domingo, agosto 20, 2006

Noruega



Eric y Andrea sin nada mejor que hacer, idos.


Les dejo aquí un relato que presenté en un concurso mensual que realiza el escritor mexicano Alberto Chimal en su blog "Las Historias". El concurso consiste en crear una pequeña historia, relato corto o mini-ficción basado en una fotografía, este mes la imagen seleccionada por Alberto es la que ven arriba.

He aquí mi humilde aporte, "Noruega". Que lo disfruten.


Segundos antes de perder la conciencia Bjorn sintió la misma sensación de somnolencia que solía atacarlo en el módulo de Álgebra, que por decisión de algún bastardo de la planificación escolar de aquel año solían ser generalmente las primeras horas de la mañana, justo cuando uno todavía no terminaba de despertarse. Varias veces se había dado de violentos cabezazos contra Stefan, compañero de banco y amigo, para despertarse sobresaltado y tratar de volver a prestar atención a lo que decía la profesora y a esos jeroglíficos matemáticos que ésta escribía en el pizarrón. Claro que ahora no estaba dándose de cabezazos, simplemente retozaba en el hombro de su amigo.

"En Noruega nunca pasa nada", le había dicho Stefan tres días antes. Así había surgido la charla que desembocó en todo esto. La misma tuvo lugar en la casa de Bjorn.

- ¿Será que la vida en un país organizado es siempre así de aburrida? -inquirió Bjorn ante la afirmación anterior de Stefan.
- La verdad es que no lo se, sólo se que aquí no hay acción. Definitivamente no es como en otros lugares, como ser Norteamérica o Sudamérica, allí hay acción, saben como divertirse.
- ¿Crees que nuestros padres llevan una vida divertida?
- No lo creo. Y es allí hacia donde vamos. Terminar el colegio, empezar la universidad, conseguir un trabajo, comprar un auto, casarnos, casa, hipoteca, pagar cuentas, comprar cosas, tener hijos, nietos y luego la muerte.

Ahora la cabeza le había comenzado a doler, pero el sueño, esa sensación de un constante irse predominaba. Miró de reojo a Stefan, éste ya parecía ido.

- No creo que ese sea el sentido de la vida -concluyó Stefan.
- ¿Qué hacer entonces? -preguntó Bjorn.
- No lo sé. Naveguemos por internet mientras tanto.
- Ok -respondió Bjorn.
- Dime una palabra -dijo Stefan.
- Japón -respondió Bjorn.

http://www.google.com - Búsqueda ingresada: "Japón" - Botón presionado: "¡Voy a tener suerte!"

- Ja! -soltó de pronto Stefan- mira donde hemos caído.
- El jodido Google parece querer definir nuestros destinos -dijo Bjorn.
- O eso parece al menos.

Luego de navegar la web destinada decidieron poner el plan en acción, así porque sí.

- Avisémosle a Eric y a Andrea -dijo entusiasmado Bjorn.
- Escríbeles un mail luego, no tengo ganas de verlos ahora -respondió Stefan.

Y como una cosa lleva a la otra finalmente aquí estamos.

- ¿En qué andan muchachos? -les preguntó el padre de Bjorn.
- En nada papá -respondió Bjorn escondiendo las llaves de la cabaña de fin de semana en uno de los 8 bolsillos de su pantalón cargo.
- ¿Hacen algo hoy? -les volvió a inquirir.
- No lo creo -respondió ahora Stefan- en este país nunca hay nada para hacer. No hay acción.

El padre de Bjorn no le prestó mayor atención a la respuesta aunque esbozó una sonrisa por la ocurrencia del muchacho. Siguió echado en el sofá mirando el fútbol con su cerveza en mano.

Stefan recibe un SMS en su móvil.

- Llegarán allá en 30 minutos, tendremos que apurarnos, tú ya tienes las llaves ¿no?, tenemos que preparar el lugar.
- No perdamos tiempo entonces.

