jueves, junio 09, 2005

Achtung! Baby...

Ya desde ahora te lo voy advirtiendo para que después no digas que no te avisé: Yo que vos me cuidaría y me iría preparando porque al momento de encontrarnos esa energía tan malgastada utilizada en Hiroshima y Nagasaki juntas será sólo una vulgar demostración de poder a comparación de lo que experimentaremos cuando nos demos ese primer beso.

martes, junio 07, 2005

Tráfico de información

Suenan los dos golpes en la puerta, como habíamos acordado. Estoy en la habitación 3034 del Sheraton de Kuala Lumpur.

- ¿El Señor Taylor? -pregunta una voz de hombre desde el otro lado.
- Santo y Seña -le respondo en voz alta.
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"Wetterbericht für morgen: Regen" -responde en un alemán casi perfecto.

Abro la puerta cautelosamente. Lo observo. Miro hacia los costados del pasillo. Todo despejado.

- Adelante.
- Buenas noches -me dice.
- Pase, por favor. ¿Trajo lo que le pedí?
- Tranquilo -dice llevándose el dedo índice de su mano derecha a la boca para indicarme que guardara silencio. En el ambiente ahora sólo se escucha la radio...

"...And all that noise and all that sound,
all those spaces I have found.
And birds go flying at the speed of sound,
to show you how it all began.
Birds came flying from the underground,
if you could see it then you'd understand..."


Suena ese nuevo corte de Coldplay tan pegadizo. Mientras silvo bajito la pegajoza melodía, el oriental saca una especie de scanner del bolsillo interno de su sobretodo. Lo enciende y el maldito trasto suelta un pitido, señal de que estaba funcionando.

- Con usted siempre hace falta ser por demás precavido.
- Vaya confianza la que usted me tiene -le digo mientras me pasa el scanner por el cuerpo, buscando micrófonos o algún otro dispositivo de transmisión oculto entre mis ropas.
- Usted está limpio -dice con voz resignada.

De repente saca un revolver con un ágil movimiento de su mano izquierda.

- Tranquilo, tranquilo -le digo intentanto calmarlo.
- ¿No habrá nadie más aquí verdad? -pregunta- ¿Por ejemplo dentro del placard?
- Aquí no hay nadie, hombre.
- ¿Prometido? -me pregunta.
- Cumplido -le respondo mientras abre de un saque la puerta del closet comprobando que el mismo estaba vacío.
- Ok Señor Taylor, vamos a los papeles. ¿Dónde está mi dinero?
- En el maletín, sobre la cama.

Se acerca a la cama, abre el maletín y le echa un rápido vistazo al interior. Ahora saca un sobre papel madera de su abrigo y me lo arroja.

- Como siempre: Un placer hacer negocios con usted Señor Taylor.
- Lo mismo digo Señor Takashi, lo mismo digo.
- Buenas noches y hasta pronto -saluda y se marcha.

Ya solo en el cuarto abro el sobre. Allí estaban los números. Los miro detenidamente, los analizo... Y sí. Parecen ser éstos, las tres cifras ganadoras que saldrán a la cabeza pasado mañana en la quiniela vespertina de la Lotería Provincial del Chaco. Le tendré que jugar nomás.

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La idea era juntar palabras tan distantes como Coldplay y Chaco, y bueno, parece que se puede y salió eso.
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viernes, junio 03, 2005

Visitante 2000

El gerente del departamento de marketing de deuxmachine acaba de informame de una nueva promoción para los lectores de este blog: El visitante número 2000 se ganará una cena con el 4 (centro-defensa) del Club Sportivo Juventud Antoniana de Salta (del que en este momento no recuerdo el nombre) en un carrito de choripanes próximo a definirse, frente a la costanera del Río de la Plata.

En un esfuerzo mayúsculo de producción podrá acompañarse el susodicho choripán de cena con una gaseosa de primera marca, entiéndase ésto como que Coca-Cola y Pepsi están inluídas en el menú, dada las negativas sondeadas en las respuestas de los lectores en nuestras últimas encuestas en cuanto a aceptar la Pritty Limón como una opción válida de refrigerio.

Me despido por el momento. Suerte y que gane (o llegue) el mejor.

Salutes

juanba
Editor en Jefe

jueves, junio 02, 2005

Ficción caótica

Detrás de él apareció, para mi sorpresa, una silueta con aroma a cappuccino y mirada de gillette. La misma mirada de gillette que reconocí en los ojos de mi madre al mirar aquella fotografía en la sala de mi casa, la misma mirada de gillette que ya se podía vislumbrar en mis ojos desde hacía algún tiempo atrás. Sí, la silueta era la de ella.

