría al monstruo de la Boeing parado en la pista, de a poco irían acercando la escalerilla de descenso. Jorge W. haría su entrada triunfal, pero José, por otro lado, interpretaría su estoica salida y esta última sería el gran finale de la obra, aquel que se llevaría todos los aplausos.
Con pausados movimientos José trabaría la puerta de la oficina, no sólo cerrándola con llave sino moviendo un escritorio para bloquear el acceso desde dentro. Luego procedería a sacar de su portafolios el arma indetectable que usaría para flagelar a Jorge W. Arbusto, que si ellos eran listos él todavía lo era aún más. Con delicadeza conectaría su reproductor de discos compactos a la consola desconectando para ello el jack del micrófono que usaba Adrián para dar sus melosos anuncios.
Volumen del reproductor de José: 10
Modo de repetición: Activado
Volumen de la consola del Aeropuerto: 10
Y sería entonces que las notas, junto con la ácida y no menos verídica letra, ganarían todo el espacio del aeropuerto mientras José escapaba por una ventana. Mientras tanto, el Señor K., tratando de disimular, estrecharía la mano de Jorge W. que con su típica sonrisa de idiota no entendería ni jota de lo que decía aquella canción de bienvenida; por otro lado todos los asesores se mirarían desconcertados, intercambiando miradas buscando algún responsable, aunque del lado argentino habría de seguro más de uno al que se le escaparía una sonrisa.
(Che... ¿Y la canción? ¿Qué decía?)
"Jorge W.
Que asco me das,
usurpador,
miles de muertos
tienen tu olor.
No sos ni un bagre
ni un escorpión,
una luz mala
eso es lo que sos.
Jorge W.
la guerra no terminó,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Lo que te espera
es peor que vos.
Te hacés el cowboy,
pero no sos,
como quisiera
estar frente a vos.
Si hasta Jack Daniels
te abandonó.
Veo tu tumba,
y ninguna flor.
Jorge W.
la puta que te parió,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Jorque W.
no sé si te dijo Dios,
que lo que te espera
es peor que vos."
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La canción de José: "Jorge W.", de Horacio "El Negro" Fontova.
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José Bertola está a sólo un día de retirarse de su trabajo en la oficina de contralor del Aeropuerto Internacional de Mar del Plata. Trabaja junto a Adrián Espíndola, veinte años más joven que él y dueño éste último de una voz tan grave y varonil que hacía temblar a los parlantes distribuidos por todo el aeropuerto, y porqué no, a las faldas de algunas señoras también, cada vez que el joven hacía algún anuncio de esos que siempre se escuchan pero que nunca se entienden.
Los dos compañeros de oficina se llevan muy bien más allá de la diferencia de edad y de tener mentalidades diferentes. José, era un viejo idealista de centro-izquierda que vivió una buena parte de su vida en las épocas de la "Argentina potencia", hacía ya muchos años atrás. Adrián, por el contrario, no vivió más que de crisis en crisis desde el momento en que le asignaron nacer en este bendito país. Como la gran mayoría de los jóvenes de hoy día Adrián sólo quiere progresar rápido en su carrera, ganar mucho y gastar mucho, sobre todo en compañía de bellas jóvenes siempre y cuando éstas estuvieran dispuestas a estar solamente una noche inmiscuidas en su vida.
José intentaba en vano hablar de política e ideologías con Adrián, pero a éste último poco y nada le interesaban los políticos o las ideologías, cosa lógica ya que lo único que el joven escuchaba últimamente de los políticos eran mentiras y más mentiras; si por él fuera: "Habría que llevarlos a todos juntos a la cancha de River y llamar a los aviones para que descargaran Agente Naranja sobre el estadio". Y en cuanto a las ideologías, bueno, que con esos mismos políticos guiando el país era bien sabido por Adrián que el dinero que estos perseguían no tenía ideología alguna.
(Y hablando de políticos, mejor metámonos de lleno en la historia...)
La maldita cumbre internacional había generado un revuelo impresionante en cuanto a medidas de seguridad, y no va que justo vino a caer en la última semana de trabajo de José, abarcando los días en que él pretendía estar más relajado y tranquilo que nunca, en contacto con sus amigos y conocidos de todo el aeropuerto, gente a la que ya no vería con la misma regularidad que hasta ese entonces.
Pero la realidad es que a José no le molestaba tanto la cumbre en sí misma ni la fecha en que ésta se había organizado, no, lo que más le jodía a José era la presencia de Jorge W. Arbusto como figura sobresaliente del encuentro. Claro que sí, el tipo vendría en su Air Force One, saldría totalmente rodeado de custodios, tanto de los de allá como de los de más acá. Traerían su comida más la de toda su comitiva (1500 personas) desde Estados Unidos, y todo porque el señorito no podía arriesgarse a comer comida argentina, no fuera cosa de que algún "zurdito" le fuera a joder la digestión envenenándole algún bocadillo. Ya desde hacía dos semanas los aviones norteamericanos no paraban de llegar al aeropuerto, venían cargados de coches, equipos, espías, misiles portátiles tierra-aire y ¡hasta dos helicópteros Apache que patrullarían la ciudad desde el aire! ¡Imagínense! ¡Helicópteros yanquis patrullando su ciudad! ¿Y todo esto para qué?, para que se tratara de manera formal la entrada de algunos países sudamericanos al ALCA y así poder tenerlos agarrados de las bolas de una forma un poco más conveniente de como los traían agarrados hasta ahora. Eso era el colmo. Ah no, claro que no... Por más medidas de seguridad que los señores tomaran, José no se iba a retirar a su casa a vivir lo que le quedara de su vida como jubilado sin antes marcharse del jodido aeropuerto con la frente alta, por la puerta grande y con todos los honores.
(A ver, probemos ahora escribir en futuro imperfecto-poco-probable-pero-que-bueno-que estaría-que-pasara...)
El día en que aterrizaría Jorge W. en el aeropuerto de la ciudad costera la seguridad sería más estricta que nunca. Ni siquiera se permitirían marchas o demostraciones de protesta ya que a diez cuadras a la redonda del aeropuerto se vallaría todo el perímetro con milicos como para hacer dulce. Desde que José fichara su entrada al ingreso le pedirían su credencial y su documento por lo menos unas diez veces hasta que pudiera por fin sentar pié en su oficina. Adrián ya estaría allí. Cambiarían unos breves comentarios sobre la situación. Ese día y hasta que Jorge W. dejara el aeropuerto de seguro no iban a hacer mucho más.
José esperaría pacientemente la llegada del Air Force One. En el interín soltaría risas que no podría contener y Adrián lo miraría extrañado cada vez que lo escuchara reírse. Finalmente llegaría el momento cumbre. José lo mandaría a Adrián a comprarle una gaseosa, ya sabiendo de antemano que esto lo demoraría más de lo normal por todas las veces que lo pararían para identificarlo. Mientras tanto, desde la oficina, cómodamente sentado en su sillón, José observaría al monstruo de la Boeing parado en la pista, de a poco irían acercando la escalerilla de descenso. Jorge W. haría su entrada triunfal, pero José, por otro lado, interpretaría su estoica salida y esta última sería el gran finale de la obra, aquel que se llevaría todos los aplausos.