Llegaron. Prepararon el lugar, lo de "preparar" no era más que chequear que la conexión de gas de la cabaña estuviera funcional. Al rato llegaron por fin Eric y Andrea.

- ¿Están seguros de querer hacerlo? -les preguntó Bjorn.
- Seguro, no tenemos nada que hacer -respondió Eric no sin antes buscar un gesto de complicidad en la cara de Andrea.
- Bueno, que así sea entonces -dijo Stefan abriendo una de las llaves de gas de la cocina.

Los muchachos pensaron que los encontrarían dormidos plácidamente en un par de días pero esto no fue tan así. Al arrancar el termostato del refrigerador el chispazo eléctrico hizo que la jodida cabaña de fin de semana volara por los aires.

Restos de madera chamuscada adornaron un bonito fiordo noruego aquel fin de semana. Los turistas no se lo podían creer, después decían que en Noruega nunca pasaba nada.


Nota: Google decidió que la suerte de Stefan y Bjorn era
esta.

sábado, agosto 19, 2006

Segundo año



Happy birthday Mr. Blog, happy birthday to you...


Segundo año. Se que últimamente tengo medio abandonado este lugar, son los tiempos que corren (y que parecen no dejar de correr). Espero vuelvan la inspiración y algunas ratos libres como para seguir regalándoles algunas letras.

Nuevamente muchas gracias a todos los que pasaron por acá a lo largo de estos dos años, tanto a los esporádicos como a los de siempre; porque deuxmachine es en gran medida gracias a todos ustedes, por eso hoy Marilyn vuelve a cortar la torta por segunda vez.

Salutes

lunes, julio 10, 2006

Los Otros

«Sin duda, cada vez los están entrenando mejor». Este fue el último pensamiento que cruzó por su mente antes de hacerse uno con lo Absoluto.

Ahora en cuanto a Francisco, que había sido su compañero de oficina, pocas cosas lo hubieran delatado de entrada. Esto, claro está, mirándolo en retrospectiva una vez que hubo pasado todo, ya que Francisco era una persona tranquila y de perfil bajo, colaborador como pocos y que nunca se quejaba por nada. Estas cualidades hicieron que él le fuera brindando gradualmente su confianza, incluso era uno de los pocos con los que hablaba de otros temas que no fueran estrictamente laborales. En más de una ocasión habían compartido las denominadas cenas corporativas con gente de los otros departamentos de la empresa y así fueron poco a poco creando la base de una amistad.

Tal vez fuera porque Francisco no pudo soportar la presión de cumplir con su misión lo antes posible lo que hizo que de a poco fuera descuidándose. Así fue que él empezó a percibir ciertos cambios en la conducta de su compañero. Ocurrió de pronto que, cada vez que Francisco pasaba a su lado, sentía escalofríos. Eso empezó a hacerlo sospechar. «¿Y si Francisco fuera alguien de los Otros?» «No, no puede ser» -se preguntaba y respondía a sí mismo tratando de convencerse. Es que no, no podía ser, no una vez que por fin había dado con alguien al que poder llamar amigo. Pero rápidamente se desilusionó y fue una noche en el estacionamiento subterráneo del complejo de oficinas cuando percibió una vez más ese escalofrío mortal que tantas otras veces había sentido en el pasado cada vez que alguien de los Otros había intentado tomar su vida. “No nos podrán detener, nuestro es el destino”, alcanzó a decir Francisco ya con la daga en la mano, porque esa frase era el latiguillo que usaban siempre antes de proceder. Claro que él fue más rápido y ahora era Francisco el que yacía sobre el húmedo piso del estacionamiento empapado en sangre. Alguien más de los Otros que lo intentaba, alguien más que fallaba.