Incrédulo y sintiéndome como desamparado ante el crudo frío de la noche, miré detenidamente a estos dos seres que tenía enfrente. En ese momento, y al verlos juntos, me di cuenta que aquellos dos serían las piezas fundamentales para desenmarañar la aparentemente caótica estrategia que hasta ese momento había estado utilizando mi contrincante, a saber, mi Dios, en este ilógico juego de ajedrez en el que se había transformado mi vida.

Mi mente trataba de encontrar una salida racional para terminar con aquel bizarro juego pero, a pesar de ello, en esos momentos todavía no podía hallar esa salida aunque muy dentro mío sabía que ya faltaba poco para llegar a ella, y que para llegar dependería sólo de mi voluntad, ahora sí, yendo sin pausas y sin dudas hasta el final y no deteniéndome como de costumbre a tomar las
salidas de emergencia, cosa que había hecho durante toda mi vida.

Miré fijamente a los ojos de mi comandante y sólo atiné a decirle:

- Búsquese un reemplazo para mi turno de hoy en la Comandancia, que yo me vuelvo a casa.

Sin darle tiempo a contestar me hice a un lado y tomé el rumbo opuesto, de vuelta hacia el refugio de mi hogar. Al pasar por su lado vi de reojo como ella extendió su brazo para tomarme por la manga de mi abrigo, pero su intento quedó frustrado por el comandante cuando éste interpuso su brazo delante de ella mientras le gesticulaba un "no" con un nervioso movimiento de cabeza.

Llegué a casa y me derrumbé sobre el sofá. Luego de mirar unos minutos el techo del living decidí servirme un whisky. Necesitaba pensar. Necesitaba de una vez por todas armar mi historia, esa que tantas veces rehusé conformar, tal vez por miedo, tal vez por conformismo, tal vez por que me gustara sufrir, tal vez por... Ya ni sé. Empecé por el principio, y éste sería uno de esos principios que a su vez, y yo ya estaba seguro de ello por aquel entonces, formaría parte del final.

II


Mi madre se había quitado la vida poco después de que yo cumpliera los cuatro años de edad, fue la primer pieza sacrificada al comienzo del juego por razones que yo hasta ese entonces desconocía. Por otro lado mi padre había sido una de esas piezas que habían desaparecido del tablero misteriosamente, así como así, de un momento a otro y sin dejar rastros. Siempre que preguntaba queriendo saber sobre él, mi abuela materna se cerraba en un hermetismo absoluto y nunca le pude sacar una palabra en concreto. Recuerdo que un día, tendría yo unos siete u ocho años, tal vez cansada ya de que le preguntase, me dijo que mi padre había muerto. Eso fue algo que nunca le creí.

Raúl González, mi comandante, había sido desde siempre un viejo amigo de la familia, en realidad era casi como un tío, pero con actitudes y corazón de padre. El fue mi tutor y protector cuando me sugirió, y finalmente convenció, de que me uniera a la fuerza. Ya desde la trágica muerte de mi madre se había transformado en una presencia constante y contenedora en mi hogar, se podría decir que las pocas horas libres que le dejaba el trabajo en la Comandancia me las dedicaba a mí, ya que solía pasar largas tardes charlando junto a mi abuela mientras yo correteaba de aquí para allá por el patio de la casa. En más de una ocasión me había dicho que yo era el hijo que él nunca había podido tener, y cada vez que me decía aquellas palabras no podía evitar que se le escaparan un par de lágrimas de esos grandes y melancólicos ojos.

Decidido a revolver viejos recuerdos fue que bajé del tope del ropero de la abuela la vieja caja que contenía las fotos familiares. Ante mis ojos brillaban aquellos viejos fotogramas impregnados de olor a viejo, fotogramas que formaban parte del comienzo de la película de mi vida, fotogramas que al igual que con la cinta cassette grabada con la voz de mi madre, jamás tuve el coraje de volver a enfrentar.

La historia retratada en esas fotos me arrancó de cuajo del devastado terreno de mi realidad para transplantarme nuevamente en las fértiles tierras de mi más dulce infancia. Muchas de las fotografías recordaba haberlas visto junto a mi abuela, otras tantas no, ya que esas eran las que mi abuela hacía a un lado y nunca me mostraba. Me sorprendí sobremanera al ver una fotografía de mi madre cargándome en brazos sobre lo que parecía ser un muy abultado vientre, yo no tendría ni dos años al momento en que tomaron aquella placa. Algo en esa fotografía despertó mis sospechas, para confirmarlas momentos después, al verla en otra foto de la misma secuencia: mi madre sola en el patio de la casa, con esa mirada como de perdida, acariciándose inconscientemente su vientre, un voluminoso vientre de mujer ya a punto de dar a luz.