Con pausados movimientos José trabaría la puerta de la oficina, no sólo cerrándola con llave sino moviendo un escritorio para bloquear el acceso desde dentro. Luego procedería a sacar de su portafolios el arma indetectable que usaría para flagelar a Jorge W. Arbusto, que si ellos eran listos él todavía lo era aún más. Con delicadeza conectaría su reproductor de discos compactos a la consola desconectando para ello el jack del micrófono que usaba Adrián para dar sus melosos anuncios.
Volumen del reproductor de José: 10
Modo de repetición: Activado
Volumen de la consola del Aeropuerto: 10
Y sería entonces que las notas, junto con la ácida y no menos verídica letra, ganarían todo el espacio del aeropuerto mientras José escapaba por una ventana. Mientras tanto, el Señor K., tratando de disimular, estrecharía la mano de Jorge W. que con su típica sonrisa de idiota no entendería ni jota de lo que decía aquella canción de bienvenida; por otro lado todos los asesores se mirarían desconcertados, intercambiando miradas buscando algún responsable, aunque del lado argentino habría de seguro más de uno al que se le escaparía una sonrisa.
(Che... ¿Y la canción? ¿Qué decía?)
"Jorge W.
Que asco me das,
usurpador,
miles de muertos
tienen tu olor.
No sos ni un bagre
ni un escorpión,
una luz mala
eso es lo que sos.
Jorge W.
la guerra no terminó,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Lo que te espera
es peor que vos.
Te hacés el cowboy,
pero no sos,
como quisiera
estar frente a vos.
Si hasta Jack Daniels
te abandonó.
Veo tu tumba,
y ninguna flor.
Jorge W.
la puta que te parió,
falta que vos pagues
por tanto dolor.
Jorque W.
no sé si te dijo Dios,
que lo que te espera
es peor que vos."
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La canción de José: "Jorge W.", de Horacio "El Negro" Fontova.
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jueves, octubre 27, 2005
Nuevo blog
Bueno, bueno. Ya sé que últimamente no he estado mucho por aquí. Poca inspiración, pocas ganas de escribir, en fin, bastante trabajo por otro lado, mucho uso del otro hemisferio del cerebro, mucha escritura, sí, pero de código para mis queridas máquinas; en cambio, por este lado, a los cuatro o cinco gatos locos que todavía osan pasar por aquí los tengo bastante olvidados.
Pero bueno, que hoy no vengo a contarles sobre mis aventuras (!) laborales, no aquí en deuxmachine. Pasa que este blog, que inicialmente fue un lugar creado para contarles a mis amigos los eventos poco extraordinarios de mi nada excitante vida, hoy ha devenido en un espacio para colgar mis textos con "aspiraciones literarias" (que como ya saben sólo se quedan en la parte de aspiraciones) y la verdad es que éste espacio dejó de ser un blog como Dios manda hace ya mucho tiempo.
Hace un mes atrás se me ocurrió la idea de volver a abrir un blog para escribir las cosas que acontecen en el plano irreal de mi vida cotidiana (siempre pensando en mis amigos interesados en leer algo aburrido claro está) lo que en realidad no es más que una pobre excusa más para evitarme tener que escribirle e-mails contándoles las insulsas peripecias de mi vida diaria. Es por todo esto que la idea se transformó en realidad y decidí abrir Perdido en Maya.
Antes que entren a ese mundo de ilusiones y espejitos de colores les comento que allí encontrarán todos los posts de deuxmachine que no fueron precisamente esos "textos con aspiraciones literarias" de los cuales les comenté arriba en el segundo párrafo. En el nuevo espacio podrán encontrar también todos los comentarios que ustedes hayan hecho de esos mismos posts. Digamos que organicé una mudanza completa de bytes de un rack de discos a otro. En cuanto a los links en deuxmachine sólo dejaré a los cuatro o cinco gatos locos que sí escriben ficción y que lo hacen muy bien, todos los demás blogs los moveré a los links de Perdido en Maya.
Es así que si deuxmachine se convirtió en el cuaderno de los textos en cursiva, Perdido en Maya será el bloc de notas del día a día, el diario en la trinchera. Debo aclarar además que no siempre atentaré contra sus mentes con ráfagas de textos aburridos con insignificancias de mi vida diaria, sino que también dejaré plantadas pequeñas bombas cargadas con naderías que vea, lea o escuche por allí.
Sin nada más que agregar dispóngase los interesados a perderse conmigo en Maya.
Pero bueno, que hoy no vengo a contarles sobre mis aventuras (!) laborales, no aquí en deuxmachine. Pasa que este blog, que inicialmente fue un lugar creado para contarles a mis amigos los eventos poco extraordinarios de mi nada excitante vida, hoy ha devenido en un espacio para colgar mis textos con "aspiraciones literarias" (que como ya saben sólo se quedan en la parte de aspiraciones) y la verdad es que éste espacio dejó de ser un blog como Dios manda hace ya mucho tiempo.
Hace un mes atrás se me ocurrió la idea de volver a abrir un blog para escribir las cosas que acontecen en el plano irreal de mi vida cotidiana (siempre pensando en mis amigos interesados en leer algo aburrido claro está) lo que en realidad no es más que una pobre excusa más para evitarme tener que escribirle e-mails contándoles las insulsas peripecias de mi vida diaria. Es por todo esto que la idea se transformó en realidad y decidí abrir Perdido en Maya.
Antes que entren a ese mundo de ilusiones y espejitos de colores les comento que allí encontrarán todos los posts de deuxmachine que no fueron precisamente esos "textos con aspiraciones literarias" de los cuales les comenté arriba en el segundo párrafo. En el nuevo espacio podrán encontrar también todos los comentarios que ustedes hayan hecho de esos mismos posts. Digamos que organicé una mudanza completa de bytes de un rack de discos a otro. En cuanto a los links en deuxmachine sólo dejaré a los cuatro o cinco gatos locos que sí escriben ficción y que lo hacen muy bien, todos los demás blogs los moveré a los links de Perdido en Maya.
Es así que si deuxmachine se convirtió en el cuaderno de los textos en cursiva, Perdido en Maya será el bloc de notas del día a día, el diario en la trinchera. Debo aclarar además que no siempre atentaré contra sus mentes con ráfagas de textos aburridos con insignificancias de mi vida diaria, sino que también dejaré plantadas pequeñas bombas cargadas con naderías que vea, lea o escuche por allí.
Sin nada más que agregar dispóngase los interesados a perderse conmigo en Maya.
jueves, octubre 06, 2005
Inevitablemente
Las imágenes se sucedían rápidas, unas tras otras sin parar. Ráfagas visuales disparadas por su mente en el estado alfa del sueño, pequeñas secuencias entremezcladas del día anterior a la muerte de Manuel, cuando ella pasaba con su auto por la esquina en la que inevitablemente moriría su marido al otro día en el fatal accidente. Por alguna extraña razón que no llegaba a comprender ella lo había visto todo un día antes; la camioneta familiar que él había decidido usar aquella mañana estrellada contra una Renault Traffic del correo. Ella detuvo su auto asustada al ver el choque. Reconoció enseguida la camioneta y se bajó de su coche corriendo. Al acercarse a la escena del accidente de pronto todo se desvaneció, y es que ahí ya no había ningún accidente. Se encontró sola parada en la intersección de las calles. Todavía consternada por toda la situación comenzó a oír esa alarma a lo lejos. Miró alrededor, las veredas estaban vacías de gente. La alarma se empezaba a oír cada más alto y eso la desesperaba aún más. Inconscientemente buscaba a su alrededor el auto del cual salía aquel desagradable sonido.