Él llegó a su casa con una sensación de pesadez y total desesperanza. Se miró en el espejo del estar y vio como el brillo de sus ojos, característica que lo diferenciaba de los demás y de los Otros, de a poco iba desapareciendo. ¿En qué mundo le había tocado vivir? Sabía cuál era su misión así como sabía que el balance era lo que realmente importaba, lo que él debía mantener para de a poco ir mejorando las cosas. Pero sin duda que todo se le hacía más complicado, en la soledad en que transcurrían sus días era cada vez más difícil poder vislumbrar la luz al final del oscuro camino. Todo esto fue hasta que la conoció a ella.

Ella apareció en su vida de casualidad, mudándose junto a su unidad habitacional en el complejo residencial en el que la empresa lo había ubicado. Todo empezó en el elevador cuando ella le hizo notar que llevaba la corbata manchada con pasta dental. Y fue una sonrisa primero, un saludo amable cada día y, por sobre todo, ese brillo en los ojos que la distinguía de los demás lo que lo llevó a perder su cabeza.

Y así fue como de a poco fueron entablando charlas más extensivas a un simple saludo. Luego llegaría una invitación formal a cenar. Y así siguió el ritmo de las cosas casi por decantación hasta esa noche en que a luz de la luna él le soltó el primer «Te amo». Comprobó así que lo que le habían inculcado en lo profundo de su alma antes de enviarlo hasta aquí era verdad: El amor era la luz que no sólo se encontraba al final del camino, sino que, de vez en cuando, se la podía hallar en los ojos de alguien más en cualquier punto del viaje.

Fue así como todo se hizo más soportable, las dudas se fueron disipando de a poco y se dio cuenta de que algunas de ellas en realidad hasta carecían de sentido. Con ella a su lado todo cobró un nuevo color, seguiría con su misión de mantener el balance, seguiría liándose con los demás y seguiría encontrándose con los Otros, pero tendría a su lado una compañía, la energía del amor que lo ayudaría a ver las cosas como realmente eran.

Ocurrió una noche después de cenar, mientras ambos estaban desnudos abrazados en el balcón contemplando las estrellas y aspirando el todavía fresco aire anterior al comienzo del verano. Él le preguntó sobre el brillo en sus ojos porque rara era la vez en que podían encontrarse dos iguales con ese brillo, y básicamente fue eso lo que lo llevó a hacerle esa pregunta. Ella, primero sonriendo, sólo atinó a besarlo para luego llevarlo de la mano de vuelta hacia el cuarto en donde se perderían una vez más el uno con en el otro dentro las satinadas sábanas.

El dolor en el estómago lo sintió frío y punzante. Todavía entre sueños intentó incorporarse pero todo fue fútil. La blanquecina luz de la luna que se colaba por entre las cortinas le ayudó a ver el color oscuro de aquello que fluía de sus entrañas. Ella estaba allí, encima de él, empuñando la daga ya teñida de rojo. Lo miró en su desconcierto y de a poco se fue tornando hacia su cara para besar su frente, luego se acercó lentamente a su oído derecho y le susurró esas palabras antes oídas pero que ahora escucharía por última vez: “Nuestro es el destino, no nos podrán detener”. Él la miró por última vez pero fue en vano, ella ya no tenía aquel brillo en sus ojos.

jueves, junio 22, 2006

Onírico

Todo el mundo tiene sueños. La gente que conozco tiene sueños. Están quienes sueñan con ser escritores, locutores, grandes profesionales en sus áreas. Están los que sueñan un amor para toda la vida y los que sólo añoran tener hijos. Hay quienes sueñan con una casa y otros que tan sólo quieren mudarse a un barrio mejor.

Y cuan quijotescas pueden llegar a ser estas cosas, porque los "sueños" no son más que simples aspiraciones que tienen las personas para rellenar o dar sentido a sus vidas. Claro, no se las llama así tan sencillamente: "aspiraciones", no, se las llama de un modo más romántico pero a la vez ilusorio: "Sueños".