Un hombre con algunos rasgos parecidos a los de mi comandante, y casualmente también demasiado parecidos a los míos, era también el protagonista de muchas de aquellas otras fotos que nunca se me mostraron. ¿Quién sería aquel hombre? ¿Por qué estaba tan tiernamente abrazado a mamá en una de las fotografías? Poco a poco fui moviendo las piezas en mi cabeza. De repente las cosas se aclararon, fue como un momento de gracia en donde todo se me reveló. Recién en ese momento pude anticipar dos jugadas por delante, así como lo hacen todos los grandes ajedrecistas, dos jugadas que definirían, al menos en forma parcial, el resultado del juego, inclinando la balanza, aunque más no fuera por esa vez, a mi favor.

Puse dos de aquellas fotos en el bolsillo interior de mi abrigo y salí hacia el bar donde dijo trabajar Raquel. Sí, Raquel, ése era su nombre, o al menos el nombre que declaró tener al momento de radicar esa extraña denuncia aquella mañana en la Comandancia. Yo ya conocía el lugar, solíamos ir siempre por allí con mi comandante años atrás, incluso habíamos festejado un par de retiros de viejos compañeros allí mismo. Aquel bar parecía ser uno de los lugares favoritos de los policías de la vieja guardia, de la vieja escuela, de esos que ya casi no quedan.

Serían algo más de las dos de la mañana cuando entré en el bar. El ambiente era pequeño, un par de sujetos sentados a la barra voltearon para echarme una mirada. Cabeceé en forma de saludo y murmuré un inteligible "buenas noches". Había sólo tres mesas ocupadas por hombres solos. Dos de ellos estaban escribiendo en blocs de notas, parecían desvelados escritores bohemios sin otro lugar mejor en el que estar a esas altas horas de la noche. Raquel estaba detrás de la barra, se sorprendió al verme y no lo pudo ocultar, su mirada otrora de gillette, ahora se humedecía hasta las lágrimas. Rodee la barra y ella hizo lo mismo, al salir me abracé a ella envolviéndome en su halo de aromas a café. Ella me abrazó con fuerza, y al encontrarse nuestras energías transformaron aquel momento en algo sublime, único, imborrable, y es que no podía ser para menos ya que era la primera vez que ella abrazaba a su hermano y que yo abrazaba a mi hermana. No había nada que decir en aquellos momentos, en ese abrazo inicial ya nos habíamos dicho casi todo, por lo menos todo lo más importante.

Ella ya estaba de vuelta atrás del mostrador, su lugar de trabajo, y yo sentado a la barra. Saqué del bolsillo interior de mi abrigo las fotografías. Al verlas sonrió y se enjugó un par de lágrimas que rodaban por sus mejillas. Nos contamos nuestras historias, yo le conté de mamá, ella me contó de papá y de esa trágica huida al nacer ella fruto de una terrible pelea entre ellos, pelea y huida que años después desembocó, supongo yo, y entre tantas otras causas, en el suicidio de mamá. Papá había muerto hacía dos meses de un cáncer terminal de pulmón y Raquel se había venido hasta aquí, con los pocos datos que le había dado el viejo antes morir, con el objeto de rearmar su historia, de igual forma que yo había decidido hacer lo mismo un par de horas antes esa misma noche, y bueno, eso era lo que finalmente estábamos haciendo allí, en ese bar, a esas horas, en esa fría noche de invierno.

Y así siguió la noche, y así pasaron las horas y así se fueron uno a uno los clientes para ya así poder llorar juntos, tranquilos, abrazados, por todo lo que fue, por todo lo que pudo haber sido y finalmente por todo lo que nunca pudo ser.

- Mi turno termina dentro de media hora –me dijo– Tenemos que ir a ver al tío, él no quería contarte la historia de repente, temía por ti, me dijo que te encontraba cada vez más ensimismado y taciturno, el pobre hombre tenía miedo de que tomaras alguna decisión fatal, que siguieras el camino de mamá o algo así.
- ¿El fue el que te consiguió el empleo aquí en el bar verdad?
- Sí, fue gracias a él, me dijo que conocía al dueño.
- Solíamos venir por aquí al terminar los turnos nocturnos en la Comandancia.
- Juan... –me dice– No culpes al pobre hombre, él al igual que nosotros debería tener sus razones para dejar que la historia siguiera su curso sola. Tal vez nos tardamos demasiado, es verdad, pero bueno, a veces es mejor dejar que las cosas fluyan y maduren solas, más allá del tiempo perdido. Todo pasa por una razón ¿no crees?
- Creo firmemente en ello y te entiendo Raquel, créeme que te entiendo. Pero igual pienso: malditos tontos, todos nosotros, mira el tiempo que hemos perdido. Todo lo que hubiésemos podido hacer, todo lo hubiésemos podido ser.
- Eso ya no importa, porque los hubiésemos no existen.
- Supongo que tienes razón, hermana, supongo que tienes razón...