La conciencia volvió a identificarse con el cuerpo y con ella la mente volvió a rearmar su visión de Maya a su alrededor. Apagó la alarma del reloj despertador callando por fin aquel ruido demencial. Otra vez había tenido aquel sueño recurrente. Miró al costado buscando a alguien que sabía no iba a encontrar. El espacio vacío al otro lado de la cama le pesó más que nada en su alma. Sino hubiese sido por la niña, ella se hubiese quitado la vida cuando ocurrió lo de Manuel, su hija fue lo único que le impidió llevar a cabo aquel acto definitivo. Se juró a si misma (y por Candela) que jamás tendría un pensamiento igual, después de todo siempre fue de la idea que los suicidas eran gentes que tomaban la salida fácil cuando ya era demasiado tarde, cuando ya lo peor había acontecido en sus vidas; lo útil sería quitarse la vida antes, para no tener que llegar a vivir los acontecimientos que inevitablemente dispararan la necesidad de querer acabar con uno mismo.
Se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo del botiquín. “Un día más”, pensó, “es sólo un día más”. Fue hasta la habitación de su hija. Levantó la persiana que daba al patio trasero de la casa, la luz del sol matinal llenó el espacio del cuarto de la pequeña. Llamó a Candela en voz alta para que se levantara. La niña todavía no le había respondido cuando ella salió apurada hacia la cocina para preparar el café. Luego de poner la mesa para el desayuno le llamó la atención el no escuchar a su hija, la niña era una criatura que desbordaba de energía en las mañanas haciéndose notar donde fuera que estuviese. Ya en el pasillo notó la oscuridad en el, hasta momentos atrás, iluminado cuarto de su hija. Apuró el paso y al entrar nuevamente en el cuarto encendió la luz. La persiana de la ventana estaba totalmente baja. La cama estaba perfectamente tendida y sobre la misma había bolsas cerradas con lo que parecía ser ropa en su interior. El pequeño escritorio de su hija estaba cubierto con mantas blancas al igual que el sillón en donde ella se sentaba por las noches a leerle hasta que la pequeña se dormía. Cajas de cartón yacían cerradas y apiladas en el piso, no había rastro alguno de los juguetes que siempre estaban desparramados por el piso. La niña, obviamente, no estaba en el cuarto.
Un nudo se formó en la boca de su estómago y se tuvo que apoyar contra la pared para no caerse. Sin mirar atrás se dirigió a su cuarto y al entrar se vió a si misma tirada en la cama, con sus venas abiertas en ambos brazos. Las sábanas, empapadas de sangre, desprendían un olor extraño. Fue al verse a sí misma, tirada sin vida sobre la cama, cuando entendió lo que ocurría. Ya no hacía falta volver al cuarto de su hija y vivir el acontecimiento de encontrarla sin vida entre las sábanas, un hecho que inevitablemente dispararía el trágico final.
La conciencia volvió a identificarse con el cuerpo y con ella la mente volvió a rearmar su visión de Maya a su alrededor. Apagó la alarma del reloj despertador callando por fin aquel ruido demencial. Otra vez había tenido aquel sueño recurrente. Miró al costado buscando a alguien que sabía no iba a encontrar. El espacio vacío al otro lado de la cama le pesó más que nada en su alma. Sino hubiese sido por la niña, ella se hubiese quitado la vida cuando ocurrió lo de Manuel, su hija fue lo único que le impidió llevar a cabo aquel acto definitivo. Se juró a si misma (y por Candela) que jamás tendría un pensamiento igual, después de todo siempre fue de la idea que los suicidas eran gentes que tomaban la salida fácil cuando ya era demasiado tarde, cuando ya lo peor había acontecido en sus vidas; lo útil sería quitarse la vida antes, para no tener que llegar a vivir los acontecimientos que inevitablemente dispararan la necesidad de querer acabar con uno mismo.
Se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo del botiquín. “Un día más”, pensó, “es sólo un día más”. Fue hasta la habitación de su hija. Levantó la persiana que daba al patio trasero de la casa, la luz del sol matinal llenó el espacio del cuarto de la pequeña. Llamó a Candela en voz alta para que se levantara. La niña todavía no le había respondido cuando ella salió apurada hacia la cocina para preparar el café. Luego de poner la mesa para el desayuno le llamó la atención el no escuchar a su hija, la niña era una criatura que desbordaba de energía en las mañanas haciéndose notar donde fuera que estuviese. Ya en el pasillo notó la oscuridad en el, hasta momentos atrás, iluminado cuarto de su hija. Apuró el paso y al entrar nuevamente en el cuarto encendió la luz. La persiana de la ventana estaba totalmente baja. La cama estaba perfectamente tendida y sobre la misma había bolsas cerradas con lo que parecía ser ropa en su interior. El pequeño escritorio de su hija estaba cubierto con mantas blancas al igual que el sillón en donde ella se sentaba por las noches a leerle hasta que la pequeña se dormía. Cajas de cartón yacían cerradas y apiladas en el piso, no había rastro alguno de los juguetes que siempre estaban desparramados por el piso. La niña, obviamente, no estaba en el cuarto.
Un nudo se formó en la boca de su estómago y se tuvo que apoyar contra la pared para no caerse. Sin mirar atrás se dirigió a su cuarto y al entrar se vió a si misma tirada en la cama, con sus venas abiertas en ambos brazos. Las sábanas, empapadas de sangre, desprendían un olor extraño. Fue al verse a sí misma, tirada sin vida sobre la cama, cuando entendió lo que ocurría. Ya no hacía falta volver al cuarto de su hija y vivir el acontecimiento de encontrarla sin vida entre las sábanas, un hecho que inevitablemente dispararía el trágico final.
sábado, septiembre 17, 2005
Cambio radical (2º Parte)
- Buena colección de libros la de tu amigo.
- Sí, mis preferidos son los de Capote. Me encanta con la inocencia con que escribe algunos de sus cuentos –dije.
- Es muy bueno. Mi autor favorito es Henry Miller.
- Sí, lo he leído. ¿Cuántas experiencias relatadas no?
- Sí. Me encantó cuando escribió como su novia lo deja solo en New York y se escapa con su amiga lesbiana a Francia –dijo guiñándome un ojo.
- Tragicómico –dije sonriendo.
- Totalmente –asintió.
Al cabo de un rato el whisky había desaparecido. Estábamos todos ya bastante relajados y empezamos a preguntarnos dónde podríamos ir a pasar el resto de la noche. Fue entonces cuando ella habló.
- Yo quedé con un amigo que vive a la vuelta del supermercado en que me llevaría a mi casa en su auto dado que estoy cargada con las bolsas de la compra de la semana. Si quieren lo puedo traer y una vez que me lleve podemos salir por ahí, él seguro que se prende y nos moveríamos en auto o sea que si les parece lo voy a buscar.
Los miré a Fabián y a Gustavo. Asintieron.
- OK, andá a buscalo que te esperamos acá –dije.
- Enseguida vuelvo –dijo y se dirigió hacia la puerta con la absoluta confianza de quien se va de su casa. Abrió y al salir me dirigió una imperceptible sonrisa.