Lo paradójico del caso es que para soñar hace falta estar dormido y yo con lo único que sueño cada vez con más frecuencia es con poder despertar.

martes, junio 20, 2006

Fairy (Microrelato)

- Bueno, hada de los sueños, no se qué hacer.
- Decídete por la que sonría más.

sábado, junio 17, 2006

Música

Búscalo allí, dentro de la superposición de sonidos distorsionados de guitarras y bajo, porque muy dentro de esas densas paredes de ondas sonoras, ruidosas aunque con una armonía claramente detectable para el oído entrenado, se encuentra escondido el mensaje que narra la historia completa de toda la creación.

Si te dejas llevar, cerrando los ojos, y escuchando atentamente, descubirás cómo fue que se inició todo; un código divino yace oculto en esas ondas de sonido, que después de todo no son más que una abstracción físico-matemática, otra de las tantas formas en las que se expresa Dios en este plano.

La primera vez que caí en cuenta de todo esto mi mente se quedó en blanco e inmediatamente me encontré envuelto en una paz indescriptible, más oía la música y menos me lo terminaba de creer, pero así era. El escuchar atentamente me llevó luego a visualizar las fuerzas de la naturaleza dando origen a las distintas formas de vida. Alternando en el ritmo de la música, cuando lento, veía organismos detenidos en un estado de latencia, y cuando éste se aceleraba, los veía ya luchando unos contra otros; mientras que el repiqueteo constante de los tambores de una batería marcaban la cadencia de una sinfonía de corazones latiendo para mantener con vida a todas estas criaturas.

Entre los contrapuntos marcados pude verlas creándose, matándose y alimentándose unas de otras, y es que ya no había tragedia en nada de ello, sólo se estaba ejecutando una partitura orquestada a la perfección, mientras que todo el resto, incluida la humanidad, vibraba entre notas disonantes hacia un final anunciado, una vez más.


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El tema que sirvió de inspiración al post se llama "Mogwai fear Satan", de la excelente banda escocesa Mogwai. Lo pueden encontrar en el disco "Young Team" (1997). Lo sé, la canción es un tema instrumental que dura 16 minutos y tarda en cargar, pero en todo ese tiempo por momentos los elevará varias veces al cielo para luego volverlos a revolcar en la tierra una y otra vez.
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sábado, junio 10, 2006

El mar de la soledad

"Sé que el tiempo nos dejará más lejos, nos marcará el destino la única dirección de las olas, un choque sostenido del agua contra el malecón. No volveremos a sentir nuestros cuerpos temblar sobre el colchón, las caricias se mecerán solas y las caderas se condenarán sumergidas.

En la profundidad del destino, tu piel será la finísima arena blanca que pisamos un día en un sueño y tus manos llenas de corales rojos creerán sujetarme la cintura. Mientras te espero, me peinaré el cabello con conchas de nácar, me desnudaré para ti tantas veces que desaparecerá mi figura al acercarse al agua; cuando la primera ola me llegue, y el agua me empape, sabré que la mandaste tú. Porque también estoy hecha de finísima arena blanca, porque mis labios son salados, porque mis manos son tus manos, y en ellas anidan los peces.

Hoy sé que el tiempo nos dejará mucho más lejos, cada día más; y el destino nos marcará la única dirección de las olas, esas olas que se acercan de vez en cuando. Y aquel choque sostenido del agua, en esta noche frente al malecón, me acercará más a ti. Ese choque me recordará tu nombre, y hoy, en mi soledad, el mar me acompañará."


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El texto en cursiva y entrecomillado que ven arriba no es mío, o por lo menos no está escrito por mi, aunque sí inspirado en algo que alguna vez fluyó desde mi. Y es justo ahí cuando me surge siempre la pregunta: ¿Somos nosotros hacedores de nuestras obras? ¿O será que nosotros sólo somos una mera herramienta operada por una fuerza inspiradora superior? En más de una oportunidad le he comentado a amigos, muchos de ellos lectores de deuxmachine, que hay veces que no reconozco cosas que he escrito como mías, como que hay algo que en ese momento te posee y te hace fluir esos escritos que luego cuando los ves en el tiempo no los reconocés como propios.