Al dar las 7.30 salimos de allí y caminamos rumbo a la Comandancia, sabía que allí encontraría a mi comandante, a mi tío con corazón de padre, cubriéndome en el turno que yo había abandonado la noche anterior. Tomé la mano de Raquel, nos miramos, sonreímos. Los primeros rayos del sol nos saludaban desde el horizonte, fue en ese momento cuando volví a mirar al cielo, ya con algo más de esperanza, y fue también en ese momento que finalmente decidí declarar tablas en el juego de ajedrez de mi vida, cuando al fin pude darme cuenta que ya no tenía sentido seguir jugando un juego contra mi mismo.

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Para leer el comienzo de esta historia, tendrás que pasar por el blog de Eduardo, haciendo click
aquí.

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miércoles, mayo 25, 2005

Posts a domicilio

Me presenté en la cadetería, dubitativo, no voy a negarlo, pasa que no sabía si esta gente me iba a entender lo que yo quería.

- Buenos días joven ¿en qué puedo ayudarlo? -saludó cordialmente un hombre mayor desde detrás de un viejo mostrador de madera opaca.
- Sí, buen día don, estaba averiguando por los precios de los viajes que realizan los cadetes.
- ¿Necesita cadete para trámite o entrega?
- Más bien sería para delivery.
- ¿Lo qué?
- Disculpe, entregas, don, entregas serían.
- Ah bueno, que entonces eso va a depender del sector de la ciudad en donde se hayan de realizar las entregas. Verá, cobramos por kilómetro, tomando como referencia esta que es nuestra casa matriz.

Al oir estas palabras, un cadete que estaba sentado en una silla mirando Crónica TV se volteó y miró al viejo como extrañado. "¿Casa matriz?", pensé yo. "Vaya, si esto no es más que un cuartucho de 4 por 4, pero en fin..."

- Correcto, entiendo... -dije.
- ¿Y qué es lo que usted querría entregar? -me pregunta.
- En realidad tengo que entregar posts.
- ¿Postes?
- No, no... Posts. Son unos escritos digitales pero mi idea es pasarlos a papel para la distribución.
- Ah, veo, veo -dijo el hombre algo (bastante) incrédulo.
- Claro, la cosa es que tengo un blog en internet pero resulta que me he encontrado con un pequeño grupo de seguidores que no disponen de conexión o que no disponen de los conocimientos informáticos básicos digamos como para acceder al blog.
- ...
- Por caso, tengo unas tías abuelas muy viejas que no entienden ni jota de todo esto. Pero lo que les he alcanzado en formato papel parecen entenderlo bien, e incluso me han dicho que "posteo" bastante lindo. Ah y está S., de mi oficina, persona grande también, a ella le tiro las copias por la impresora en el trabajo, el tema con S. son los posts de fin de semana, como que no hay forma de hacérselos llegar, verá, yo no tengo auto.
- Mire yo mucho de eso de lo que me habla no entiendo...
- No tiene nada que entender buen hombre, que yo lo que requiero no son más que sus servicios de transporte para estos papeles.
- Séame sincero joven -me dice- ¿Eso no tiene nada que ver con droga? Andar distribuyendo papelitos por ahí me suena a cosa rara, y yo no quiero líos.
- Pero no, buen hombre, no, que usted me parece que no me entiende.
- A ver joven, déjeme hacer una llamada, tengo unos señores amigos míos que creo que entienden algo de éste asunto y tal vez me puedan ayudar...

Cuando ví que marcó el 101 fue que decidí salir pitando de allí, que si el viejo no entendía más difícil iba ser explicarle todo esto a los uniformados.

jueves, mayo 12, 2005

Disculpas

Carolina bajó apurada como casi todas las mañanas. Salió del edificio caminando rápidamente. Desde hacía algunas semanas atrás, y sobre todo cada vez que salía a la calle, la acechaban los mismos pensamientos: el arreglo del auto, el pago de algunas deudas, el joven interesado pero que no se comprometía (al menos no lo suficiente), el colegio de los niños y la maldita computadora que funcionaba cada vez peor.

Iba con el ceño fruncido, la cabeza gacha, mirando hacia abajo a las baldosas pasar con rapidez bajo sus botas. Estaba llegando tarde, odiaba llegar tarde, su sentido de la responsabilidad era como una alarma sonando dentro de su cabeza que no podía obviar. Al llegar a la esquina, siempre caminando con su mirada baja, fue que tropezó con ella. Sintió un leve toque en la frente, nada brusco, no dolió. Era una mariposa, un insecto con una hermosa configuración de alas negras salpicadas con pintitas de color púrpura.

Luego del tropiezo ambas se quedaron inmóviles, observándose mutuamente. La mariposa sólo aleteaba flotando sobre el mismo lugar. Parecía mirarla fijamente, como esperando algo. Carolina se extrañó sobremanera, tanto, que los demás problemas desaparecieron de su cabeza en un abrir y cerrar de ojos, y es que hasta la alarma de la responsabilidad habia dejado de sonar.