Me dirigí hacia el baño. Encendí la luz, abrí la canilla del agua fría y me lavé la cara. Me miré en el espejo con el rostro todavía mojado. Seguía sin entender la situación. Me sequé el rostro. Me miré el pelo, lo tenía bastante crecido, tendría que ir a cortarme un poco las puntas la semana que viene.
Al salir del baño los veo a Fabián y a Gustavo hablando entre ellos. Me miraron sonriendo. Desgraciados, sabía lo que pensaban. A los 10 minutos sonó el portero. Fabián fue a atender. Era ella. Quería que bajáramos ya que estaba con el amigo en su auto.
Bajamos hasta la planta baja y la veo apoyada contra una de las paredes del pasillo de entrada. Me mira.
- Vamos –dice
- Vamos –contesté.
Su amigo tenía el auto estacionado a unos metros del edificio. Caminamos hasta el lugar. Fabián y Gustavo seguían con sus sonrisitas pero sin decir palabra. Su amigo estaba apoyado en el capó del coche fumando un cigarrillo. Me miró y sonrió.
- Él es Víctor –dijo ella presentándomelo.
- Hola Víctor, ellos son Gustavo y Fabián –le dije señalándole a mis amigos.
- Hola –dijeron mis amigos al unísono.
- Bueno, vamos que se hace tarde y odio el tráfico de los Viernes por la noche, se juntan todos los que vuelven tarde del trabajo y todos los que salen a divertirse –agregó Víctor muy apurado y poco interesado en el ritual del saludo-presentación.
- OK, vamos –dije.
- Subí adelante con él –me dijo ella sonriéndome despreocupadamente.
- Cuidado con esos dos que van a ir atrás con vos –le dije guiñándole un ojo.
- Descuidá –me respondió devolviéndome el guiño.
Subí adelante con Víctor y ella atrás junto a Fabián y Gustavo. El auto se empezó a mover. Tomamos la autopista pegada a la costanera del río. Ahí estaban todos los lugares a los cuales frecuentábamos siempre con mis amigos. Pasamos por una esquina en la cual habían inaugurado un lugar nuevo.
- ¿Qué lugar es ese? –pregunté.
- “Inferno”, es una disco nueva que abrieron dos semanas atrás –me contestó Víctor sin quitar sus ojos del camino.
- Ah... ¿Y qué onda el lugar?
- Música electrónica de la buena, mucha vanguardia. El ambiente es espectacular, lindas minas... –dijo mirándome con cara de pícaro.
- Podríamos ir hoy, ¿no? –pregunté volteándome hacia atrás.
No hubo respuesta. Fabián y Gustavo me miraron con cara de “me da igual”. Ella tenía su rostro pegado a la ventanilla mirando totalmente abstraída como corría el río. El resto del viaje hasta el edificio donde vivía ella transcurrió sin que nadie abriese la boca. Víctor puso un CD en la compactera del auto y subió el volumen. Seguí pensando en lo absurda, descabellada y totalmente ilógica situación en que nos encontrábamos o mejor dicho en que yo me encontraba. Tan ilógica que ni siquiera sabía su nombre (ni se lo había preguntado) y ella tampoco sabía quien era yo.
Llegamos a un gran complejo de 3 torres. Un lugar de bastante categoría, tenía un gran parque excelentemente cuidado a modo de entrada a los edificios. El auto se detuvo silenciosamente. Nos bajamos. Víctor bajó con las llaves en la mano, fue hasta el baúl, lo abrió y sacó las 4 bolsas con la compra semanal de ella. Ella tomó las bolsas.
- ¿Subimos? –me preguntó mirándome fijamente.
- Bueno, te acompaño –le respondí.
- Ustedes chicos quédense acá que enseguida volvemos –les dijo con su mejor sonrisa.
Ninguno dijo palabra. Caminamos por el parque hasta llegar a la torre 2 que era donde vivía ella. Entramos. Llamó al ascensor. La espera se hizo interminable y mi corazón latía muy rápido. Repensé toda la situación, el supermercado, yo con el paquete de cereales queriendo disimular que no la veía, cuando le hablé... En fin, diapositivas de todo lo que había hecho pasaban por mi cabeza a una gran velocidad. Finalmente llegó el ascensor.
- ¿En qué piso vivís? –pregunté para buscar conversación.
- En el 17.
- Guau, alto. ¿Tenés buena vista desde ahí arriba?
- No sé definir que es tener buena vista. Se ve bien. No sé –me respondió casi sin interés.
Otra vez el corazón que se aceleraba y yo que me acaloraba cada vez más. 7, 8, 9, 10... Llegamos. Caminamos por el largo pasillo poblado de puertas y letras en ambos lados. “J”. Abrió la puerta.
- No hagas mucho ruido que mi hijo puede estar durmiendo, si es que la niñera lo acostó.
- Ah, bueno... –dije con gran sorpresa disimulada– ¿Y qué edad tiene?
- Es chico, tiene 3 años.
- ¿Y el padre? –pregunté.
- Se borró.
- Disculpá, si me entrometí más de lo que debía, es mi maldita curiosidad.
- No hay historia... O sea nada de otro mundo. Hoy es tan común que... Bueno, en fin... Hombres... –dijo suspirando y sonriendo levemente.
- Son todos iguales ¿no? –le respondí con algo de ironía y sonriendo.
Se dirigió a la cocina con las bolsas. Vino de vuelta hasta el living que era donde yo estaba. Traía un post it amarillo en la mano. Lo leyó para sí misma.
- Sí, la niñera lo acostó hace media hora y se fue.
- Ah...
- La voy a tener que volver a llamar si vamos a salir.
- Primero tendríamos que preguntarles a los demás qué quieren hacer... –sugerí.
- Sí. Esperame un segundo que quiero ver cómo está mi hijo.
- Sí... Andá tranquila.
- Ya vuelvo, sentite como en tu casa.
El departamento estaba decorado con muy buen gusto. Muebles modernos de color oscuro. El color negro era el predominante. Grises por doquier. Me senté en un puff que había al lado de un sofá y tomé una de las varias revistas que había tiradas en el piso. Era una Vogue. De dos meses atrás. Kate Moss lucía más famélica que nunca en la tapa. De pronto sentí que me atraía Kate Moss. Nunca le había prestado gran atención. Ahora me gustaba. ¿Qué me estaba pasando?... Era toda la situación. Traté de no pensar y hojeé la revista.
Terminé y tomé un libro que estaba al lado de la pila de revistas. “La metamorfosis” de Franz Kafka. Excelente gusto literario, pensé. La historia trataba de un hombre que amanece un día siendo algo totalmente distinto a lo que era, se levanta convertido en un insecto: una cucaracha. Vaya cambio radical en la vida de alguien. Dejé el libro. Me acosté arrellanándome lo más posible en el puff. Cerré los ojos por un instante. Trataba de no pensar en nada. ¿Estaba ocurriendo realmente todo aquello?
Seguí tratando de poner mi mente en blanco cuando sentí que ella se había echado a mi lado. Me corrí y le dejé algo más de lugar. Giré hasta ponerme de perfil y me apoyé sobre mi codo con la mano en la pera y me la quedé mirando. Esos ojos. No podía tener esos ojos. Maldita sea, otra vez el corazón que se aceleraba. Bajé la mirada. Ella seguía tendida al lado mío en la mitad del puff que le había dejado libre.