En los vedas hindúes, tanto como en textos sufíes, budistas o taoístas, he leído infinidad de veces que nosotros no debemos considerarnos hacedores de nada de lo que hacemos, así como tampoco deberíamos de perseguir un fin material o de reconocimiento al encarar una obra. De esta forma de trabajar desapegadamente siempre surgirán las cosas más útiles y hemosas, sin excepción, así lo afirman decenas de estos milenarios textos que tienen tanto en común entre ellos (uno se sorprende al leerlos y darse cuenta de ello). Y realmente creo que hay mucho de verdad (por no decir todo) allí en todo eso.

El texto de arriba es de
Carol, más conocida por estos lares como la pequeña Malevolia. El relato surgió de una canción mía que fluyó de esa misma forma en que les comentaba en el párrafo anterior me habían surgido algunos textos. Y creo en lo particular que ese hermoso texto, uno de los mejores que he leído de Carol, fluyó de ella de similar manera.

Entonces es así que me pregunto: ¿Dónde empieza y termina lo mío? ¿Dónde es que empieza y termina lo de Carol en todo esto? Creo que no hay principio o final, esto es tanto de los dos como lo es de todos. Yo me inspiré en alguien y en una sensación al componer la canción y las notas fluyeron solas de mi guitarra, Carol se inspiró en la canción y en un sentimiento para que de igual forma fluyeran esas palabras que leen arriba.


¿Es que a acaso no lo podemos ver? No hay límites fijados, no hay fronteras de donde empieza lo mío y termina lo tuyo, porque simplemente no hay mío o tuyo, es la combinación de todos y todo lo que nos hace obrar, producir y crear todo lo que sale de nosotros. El no ver nada como propio nos hace grandes, y es cuando nos damos cuenta de que no hay yo solo ni mío, sino nosotros como uno, siendo todo nuestro.

Pueden escuchar la canción con el sublime relato en la voz de Carol haciendo click en el botón "Play" aquí abajo. Que lo disfuten.



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martes, mayo 30, 2006

Haikus

Anatman

Niños que luego
serán más cadáveres,
impermanencia.


Fall

Los corazones
yacen ya secos con las
hojas caídas.


Absoluto

Incondicional
el amor prometido,
misterio por comprobar.


El final de Maya

Vernos a todos
confluir en el todo;
no más ilusión.


Océano

Mar de conciencias
sobrevuelo a través.
Sé que soy Eso.

jueves, mayo 25, 2006

Down under

A veces me pregunto si soy el único o a más personas les ocurre lo mismo que a mi. Pasa que, como alguna vez te dije, creo haber perdido ya toda capacidad de enojarme, yo no puedo intentar imponer mi punto de vista sobre el tuyo forzándote, la mayoría ha hecho eso con vos pero yo no puedo, y eso no significa que no me importes.

La verdad es que ya no puedo discutir con vos sin luego sentirme muy mal por pensar en que lo que pude haber dicho te puede haber hecho mal aunque sea en lo más mínimo. No soporto ver que te sientas mal. Es por eso que trato de conciliarlo y solucionarlo todo, intento meterme dentro tuyo, porque sé de alguna extraña forma que yo soy vos, y es entonces cuando trato de comprender qué te pasa, para luego, si puedo, tratar de hacerte ver mi punto de vista. Pero vos te encerrás, te resistís a esto, querés quedarte con tu visión de los problemas, porque para vos ya no hay nadie que te entienda, y claro, mucho menos yo.

Ultimamente siento que ya casi nadie en el mundo escucha, todos quieren ganar, hablar ellos y quedarse con la última palabra. Y yo cedo, ya no puedo discutir, pelear, es todo tan tonto, tan absurdo. Todo el mundo se toma las cosas muy a pecho, agravan las situaciones más de lo que son, se pierden en problemas que les parecen insolucionables y yo que ya no veo fatalismo en nada de lo que sucede, sólo veo mentes construyendo prisiones de las que luego no pueden escapar.