Las dos siguieron así por unos instantes más. Luego Carolina empezó a notar que la gente se detenía a mirar, si hasta los de la vereda de enfrente se paraban y observaban curiosos. Sentía como las miradas se clavaban fijas en ella. Carolina no sabía qué hacer. Alternaba su mirada, cada vez más nerviosa, entre la mariposa que seguía allí esperando y la gente que no sabía qué esperar de todo aquello. Al fin no pudo resistirlo más, y mirando a la mariposa a los ojos lo tuvo que decir:

- Disculpame, no te vi.

Pronunciadas las disculpas, Carolina se ruborizó, bajó nuevamente su mirada y siguió su camino. Lo mismo hizo la gente que se había detenido a mirar. Mientras tanto, la mariposa ya había girado y miraba alejarse raudamente a aquella mujer. Esa misma tardecita, pensaba, y luego de cumplir con aquel trabajo que le quedaba pendiente en el rosal de la plaza principal, se reuniría a por unos tragos de néctar con sus otras camaradas aladas en aquel viejo cantero que está frente a la catedral y estaba casi segura que ninguna de sus compañeras creería la historia de esa extraña disculpa que les tenía para contar.

miércoles, mayo 04, 2005

Reinicio

India. El viejo Visvaka tenía sólo seís vellos en su pecho, nunca tuvo uno menos así como nunca tendría uno de más. Pero aquel día Visvaka amaneció con un vello de menos. Al notarlo no se sorprendió en demasía ya que sabía lo que ello significaba, y menos se sorprendió aún cuando se produjo el primer temblor de tierra. Salió corriendo de la choza, con su nieto tomado del brazo, en busca de su hijo. A los pocos metros se lo encontró. Su hijo, agitado, le dijo: "Lo sé padre, ha comenzado. Corramos hacia las montañas." Aquel vello que cayó de su pecho, le contaría luego Visvaka a su nieto, significaba la muerte de un Indra o sea un nuevo parpadeo de Brahma; la terminación de una era, empero, el comienzo de otra (*).

Mar de la Tranquilidad. Eva Nabokov, desde el transbordador, interrumpió la paz temporal de su compañero que se encontraba en la superficie lunar observando extasiado aquel sublime espectáculo representado por el paisaje selenoide. Le comunicó que había perdido el link con la estación espacial internacional que orbitaba alrededor de la Tierra. Al recibir el mensaje Kowalski sólo atinó a mirar hacia el planeta. Y fue en ese instante cuando ocurrió, el eje de la Tierra se desplazó en lo que sería una nueva inversión de los polos geográficos y magnéticos del planeta. Ahora, la estación espacial era sólo un punto que se consumía en llamas ante sus ojos mientras daba contra la atmósfera terrestre junto a otros miles de satélites que fueron atraidos de golpe contra el planeta por el brusco cambio en la fuerza de gravedad.

Transbordador. Kowalski y su compañera sólo pueden observar, cual testigos pasivos, aquel magnífico evento. No dan crédito a lo que sus ojos ven. Luego vendría esa primera charla preguntándose los porqué: el porqué de lo ocurrido, el porqué de ellos allí, el porqué del privilegio de observar, el porqué del privilegio de sobrevivir para finalmente terminar ya respondiéndose a sí mismos sobre el porqué de esta experiencia repetitiva para aprender. Pero por el momento Eva sigue llorando, está renunciando a entender, es que simplemente todavía no lo puede ver. Kowalski suspira y trata de consolarla, y sólo cuando ella lo llama por su primer nombre para abrazarlo, fue que él, Adán Kowalski, finalmente pudo entender.

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(*) Notas:

Algo de mitología hindú.

Un Indra representa en el mundo terrenal lo inmanente de este misterio de la eternidad. Indra es la encarnación terrenal del espíritu divino, representa la virtud y el deber (dharma).

Brahma está sentado sobre un loto (así es su trono) y Brahma y el loto crecen del ombligo de Vishnú. A su vez Vishnú está flotando sobre el oceáno cósmico, recostado sobre una gran serpiente cuyo nombre es Ananta (la interminable).

He aquí la escena completa:
Vishnú recostado en el espacio, en su ombligo está Brahma sentado en su loto, parpadeando una vez cada cierto tiempo, cada parpadeo es una era en la Tierra con un Indra como representante.

Fuente: Mitos de la luz, metáforas orientales de lo eterno.
Capítulo I, "La sumisión de Indra".
Joseph Campbell
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lunes, mayo 02, 2005

Un puente

Eran las 15.30 de una calurosa tarde de Enero cuando Martín salió del ranchito y se dirigió rumbo al puente. Gran parte del pueblo dormía la siesta y los pocos que no podían conciliar el sueño debido a las altas temperaturas rezaban para que pararan esos calores. Hacía ya un mes y quince días que no llovía.