- ¿Qué pasa? –me preguntó secamente.
- Nada, esto no es para nada normal. No me siento bien. Nunca hago estas cosas, no quiero que pienses mal de mí... Me muero de vergüenza... Yo...
- Shhh... –susurró.
En ese momento giró suavemente sobre uno de sus lados y se me quedó mirando fijamente a los ojos con su rostro a escasos centímetros del mío. Fue entonces cuando me dio un suave beso, casi rozándome los labios, como testeando mi reacción. No podía moverme. Mi corazón se resistía a bajar de velocidad. Yo seguía con la mirada baja. Por Dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Estaba soñando? No podía ser real. Ella puso su mano sobre la que yo tenía todavía apoyada en mi pera. Se me erizó la piel. Bajó con su dedo índice por todo mi brazo. Luego posó su otra mano en mi cintura. Empezó a acariciarme con uno de sus dedos la zona de mi abdomen con apacibles movimientos circulares, y bajó y bajó hasta llegar a la cintura del jean. Metió tan sólo una falange de su delgado dedo mayor y empezó a girar en círculos pequeños acariciándome por entre la parte superior de mi ropa interior. Subí la mirada y la miré fijamente. Me miró sin dejar de acariciarme y me besó nuevamente, esta vez más cálidamente que la primera vez. Su mano bajó un poco más. Su dedo ya cálido por los pequeños movimientos con los que acariciaba mi piel bajó aún más y me acarició muy suavemente el clítoris. Nunca pensé que podía llegar a sentir tanto placer si me acariciaba alguien de mi mismo sexo. Esto duró tan sólo unos instantes. Luego con un movimiento rápido, pero muy gentil a la vez, retiró su mano. Me miró.
- Te noto demasiado nerviosa –me dijo.
- Es que es la primera vez... –respondí con voz temblorosa.
- Está bien, me dí cuenta por cómo reaccionaste cuando te toqué. ¿Te gustó lo que sentiste?
- Te mentiría si te dijera que no.
- Está todo bien.
- Sí... –dije con cierta vergüenza.
- Yo diría que vayamos bajando, los chicos deben estar impacientes, ¿no te parece? –preguntó.
- Me había olvidado completamente de ellos –le respondí.
- Seguro deben estar hablando de mujeres con Víctor en el auto.
- Sí, probablemente –asentí.
- Hombres... –dijo guiñándome un ojo.
- Son todos iguales –completé la frase con mi sonrisa más irónica.
- Sí, mis preferidos son los de Capote. Me encanta con la inocencia con que escribe algunos de sus cuentos –dije.
- Es muy bueno. Mi autor favorito es Henry Miller.
- Sí, lo he leído. ¿Cuántas experiencias relatadas no?
- Sí. Me encantó cuando escribió como su novia lo deja solo en New York y se escapa con su amiga lesbiana a Francia –dijo guiñándome un ojo.
- Tragicómico –dije sonriendo.
- Totalmente –asintió.
Al cabo de un rato el whisky había desaparecido. Estábamos todos ya bastante relajados y empezamos a preguntarnos dónde podríamos ir a pasar el resto de la noche. Fue entonces cuando ella habló.
- Yo quedé con un amigo que vive a la vuelta del supermercado en que me llevaría a mi casa en su auto dado que estoy cargada con las bolsas de la compra de la semana. Si quieren lo puedo traer y una vez que me lleve podemos salir por ahí, él seguro que se prende y nos moveríamos en auto o sea que si les parece lo voy a buscar.
Los miré a Fabián y a Gustavo. Asintieron.
- OK, andá a buscalo que te esperamos acá –dije.
- Enseguida vuelvo –dijo y se dirigió hacia la puerta con la absoluta confianza de quien se va de su casa. Abrió y al salir me dirigió una imperceptible sonrisa.
Me dirigí hacia el baño. Encendí la luz, abrí la canilla del agua fría y me lavé la cara. Me miré en el espejo con el rostro todavía mojado. Seguía sin entender la situación. Me sequé el rostro. Me miré el pelo, lo tenía bastante crecido, tendría que ir a cortarme un poco las puntas la semana que viene.
Al salir del baño los veo a Fabián y a Gustavo hablando entre ellos. Me miraron sonriendo. Desgraciados, sabía lo que pensaban. A los 10 minutos sonó el portero. Fabián fue a atender. Era ella. Quería que bajáramos ya que estaba con el amigo en su auto.
Bajamos hasta la planta baja y la veo apoyada contra una de las paredes del pasillo de entrada. Me mira.
- Vamos –dice
- Vamos –contesté.
Su amigo tenía el auto estacionado a unos metros del edificio. Caminamos hasta el lugar. Fabián y Gustavo seguían con sus sonrisitas pero sin decir palabra. Su amigo estaba apoyado en el capó del coche fumando un cigarrillo. Me miró y sonrió.
- Él es Víctor –dijo ella presentándomelo.
- Hola Víctor, ellos son Gustavo y Fabián –le dije señalándole a mis amigos.
- Hola –dijeron mis amigos al unísono.
- Bueno, vamos que se hace tarde y odio el tráfico de los Viernes por la noche, se juntan todos los que vuelven tarde del trabajo y todos los que salen a divertirse –agregó Víctor muy apurado y poco interesado en el ritual del saludo-presentación.
- OK, vamos –dije.
- Subí adelante con él –me dijo ella sonriéndome despreocupadamente.
- Cuidado con esos dos que van a ir atrás con vos –le dije guiñándole un ojo.
- Descuidá –me respondió devolviéndome el guiño.
Subí adelante con Víctor y ella atrás junto a Fabián y Gustavo. El auto se empezó a mover. Tomamos la autopista pegada a la costanera del río. Ahí estaban todos los lugares a los cuales frecuentábamos siempre con mis amigos. Pasamos por una esquina en la cual habían inaugurado un lugar nuevo.
- ¿Qué lugar es ese? –pregunté.
- “Inferno”, es una disco nueva que abrieron dos semanas atrás –me contestó Víctor sin quitar sus ojos del camino.
- Ah... ¿Y qué onda el lugar?
- Música electrónica de la buena, mucha vanguardia. El ambiente es espectacular, lindas minas... –dijo mirándome con cara de pícaro.
- Podríamos ir hoy, ¿no? –pregunté volteándome hacia atrás.
No hubo respuesta. Fabián y Gustavo me miraron con cara de “me da igual”. Ella tenía su rostro pegado a la ventanilla mirando totalmente abstraída como corría el río. El resto del viaje hasta el edificio donde vivía ella transcurrió sin que nadie abriese la boca. Víctor puso un CD en la compactera del auto y subió el volumen. Seguí pensando en lo absurda, descabellada y totalmente ilógica situación en que nos encontrábamos o mejor dicho en que yo me encontraba. Tan ilógica que ni siquiera sabía su nombre (ni se lo había preguntado) y ella tampoco sabía quien era yo.
Llegamos a un gran complejo de 3 torres. Un lugar de bastante categoría, tenía un gran parque excelentemente cuidado a modo de entrada a los edificios. El auto se detuvo silenciosamente. Nos bajamos. Víctor bajó con las llaves en la mano, fue hasta el baúl, lo abrió y sacó las 4 bolsas con la compra semanal de ella. Ella tomó las bolsas.