El otoño empieza a enfriarse más de la cuenta, así como vos y yo. Ya no me enojo, sólo me ataca una tristeza que no sé como sacarla de mi cada vez que te veo caer y hacerte mal. Y sé que mi tristeza será mayor cuando decida alejarme definitivamente, aunque tal vez esto, a la larga termine siendo lo mejor.

lunes, mayo 22, 2006

Geografía de un engaño

Bernardo camina calle abajo. Acaba de verla y va abstraído en sus pensamientos. Todavía permanece envuelto en el halo de su perfume, ese perfume que lo hechizó y le forzó a recorrer la geografía de sus curvas, que lo hizo desviarse del camino que seguía.

"Con el tiempo ella ha ido dibujando un borrador, una especie de boceto del mapa de mi alma. Así como otras que pasaron sé que cree conocerme como nadie, pero conocer un borrador no es lo mismo que guiarse con el modelo final del mapa terminado, ya que sólo en éste último figuran detallados todos los caminos que soy capaz de tomar, los recovecos en los cuales puedo ocultarme."

"Sé por eso mismo que cuando llegue a casa y le confiese lo ocurrido, el camino que decidí tomar, su primer sensación será la de sorpresa, luego pasará a un estadío de enojo para terminar por último sumida en una gran decepción. Y es que nadie termina de conocer completamente al otro, sólo nos guiamos con vagos bosquejos de los mapas de sus almas."

miércoles, mayo 10, 2006

Factor X

De chicos rara vez tocábamos el tema más allá de que siempre nos reconocíamos al vernos. Era fácil identificarnos entre los que habíamos pasado por la misma experiencia, lo sentíamos simplemente con sólo mirarnos, un destello en los ojos y una percepción mutua de sabernos especiales sin saber exactamente por qué.

Recuerdo cuando mi madre me llevó por primera vez al edificio donde todo comenzó. Era una torre de concreto que contaba doce pisos. Ya dentro el mobiliario era de un estilo funcional, claramente característico de principios de los ochenta, muy moderno para la época, o eso por lo menos es lo que me sugieren las pocas imágenes que todavía conservo en mi mente sobre aquel lugar. En esos años un edificio con esas características en una ciudad tan chica como la mía era algo que llamaba la atención, claro que nadie se molestó por indagar más sobre qué era exactamente lo que funcionaba allí.

Yo tendría uno seis años por aquel entonces. Recuerdo que entramos, pasamos el lobby y mi madre que empezó a hablar con una mujer que estaba sentada tras un escritorio de vidrio. Esperamos un rato hasta que nos llamaron. Un hombre con unos ojos grises que jamás olvidaré saludó afectivamente a mamá, parecía conocerla de algún lugar. Recuerdo patente el color de sus ojos por la simple razón de que nunca en mi vida vi a alguien con esa coloración de ojos, eran de un profundo color gris plata.

El hombre posó una de sus palmas sobre mi cabeza y me sonrió. Seguidamente pasamos los tres por un pasillo estrecho y muy iluminado hasta llegar a lo que parecía ser un elevador. Ambas puertas metálicas, de un aséptico y pulcro acero platinado, se abrieron automáticamente. Dentro del cubículo no había comandos, sólo el espacio fuertemente iluminado por unas luces fluorescentes en la parte superior. El hombre me hizo un gesto como para que entre y yo entré. Me dijo que se quedaría allí con mi madre sólo unos instantes, que no me asustara, que no había nada que temer. Al cerrarse de nuevo las puertas sentí como un ruido a máquinas, algo similar al sonido que producen los aparatos que toman tomografías computadas cuando escanean a un paciente. Instantes después sentí un mareo muy fuerte aunque no lo suficiente fuerte como para que perdiera el equilibrio y cayera, aunque casi. Eso fue todo.