Martín atravesó las polvorientas calles desiertas. El cielo despejado se incendiaba con un sol abrazador e impiadoso con todo aquel que osara andar fuera de su casa por aquellas horas. Recordó Diciembre y las fiestas, las primeras sin sus padres. Lo invadieron los recuerdos del fatal accidente, pero seguidamente, un terrible dolor en el estómago, como una punzada, le recordaría que hacía ya dos días que no comía. Luego llegarían los pensamientos de la falta de lluvia, la falta de trabajo, la falta de dinero y hasta la falta de amor. Todos ellos pujando en su cabeza para que no hiciera otra cosa más que afianzarse en su determinación.

Caminó hasta la mitad del puente. Se subió al borde elevado de la cornisa. Miró hacia abajo. El fondo del cañadón a cien metros. El cauce seco del río. Las piedras. Cerró sus ojos. Extendió los brazos, con las palmas de ambas manos mirando al cielo. Cualquiera que lo hubiese mirado desde lejos hubiera jurado que aquello era una cruz humana estaqueada en la mitad de un puente. Y fue allí cuando ocurrió. Dos gotas de agua cayeron desde el cielo diáfano, cual lágrimas, una sobre cada palma. Luego vendría el tirón en la camisa, ella que lo abrazaba y aquel aguacero torrencial que caería esa misma noche mientras hacían el amor.

viernes, abril 29, 2005

Estaciones

He empezado a despedirme de esa gente que veo con poca frecuencia, esos que veo una vez cada dos o tres meses nada más. Claro, porque una vez llegado el momento, sólo quiero tener que despedirme de los que veo a diario y así poder irme tranquilo sabiendo que no olvidé a nadie, ni a los que veo siempre, ni a los que no veo nunca.

Pasa que decidí vivir mi vida en un invierno eterno, constante, viajando de ahora en más de hemisferio en hemisferio persiguiendo el frío que va llevando a cuestas la estación invernal. ¿Que cuándo pararé? Sólo cuando te encuentre, y en ese mismo momento, pero ya juntos, nos dedicaremos a perseguir al calor del verano.

Lo que me pregunto ya ahora, sin saber si alguna vez voy a encontrarte, es dónde pasaremos ese primer verano, si allá o acá.

miércoles, abril 27, 2005

Infinito

La veo hacer zapping. Me entretiene verla, me gusta ya que esto me ayuda a conocerla en otra de sus facetas. Y es así, hoy disfruto de algo tan simple y tonto como observarla pasivamente, viendo la forma en que va saltando de canal en canal. Trato de captar patrones ocultos en su selección de canales. Evalúo la cadencia entre las pulsaciones y el tiempo en que se queda en cada canal antes de pasar al siguiente.

De pronto se detiene en el canal Infinito. Y es que en Infinito andan siempre tratando de encontrar a Dios o al Diablo o a los mismísimos extraterrestres, pero claro, nunca pueden dar con ellos. Parece que decide quedarse allí, la veo bajar el control remoto lenta e inconscientemente, sin despegar su mirada atenta de la pantalla. Vió algo que le llamó la atención. La miro de reojo, luego miro los platos ya vacíos sobre la mesa. En la pantalla aparecen ahora un grupo de (so called) "expedicionarios" recorriendo un conjunto de ruinas Mayas en Tulúm, México. Ahora deja el control remoto sobre la mesa. Sube sus piernas a la silla y las rodea con sus brazos. Apoya el mentón sobre sus rodillas y mira atenta.

Ya en el programa parece que este grupo de expedicionarios está tratando de dar con un viejo (so called) "brujo" que los inicie en no sé qué ritual de brujería antigua. Bueno, la cosa es que dan con el viejo y de pronto aparece de la nada el Diablo en la conversación. El viejo brujo les dice que él puede establecer contacto con el mismísimo Señor de las Tinieblas en persona en una cueva no muy lejos de donde se encontraban en ese momento. La cosa es que el viejo elige a uno de los del grupo para que lo acompañe a la cueva en cuestión para ya allí iniciarlo en estas artes oscuras.

Suena el teléfono y me llevo el inalámbrico a mi cuarto para hablar allí sin molestarla, ella se queda en el comedor diario abstraída e inmersa en estos temas del más allá. Termino de hablar. Vuelvo al comedor, ella sigue atenta al tubo. Me paro a su lado y cruzo los brazos mirando con aparente curiosidad la pantalla.

- ¿Y? ¿Ya se encontraron con el Diablo?
- No, todavía no.

Levanto los platos de la mesa. Entro en la cocina. Me dispongo a lavarlos, de paso y ya que estoy ahí sigo con las ollas y los otros utencillos que usé para preparar la cena. Me tomo mi tiempo. Seco todo. Mientras tanto, desde el comedor, el televisor emite una música de circunstancia, una música de suspenso. "¿Se encontrarán con el Diablo?", me pregunto mentalmente. Saco de la heladera el helado como para que se vaya ablandando un poco. Vuelvo con ella. Ya nos econtrábamos en la mitad de un corte comercial.