- ¿Subimos? –me preguntó mirándome fijamente.
- Bueno, te acompaño –le respondí.
- Ustedes chicos quédense acá que enseguida volvemos –les dijo con su mejor sonrisa.
Ninguno dijo palabra. Caminamos por el parque hasta llegar a la torre 2 que era donde vivía ella. Entramos. Llamó al ascensor. La espera se hizo interminable y mi corazón latía muy rápido. Repensé toda la situación, el supermercado, yo con el paquete de cereales queriendo disimular que no la veía, cuando le hablé... En fin, diapositivas de todo lo que había hecho pasaban por mi cabeza a una gran velocidad. Finalmente llegó el ascensor.
- ¿En qué piso vivís? –pregunté para buscar conversación.
- En el 17.
- Guau, alto. ¿Tenés buena vista desde ahí arriba?
- No sé definir que es tener buena vista. Se ve bien. No sé –me respondió casi sin interés.
Otra vez el corazón que se aceleraba y yo que me acaloraba cada vez más. 7, 8, 9, 10... Llegamos. Caminamos por el largo pasillo poblado de puertas y letras en ambos lados. “J”. Abrió la puerta.
- No hagas mucho ruido que mi hijo puede estar durmiendo, si es que la niñera lo acostó.
- Ah, bueno... –dije con gran sorpresa disimulada– ¿Y qué edad tiene?
- Es chico, tiene 3 años.
- ¿Y el padre? –pregunté.
- Se borró.
- Disculpá, si me entrometí más de lo que debía, es mi maldita curiosidad.
- No hay historia... O sea nada de otro mundo. Hoy es tan común que... Bueno, en fin... Hombres... –dijo suspirando y sonriendo levemente.
- Son todos iguales ¿no? –le respondí con algo de ironía y sonriendo.
Se dirigió a la cocina con las bolsas. Vino de vuelta hasta el living que era donde yo estaba. Traía un post it amarillo en la mano. Lo leyó para sí misma.
- Sí, la niñera lo acostó hace media hora y se fue.
- Ah...
- La voy a tener que volver a llamar si vamos a salir.
- Primero tendríamos que preguntarles a los demás qué quieren hacer... –sugerí.
- Sí. Esperame un segundo que quiero ver cómo está mi hijo.
- Sí... Andá tranquila.
- Ya vuelvo, sentite como en tu casa.
El departamento estaba decorado con muy buen gusto. Muebles modernos de color oscuro. El color negro era el predominante. Grises por doquier. Me senté en un puff que había al lado de un sofá y tomé una de las varias revistas que había tiradas en el piso. Era una Vogue. De dos meses atrás. Kate Moss lucía más famélica que nunca en la tapa. De pronto sentí que me atraía Kate Moss. Nunca le había prestado gran atención. Ahora me gustaba. ¿Qué me estaba pasando?... Era toda la situación. Traté de no pensar y hojeé la revista.
Terminé y tomé un libro que estaba al lado de la pila de revistas. “La metamorfosis” de Franz Kafka. Excelente gusto literario, pensé. La historia trataba de un hombre que amanece un día siendo algo totalmente distinto a lo que era, se levanta convertido en un insecto: una cucaracha. Vaya cambio radical en la vida de alguien. Dejé el libro. Me acosté arrellanándome lo más posible en el puff. Cerré los ojos por un instante. Trataba de no pensar en nada. ¿Estaba ocurriendo realmente todo aquello?
Seguí tratando de poner mi mente en blanco cuando sentí que ella se había echado a mi lado. Me corrí y le dejé algo más de lugar. Giré hasta ponerme de perfil y me apoyé sobre mi codo con la mano en la pera y me la quedé mirando. Esos ojos. No podía tener esos ojos. Maldita sea, otra vez el corazón que se aceleraba. Bajé la mirada. Ella seguía tendida al lado mío en la mitad del puff que le había dejado libre.
- ¿Qué pasa? –me preguntó secamente.
- Nada, esto no es para nada normal. No me siento bien. Nunca hago estas cosas, no quiero que pienses mal de mí... Me muero de vergüenza... Yo...
- Shhh... –susurró.
En ese momento giró suavemente sobre uno de sus lados y se me quedó mirando fijamente a los ojos con su rostro a escasos centímetros del mío. Fue entonces cuando me dio un suave beso, casi rozándome los labios, como testeando mi reacción. No podía moverme. Mi corazón se resistía a bajar de velocidad. Yo seguía con la mirada baja. Por Dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Estaba soñando? No podía ser real. Ella puso su mano sobre la que yo tenía todavía apoyada en mi pera. Se me erizó la piel. Bajó con su dedo índice por todo mi brazo. Luego posó su otra mano en mi cintura. Empezó a acariciarme con uno de sus dedos la zona de mi abdomen con apacibles movimientos circulares, y bajó y bajó hasta llegar a la cintura del jean. Metió tan sólo una falange de su delgado dedo mayor y empezó a girar en círculos pequeños acariciándome por entre la parte superior de mi ropa interior. Subí la mirada y la miré fijamente. Me miró sin dejar de acariciarme y me besó nuevamente, esta vez más cálidamente que la primera vez. Su mano bajó un poco más. Su dedo ya cálido por los pequeños movimientos con los que acariciaba mi piel bajó aún más y me acarició muy suavemente el clítoris. Nunca pensé que podía llegar a sentir tanto placer si me acariciaba alguien de mi mismo sexo. Esto duró tan sólo unos instantes. Luego con un movimiento rápido, pero muy gentil a la vez, retiró su mano. Me miró.
- Te noto demasiado nerviosa –me dijo.
- Es que es la primera vez... –respondí con voz temblorosa.
- Está bien, me dí cuenta por cómo reaccionaste cuando te toqué. ¿Te gustó lo que sentiste?
- Te mentiría si te dijera que no.
- Está todo bien.
- Sí... –dije con cierta vergüenza.
- Yo diría que vayamos bajando, los chicos deben estar impacientes, ¿no te parece? –preguntó.
- Me había olvidado completamente de ellos –le respondí.
- Seguro deben estar hablando de mujeres con Víctor en el auto.
- Sí, probablemente –asentí.
- Hombres... –dijo guiñándome un ojo.
- Son todos iguales –completé la frase con mi sonrisa más irónica.
miércoles, septiembre 14, 2005
Cambio radical (1º Parte)
Hay determinados lugares en la ciudad que parecen no haber sido alcanzados por el paso del tiempo. Me refiero a determinadas construcciones, edificios o hasta algunos departamentos construidos hace más de 30 años y que todavía conservan ese “no sé qué”; tal vez sea el olor característico que tienen y que siempre lo sentís y reconocés familiarmente en el aire cuando entras al lugar. Este era el caso de un departamento que un amigo acababa de alquilar.
La dueña del lugar había estado fuera del país, en Europa creo, por no sé cuanto tiempo. Fabián había arrendado el lugar por el bajo precio del alquiler y porque el departamento era realmente grande. Les decía lo del paso del tiempo ya que el lugar estaba íntegramente decorado y amueblado con la funcionalidad, colores y estilo de los años ´70. Todo muy art-deco-pop... muy disco por etiquetarlo de alguna forma.