Alguna que otra vez en el colegio, y siempre entre los que nos reconocíamos, charlábamos del tema pero invariablemente nos quedábamos con más interrogantes que respuestas. Martín, Pablo, Sebastián y yo. En el instituto de inglés nos reconocimos con Claudio y Marcelino. Todos habíamos nacido en 1975 por lo que teníamos la misma edad, esa coincidencia parecía ser lo único en común entre nosotros, eso y el hecho de haber estado con nuestras madres en el edificio aquel.

Desde el momento en que se nos sometió a esa extraña experiencia cada tanto pasábamos en grupo frente al lugar y mirábamos disimuladamente en dirección a la entrada más allá que los vidrios polarizados de dorado siempre nos impidieron ver qué ocurría allí dentro. Con el tiempo, al ir creciendo, de a poco me fui animando a pasar solo por allí. Siempre observé y sentí lo mismo: aquel portal y los vidrios polarizados, las mismas dudas y siempre esa extraña sensación en el estómago que me impedía acercarme demasiado. Todo esto hasta la semana pasada, cuando al pasar por la entrada, un par de ojos grises llamaron mi atención.

Estaba algo más viejo pero lo reconocí en el acto. Hirschfeld dijo llamarse cuando se presentó, no hizo falta que me presentase, ya sabía quién era yo. Como hace años me invitó a pasar y pasé. Ya en el lobby de entrada y para mi sorpresa, luego de un largo tiempo sin ver a muchos de ellos, allí estaban Martín, Pablo, Sebastián, Claudio y Marcelino. Todos nos mirábamos con la misma cara de asombro y antes de poder siquiera empezar a hablar, Hirschfeld soltó una frase que captó de inmediato nuestra atención:

- Bueno, caballeros, creo que ha llegado la hora de decirles quienes son en realidad, por qué están aquí y con qué objetivos es que han llegado ustedes a esta vida. Como introducción sólo puedo decirles que el momento ha llegado y que ya es hora de empezar a cambiar algunas cosas en este mundo.

viernes, mayo 05, 2006

El aroma a lavanda

Lo primero que le llamó la atención fue el hecho de que la cabaña estuviera rodeada por aquella extensión de plantas de lavanda. La señora de Gómez fue la encargada de mostrarle el lugar a pesar de que Ana había arreglado los pormenores del arrendamiento por teléfono con el mismo Gómez, pero resultó ser que éste hacía ya un buen tiempo que no salía de la estancia por estar sumido en una gran depresión, o por lo menos eso fue lo que le dijo la mujer al recibirla en la entrada del campo.

- Pase por acá -le dijo la mujerona a Ana invitándola a pasar dentro de la cabaña.
- Permiso -dijo tímidamente Ana mientras entraba en el estar.
- Como verá es amplia, la habitación es aquella puerta de la derecha y el cuarto de baño está al fondo del lado izquierdo.
- Gracias, pareciera estar todo en orden -acotó Ana.
- Cualquier cosa me avisa -dijo la Señora de Gómez encaminándose hacia la puerta.
- Dígame ¿cómo está su marido? -inquirió de pronto Ana- por teléfono su voz denotaba un buen estado de ánimo...
- La verdad es que él no está muy bien, señorita. El tema éste de la plantación es lo que lo tiene mal.
- ¿Se refiere a la plantación de lavanda allí afuera? -inquirió Ana.
- Esa misma, pasa que las plantas ya no son lo que alguna vez fueron. Han perdido la esencia, ¿vio?, el olor.
- ¿Perder el olor? ¿Cómo es eso posible? -preguntó Ana casi en forma retórica.

Al escuchar el tono de voz en que Ana hizo la pregunta la señora de Gómez prefirió evitar contestarle y con un gesto nervioso le señaló la puerta de entrada.