- ¿Y? ¿Apareció?
- Nah, que no pudieron establecer el contacto.

La miro, sonrío. Claro, pienso, lo que esta gente no sabe es que tanto a Dios como al Diablo y como a los mismísimos extraterrestres les da mucha vergüenza salir por televisión.

martes, abril 26, 2005

Ignorado

Esta mañana, al ir saliendo de casa, noto que a pesar de los 2º de temperatura que anunciaron en la radio, no siento frío. Pero tampoco calor. Camino hacia la oficina y no siento la temperatura, me siento como... neutro, sí, neutro es la palabra.

He llegado casi último y entro oficina por oficina a saludar. La veo a S., hoy con un sweater nuevo color rojo que le va muy bien. Le doy los buenos días. No hubo respuesta. Me dirijo hacia la oficina de D., entro, está con L., los dos reclinados sobre el dashboard revisando un modelo preliminar de un diagrama de contexto para un sistema nuevo en el que estamos trabajando. "Hola, buen día...", digo. Nada. No hay respuesta de mis compañeros. Me quedo al lado de ellos y les doy una sugerencia en cuanto a un caso de uso que me parece que hace falta reveerlo mejor. No me escuchan, es más, no se percatan siquiera de mi presencia. Me asusto.

Entro al baño, enciendo la luz. Me miro en el espejo. Este no devuelve imagen alguna. No existo, hoy no estoy aquí. Desesperado salgo corriendo del edificio y me dirijo a la carrera hasta mi casa. Llego, se me caen las llaves luego de abrir la puerta de calle. Subo las escaleras, todavía corro, estoy buscando algo, no sé qué, pero estoy seguro de que lo voy a encontrar. Ya dentro de mi casa, camino más tranquilo hacia mi cuarto. Entro y lo encuentro. Me encuentro. Estoy todavía durmiendo plácidamente despaturrado en mi cama. Me veo y me da bronca. Irresponsable, pienso. Salto encima mío. Me despierto y salto de la cama. Ya tengo una mano sobre el teléfono. Digito. Suena un par de veces y S. me atiende del otro lado. Le digo que me quedé dormido pero que ya salgo para allá. S. sólo suspira del otro lado de la línea, y, para tranquilizarla, le digo que ese sweater rojo que lleva puesto hoy realmente le sienta muy bien.

lunes, abril 18, 2005

Elegido

Desde el principio de su adolescencia Sebastián soñó con tener aquella guitarra. Una acústica. Siempre le gustó el sonido que despedían las vibraciones de las cuerdas viajando por el aire cuando la iba a probar al negocio de José del Carril; sentía aquellos momentos con la guitarra como algo mágico, sublime. En su hogar siempre faltó el dinero y sus padres nunca le pudieron dar el gusto de comprarle aquel instrumento. Todo se complicó aún mas con la muerte de su padre ya que Sebastián no tuvo más remedio que empezar a trabajar desde muy joven. Su madre había sido empleada doméstica durante muchos años de su vida, ahora le salían cada tanto algunos trabajos por horas limpiando algunas casas del barrio y con lo que sacaba con ellos sumado a la magra pensión de su difunto marido casi siempre el dinero resultaba ser el justo para llegar a fin de mes.

Sebastián se levantó aquella mañana y encontró a su madre encorvada sobre la tabla de planchar. Al verla así no pudo contener que se le escaparan un par de lágrimas. Se sorprendió de su reacción, no solían pasarle estas cosas, menos así por que sí, sin una razón aparente. Se secó rápidamente los ojos. Luego de darle los buenos días con un beso en la mejilla Ramona le extendió un pañuelo blanco todavía tibio. Era el pañuelo blanco que había sido de su padre, llevaba sus iniciales prolijamente bordadas a mano. Sebastián le sonrió al tomarlo y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón de trabajo azul. Luego de tomar unos mates acompañados con un par de bizcochos de grasa salió para su trabajo despidiéndose de su madre con un beso en la frente. A salir su hijo de la casa, Ramona se puso a rezar. Aquel día se había levantado con los síntomas de la gripe y le pidió a Dios, que de mandarle alguna enfermedad, ella no tendría inconvenientes en aceptarla, pero que fuera una enfermedad para la cual las medicinas que la curaran no fueran muy costosas.

Como cada mañana Sebastián pasó por enfrente de la Casa de Música del Carril. Allí estaba ella, como siempre, dándole los buenos días reflejando sobre su brillante madera los primeros y todavía ténues rayos de sol. Un poco más tarde, y como siempre, saldría José del Carril a cubrir la vidriera de su negocio con una vieja lona color verde para proteger así a sus preciados instrumentos de una no muy probable insolación.