Al entrar, automáticamente, a cualquiera le parecía retroceder 3 décadas en un instante. El lugar había estado sin alquilar por mucho tiempo y se notaba. Éramos 3. Fabián, el flamante dueño temporal del ph, Gustavo y yo.
- Esto hay que festejarlo, hoy es la gran inauguración de mi nuevo hogar –dijo Fabián.
- Bueno, no exageremos, “gran inauguración”; solamente somos tres –acoté.
- Ya lo sé. No tiene nada de extraño, siempre somos 3 para todo. Vamos al supermercado a por unas bebidas –agregó Fabián.
- Yo los sigo –dijo Gustavo, que hasta entonces había estado muy callado.
En el camino fuimos pensando qué comprar. Apuramos el paso dado que el supermercado cerraría en escasos 10 minutos.
Entramos al lugar repleto de gente, todos haciendo sus compras de última hora. Fabián y Gustavo se dirigieron al sector de las bebidas alcohólicas. Yo los seguía detrás hasta que... ¿Qué me estaba pasando? Me había detenido para mirarla más detenidamente. Disimulé lo más que pude y empecé a leer la parte posterior de una caja de cereales que había agarrado de una de las góndolas. Era realmente hermosa. ¿Qué estoy diciendo? Pero bueno, así fué como ocurrió de todas formas...
Parada delante de mí estaba ella, era una promotora de no sé que producto que tal vez yo nunca fuera a comprar. Sus ojos eran de un verde cautivante aunque tenían un dejo de tristeza, cansancio y hasta de resignación. Se notaba que había estado trabajando todo el día, parada en el mismo lugar, ofreciendo muestras gratis de eso que le pagaban para que promocionase. Vestía la ropa de trabajo con el logo del producto. Las holgadas prendas no ocultaban su belleza, por el contrario. Les decía que tenía este aspecto de cansancio porque ya no sonreía ni decía nada cuando alguien se acercaba, tan sólo se limitaba a dar la muestra gratis de aquella cosa.
Dejé la caja de cereales que había agarrado en la góndola. No podían quitarle la mirada de encima. Tenía una belleza realmente exótica por llamarla de alguna manera. Era cautivante. Yo seguía con mis reflexiones cuando aparecieron Fabián y Gustavo con una botella de Vat 69. Se quedaron mirándome fijamente. Yo seguía mirándola a ella. La cara de sorpresa que pusieron mis amigos cuando finalmente le hablé fue algo de antología.
- Hola, estoy con ellos dos, Fabián y Gustavo –dije señalándolos– Son mis amigos. Vamos a festejar no sé muy bien qué. Disculpá que me haya quedado mirándote de esa manera, pero no lo pude evitar. Nunca hice nada parecido y me muero de vergüenza, por favor no te ofendas pero no puedo irme sin antes preguntarte si no te gustaría venir con nosotros.
La mueca de sorpresa en las caras de mis amigos cambió por una sonrisa cómplice entre los dos. Después me enteré que era porque pensaban que yo la conocía de otro lugar y que les estaba jugando una broma. Pero no era así. De vuelta pusieron la cara de sorpresa cuando oyeron la respuesta de ella.
- Yo tampoco suelo hacer lo mismo, digo lo de salir con personas que no conozco, pero en este caso la respuesta es sí. ¿Por qué no?, ya estoy harta de estar acá y salgo dentro de 5 minutos. Me cambio esta ropa y los encuentro afuera.
Ni Fabián ni Gustavo abrieron la boca. Pasamos por la caja y Fabián pagó la botella de whisky. Salimos del lugar y nos paramos enfrente a esperarla.
- Vos la conocés de algún lado... A mi no me engañás –me dijo Fabián.
- Para nada, sé que les resulta sumamente extraño lo que hice, incluso sé que esa no es mi forma de actuar, ¿cómo voy a hablarle a una mujer que no conozco de esa forma? pero créanme no sé por qué lo hice. La vi ahí parada con aspecto de cansada, vi esos ojos hermosos pero tristes y bueno, no sé, hice lo que hice. Me dio lástima, sentí que lo tenía que hacer.
En realidad no sentí lástima en ningún momento, tal vez ganas de que ella no estuviera allí. Lo que sentí fue atracción, es increíble ya lo sé, no sé como les estoy contando todo esto, pero en fin, eso fue lo que ocurrió.
- Increíble –dijo Gustavo.
- Ya lo sé, pero bueno, lo hecho... hecho está. Es muy linda así que por lo menos van a tener algo que mirar en el transcurso de la noche.
A los 3 minutos salió del lugar cambiada con sus ropas. Llevaba una mochila en la que supuse llevaría sus ropas de trabajo. Llevaba además dos bolsas del supermercado en cada mano, presumí que serían sus compras particulares.
- Vamos acá a dos cuadras. A la casa de él –dije señalándolo a Fabián.
- ¿Y qué es lo que festejan exactamente? –preguntó.
- En realidad es la fiesta de inauguración del nuevo departamento de mi amigo. Es un lugar que parece sacado de una serie de finales de los ‘70 –dije.
- Ahá... Todavía quedan muchos de esos lugares –me dijo mirándome con esos ojos verdes ahora con una mirada más distendida.
- Está amueblado y todo. Todo de los ´70 –dijo Fabián tratando infructuosamente de seguir la conversación con ella.
Pero ella se limitó a sonreír sin ganas y no emitió palabra. Realmente era muy linda. Yo seguía sin entender nada de lo que estaba haciendo y me empezaba a morir de vergüenza por lo que me dirían Fabián y Gustavo cuando estuviéramos a solas. Nunca había hecho algo similar, ni siquiera se me había pasado por la cabeza el hacer algo así.
Llegamos al edificio y al entrar me regaló una de sus más lindas sonrisas. Fabián y Gustavo seguían sin decir nada y supongo que sin entender nada también.
Subimos hasta el dpto. Entramos y Fabián enseguida puso algo de música. Gustavo fue a buscar 4 vasos para el whisky. Nos sentamos en un sofá color crema con almohadones anaranjados. Sonaba Moby de fondo.
- ¿Siempre trabajaste de promotora? –le pregunté.
- Generalmente sí. Aunque también estoy trabajando con una agencia de modelos chica. No grandes cosas, sólo algunos desfiles y algo de publicidad gráfica. ¿Y vos qué hacés de tu vida?
- Estoy estudiando biología –respondí.
- Interesante –agregó.
Los chicos estaban hablando entre ellos no sé de qué. Charlamos algunas naderías más. De pronto vi que quedaba sólo la mitad de la botella de whisky. Cómo pasaba el tiempo. Fue entonces cuando ella se levantó y empezó a bailar sola mirando distraídamente la biblioteca con los libros de mi amigo. Me levanté y empecé a moverme junto a ella. Me miró. Sonrió. Movía su cuerpo al mismo ritmo que yo. Fabián y Gustavo se limitaban a mirarnos y beber.
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Córdoba, año 2000. Viejos escritos encontrados. Ya sé que tengo todo esto muy abandonado, pasa que el laburo me trae mal. Espero que les guste igualmente, digamos que el relato es bastante distinto a lo que usualmente leen por acá.
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La dueña del lugar había estado fuera del país, en Europa creo, por no sé cuanto tiempo. Fabián había arrendado el lugar por el bajo precio del alquiler y porque el departamento era realmente grande. Les decía lo del paso del tiempo ya que el lugar estaba íntegramente decorado y amueblado con la funcionalidad, colores y estilo de los años ´70. Todo muy art-deco-pop... muy disco por etiquetarlo de alguna forma.