- Mi esposo ha perdido la llave de la puerta -le dijo con voz firme- Espero no le importe, igualmente el campo es seguro, acá nunca pasa nada...
- Entiendo, pero no se preocupe -dijo Ana- ya vivo demasiado encerrada en la ciudad como para tener que encerrarme también cuando estoy de vacaciones.
- Bueno, entonces mejor así señorita, recuerde que a 200 metros de la entrada al campo está la estancia. Cualquier cosa no dude en buscarnos allí.
- Muchas gracias señora, pierda cuidado. Mis saludos a su marido, ojalá se reponga pronto.
- Les serán dados señorita -respondió secamente la mujer antes de salir de la cabaña.

Ana desempacó sus cosas y luego de refrescarse en el baño decidió salir a recorrer el campo. Ya dentro de la plantación se agachó e intentó percibir el olor de las plantas. Nada. Absolutamente inodoras. Inesperadamente un escalofrío recorrió su espina dorsal pero antes de qué pudiera evaluar la sensación notó que detrás suyo había un joven observándola. Parecía ser uno de los peones, ya lo había visto antes al llegar, parado al costado de la tranquera de entrada al campo.

- ¿Por qué estas plantas de lavanda no tienen olor? –indagó Ana.

El joven no contestó. Ana se lo quedó mirando fijamente.

- En las noches cuando levanta el viento sentirá el aroma, pero no importa qué tan fuerte sea éste, no salga de la cabaña. A él no le gusta que nadie ande en la plantación cuando las plantas destilan su perfume. El aroma es sólo para él.
- ¿Del señor Gómez me hablás?
- No. Gómez sabe que no puede hacer nada más.
- ¿Y quién es él?

El joven no respondió y sin más salió corriendo en dirección a la entrada del campo.

Esa misma noche, luego de disfrutar de una frugal cena campestre, Ana tomo un libro y se recostó en uno de los sillones del estar para leer. Hacía algo de calor y no corría nada de aire. Deseó un poco de viento. Habría pasado una media hora cuando las cortinas empezaron a danzar suavemente al son de un aire ya más fresco. Un tenue olor a lavanda invadió el ambiente del estar y logró que Ana levantara su mirada del libro. Lentamente se levantó del sillón y se dirigió hacia la ventana. Al asomarse observó una enorme luna llena iluminando todo el campo, haciendo resplandecer de una forma especial el color púrpura de la plantación.

En un principio dudó en salir por más que el aire fresco se tornaba cada vez más seductor, irresistible, invitándola a que diera una caminata por entre las plantas, pero cuando el olor a lavanda se hizo ya más perceptible, Ana recayó en un extraño estado de sopor que la hizo dejar de lado su precaución inicial para salir de la cabaña y encaminarse rumbo a la plantación. Una vez dentro y ya en cuclillas aspiró aquella esencia embriagadora que despedían los vegetales, fue cuando el aroma a lavanda terminó de llenar sus pulmones que salió súbitamente de aquel estado de sopor que la había poseído y nuevamente sintió ese escalofrío que volvía a recorrerle la espina dorsal. Una vez conciente y ya fuera del hechizo de las plantas aspiró profundamente una vez más pero no percibió aroma alguno en el aire y, asustada, corrió nuevamente hacia la cabaña. Ya dentro del estar esperó tranquilizarse un poco para luego volver a tumbarse en el sillón y así retomar su lectura.

Repentinamente el viento volvió a levantarse pero ya con más intensidad. Las cortinas que antes danzaban lentas ahora se movían frenéticamente. La temperatura descendió de golpe y el aroma a lavanda invadió todos los espacios de la cabaña haciendo el aire casi irrespirable. Ana sólo atinó a llevarse un pañuelo a la nariz y no llegó siquiera a levantarse cuando sintió esa presencia en la puerta de entrada que no paraba de vibrar; lo último que llegó a ver fue como el picaporte descendía lentamente.