Hacía ya ocho años que Sebastián pasaba por allí y se detenía a verla cada mañana. El precio no variaba, siempre eran mil pesos. En una ciudad pequeña como aquella no parecía haber ningún interesado en gastar mil pesos en aquella guitarra y Sebastían ya casi llegaba a aquel monto con lo poco que podía ahorrar por mes. Llevaba ahorrando ya casi 6 años.

Día de paga en el trabajo. Sebastián trabajaba como changarín en el mercado local. Para esa noche quedó con su amigo Raúl, otro factotum, otra bestia de carga igual que él, para salir como hacían casi todos los días de paga. Pero en aquel día de paga había otro motivo para celebrar, ya que Sebastián finalmente llegaba a juntar el dinero que costaba aquella guitarra.

La pequeña discoteca bailable era el punto de encuentro de ambos compañeros para "tomar algún trago" y "ver mujeres". Tanto Sebastián como Raúl cumplían con ambas premisas: tomaban algún que otro trago y veían mujeres. Veían mujeres. Sólo se podían limitar a ver, dado que entre la concurrencia ellos eran los últimos dos hombres en ser notados por los especímenes femeninos que frecuentaban el lugar. Como en toda ciudad chica con un único lugar donde poder salir todos se juntaban allí. No había distinción de clases ni de ingresos para poder entrar al lugar, pero sí la había a la hora de interactuar con alguien ya dentro.

Sebastián ansiaba siempre la noche de salida pero una vez dentro del lugar se sentía como el último orejón del tarro, sabía que ninguna mujer repararía en él y que nunca lo harían, siempre habría para ellas algún otro partido mejor. Ya tarde en aquella madrugada, al salir de aquel lugar, habiendo tomado y habiendo visto, Sebastián se dirigió caminando, como siempre, de vuelta a su casa silbando bajito.

El Lunes por la mañana, al dirigirse al trabajo, notó que del Carril ya había puesto la lona cubriendo la vidiriera de su local. Sebastián encontró extraño aquel movimiento y asomándose a la vidirera notó que en el escaparate no había ningún instrumento a la vista. Dirigió su vista hacia dentro del negocio, allí lo vió a del Carril extendiendo los instrumentos en el piso del local y tomando notas en un papel. Sebastián todavía embebido en su sopor matutino no entendió nada y enfiló hacia su trabajo.

Al llegar al mercado Raúl ya lo estaba esperando con la primer ronda del mate. "¿Te enteraste las noticias?", le preguntó. "No", contestó Sebastián, "¿Y ahora qué pasó?". "Tomá y leé", le dijo Raúl. El matutino diario titulaba: "El país entró nuevamente en default, el dólar llegó a los $3,50". Así como así, sin previo aviso, como ocurría siempre en aquel país. Sebastián apartó el diario de su vista y se resignó a pensar en que vendrían tiempos difíciles.

Al terminar la jornada se dirigió a su casa. Le comentó a su madre lo que había leído en el periódico aquella mañana. Tanto ella como él no entendían mucho sobre el tema y en la simpleza de su razonamiento se limitaron a pensar en la suba de los precios de los alimentos. Sebastián le comentó además sobre la guitarra, ya que finalmente y con parte de la paga de aquel mes había llegado a juntar los mil pesos. La madre se alegró sobremanera y le dijo que la comprara, que ya verían después como se arreglarían ese mes. Luego de pensarlo poco e ilusionarse mucho Sebastián salió disparado con el dinero juntado hacia el local de José del Carril mientras que Ramona le gritaba que fuera despacio. Al verlo alejarse en la cuadra, Ramona rompió a llorar de felicidad por su hijo.

Cuando Sebastián llegó al negocio se sintió aliviado al ver nuevamente todos los instrumentos expuestos otra vez en la vidiriera, y junto con ellos, la preciada guitarra. Pero algo había cambiado en la escena, el papel que colgaba del clavijero del ansiado instrumento ahora tenía escrito "$3000". Un principio de nudo se había empezado a formar en el estómago de Sebastián. Pensó en entrar y preguntar qué había pasado, pero al instante decidió que no. Con el tiempo entendería qué había ocurrido y qué significaba una devaluación, también aprendería que en aquel país hasta los sueños de uno siempre se terminaban devaluando de tanto en tanto.

Sebastián se alejó de la vidriera y caminó hasta la mitad de la vereda donde se detuvo. Miró hacia arriba. Un atardecer hermoso estallaba desde un cielo diáfano. Con la simplicidad y sabiduría del que nada sabe pero todo comprende y acepta, Sebastián no se entristeció, supo que en realidad no había razón para sentirse triste. Siguió mirando al cielo y sonrió, puso sus manos sobre su estómago y notó cómo el nudo se deshacía y, en ese preciso momento, ya sumadas de antemano todas las acciones destinadas que realizaría en el resto de su vida, se convirtió en un elegido.