Al entrar, automáticamente, a cualquiera le parecía retroceder 3 décadas en un instante. El lugar había estado sin alquilar por mucho tiempo y se notaba. Éramos 3. Fabián, el flamante dueño temporal del ph, Gustavo y yo.
- Esto hay que festejarlo, hoy es la gran inauguración de mi nuevo hogar –dijo Fabián.
- Bueno, no exageremos, “gran inauguración”; solamente somos tres –acoté.
- Ya lo sé. No tiene nada de extraño, siempre somos 3 para todo. Vamos al supermercado a por unas bebidas –agregó Fabián.
- Yo los sigo –dijo Gustavo, que hasta entonces había estado muy callado.
En el camino fuimos pensando qué comprar. Apuramos el paso dado que el supermercado cerraría en escasos 10 minutos.
Entramos al lugar repleto de gente, todos haciendo sus compras de última hora. Fabián y Gustavo se dirigieron al sector de las bebidas alcohólicas. Yo los seguía detrás hasta que... ¿Qué me estaba pasando? Me había detenido para mirarla más detenidamente. Disimulé lo más que pude y empecé a leer la parte posterior de una caja de cereales que había agarrado de una de las góndolas. Era realmente hermosa. ¿Qué estoy diciendo? Pero bueno, así fué como ocurrió de todas formas...
Parada delante de mí estaba ella, era una promotora de no sé que producto que tal vez yo nunca fuera a comprar. Sus ojos eran de un verde cautivante aunque tenían un dejo de tristeza, cansancio y hasta de resignación. Se notaba que había estado trabajando todo el día, parada en el mismo lugar, ofreciendo muestras gratis de eso que le pagaban para que promocionase. Vestía la ropa de trabajo con el logo del producto. Las holgadas prendas no ocultaban su belleza, por el contrario. Les decía que tenía este aspecto de cansancio porque ya no sonreía ni decía nada cuando alguien se acercaba, tan sólo se limitaba a dar la muestra gratis de aquella cosa.
Dejé la caja de cereales que había agarrado en la góndola. No podían quitarle la mirada de encima. Tenía una belleza realmente exótica por llamarla de alguna manera. Era cautivante. Yo seguía con mis reflexiones cuando aparecieron Fabián y Gustavo con una botella de Vat 69. Se quedaron mirándome fijamente. Yo seguía mirándola a ella. La cara de sorpresa que pusieron mis amigos cuando finalmente le hablé fue algo de antología.
- Hola, estoy con ellos dos, Fabián y Gustavo –dije señalándolos– Son mis amigos. Vamos a festejar no sé muy bien qué. Disculpá que me haya quedado mirándote de esa manera, pero no lo pude evitar. Nunca hice nada parecido y me muero de vergüenza, por favor no te ofendas pero no puedo irme sin antes preguntarte si no te gustaría venir con nosotros.
La mueca de sorpresa en las caras de mis amigos cambió por una sonrisa cómplice entre los dos. Después me enteré que era porque pensaban que yo la conocía de otro lugar y que les estaba jugando una broma. Pero no era así. De vuelta pusieron la cara de sorpresa cuando oyeron la respuesta de ella.
- Yo tampoco suelo hacer lo mismo, digo lo de salir con personas que no conozco, pero en este caso la respuesta es sí. ¿Por qué no?, ya estoy harta de estar acá y salgo dentro de 5 minutos. Me cambio esta ropa y los encuentro afuera.
Ni Fabián ni Gustavo abrieron la boca. Pasamos por la caja y Fabián pagó la botella de whisky. Salimos del lugar y nos paramos enfrente a esperarla.
- Vos la conocés de algún lado... A mi no me engañás –me dijo Fabián.
- Para nada, sé que les resulta sumamente extraño lo que hice, incluso sé que esa no es mi forma de actuar, ¿cómo voy a hablarle a una mujer que no conozco de esa forma? pero créanme no sé por qué lo hice. La vi ahí parada con aspecto de cansada, vi esos ojos hermosos pero tristes y bueno, no sé, hice lo que hice. Me dio lástima, sentí que lo tenía que hacer.
En realidad no sentí lástima en ningún momento, tal vez ganas de que ella no estuviera allí. Lo que sentí fue atracción, es increíble ya lo sé, no sé como les estoy contando todo esto, pero en fin, eso fue lo que ocurrió.
- Increíble –dijo Gustavo.
- Ya lo sé, pero bueno, lo hecho... hecho está. Es muy linda así que por lo menos van a tener algo que mirar en el transcurso de la noche.
A los 3 minutos salió del lugar cambiada con sus ropas. Llevaba una mochila en la que supuse llevaría sus ropas de trabajo. Llevaba además dos bolsas del supermercado en cada mano, presumí que serían sus compras particulares.
- Vamos acá a dos cuadras. A la casa de él –dije señalándolo a Fabián.
- ¿Y qué es lo que festejan exactamente? –preguntó.
- En realidad es la fiesta de inauguración del nuevo departamento de mi amigo. Es un lugar que parece sacado de una serie de finales de los ‘70 –dije.
- Ahá... Todavía quedan muchos de esos lugares –me dijo mirándome con esos ojos verdes ahora con una mirada más distendida.
- Está amueblado y todo. Todo de los ´70 –dijo Fabián tratando infructuosamente de seguir la conversación con ella.
Pero ella se limitó a sonreír sin ganas y no emitió palabra. Realmente era muy linda. Yo seguía sin entender nada de lo que estaba haciendo y me empezaba a morir de vergüenza por lo que me dirían Fabián y Gustavo cuando estuviéramos a solas. Nunca había hecho algo similar, ni siquiera se me había pasado por la cabeza el hacer algo así.
Llegamos al edificio y al entrar me regaló una de sus más lindas sonrisas. Fabián y Gustavo seguían sin decir nada y supongo que sin entender nada también.
Subimos hasta el dpto. Entramos y Fabián enseguida puso algo de música. Gustavo fue a buscar 4 vasos para el whisky. Nos sentamos en un sofá color crema con almohadones anaranjados. Sonaba Moby de fondo.
- ¿Siempre trabajaste de promotora? –le pregunté.
- Generalmente sí. Aunque también estoy trabajando con una agencia de modelos chica. No grandes cosas, sólo algunos desfiles y algo de publicidad gráfica. ¿Y vos qué hacés de tu vida?
- Estoy estudiando biología –respondí.
- Interesante –agregó.
Los chicos estaban hablando entre ellos no sé de qué. Charlamos algunas naderías más. De pronto vi que quedaba sólo la mitad de la botella de whisky. Cómo pasaba el tiempo. Fue entonces cuando ella se levantó y empezó a bailar sola mirando distraídamente la biblioteca con los libros de mi amigo. Me levanté y empecé a moverme junto a ella. Me miró. Sonrió. Movía su cuerpo al mismo ritmo que yo. Fabián y Gustavo se limitaban a mirarnos y beber.
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Córdoba, año 2000. Viejos escritos encontrados. Ya sé que tengo todo esto muy abandonado, pasa que el laburo me trae mal. Espero que les guste igualmente, digamos que el relato es bastante distinto a lo que usualmente leen por acá.
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